Sobre el Rock y la eterna juventud…o la abulia como referencia.

Breves — By on enero 13, 2011 at 03:50

Por Herr Direktor

Según tengo entendido, el primero de los rockeros en romper su guitarra como símbolo de la rebeldía propia del rock fue  de The Who. El mito cuenta que la rompió accidentalmente en un recital pero que por la rabia que le ocasionó ese hecho, siguió haciéndolo hasta convertir su acción en una performance rayana en lo surreal. Luego vinieron varios; , por ejemplo, quemando su guitarra con afanes míticos, y una sarta de entusiastas que fueron definiendo un estilo, que a su vez, debía ser ligado también a una imagen, a una estética. Quizás, tal vez, a una impostura; a un concepto que tanto en la época como en la actualidad, deposita en los jóvenes la posibilidad esquiva de una emancipación que los viejos, como sugiere el personaje de una novela francesa que estoy leyendo, asumen como perdida. Como posibilidad desecha. “Solo ayer todo nos parecía posible, y hoy todo anuncia ya la resignación de mañana”.

La figura del rockero en ese sentido, es para la sociedad moderna, la representación de la rebelión del joven estandarte. Aquel que se confronta con los parámetros de lo permitido, y que con el desenfado propio de la juventud, característica endosada a esta etapa del “ciclo vital”, como le gusta decir a los psicólogos, es capaz de gritar desprecio y salpicar hedonismo sin la más mínima responsabilidad ante las miradas de rechazo. Así, el rockero es asociado al concepto de abundancia, poder, placer, individualismo, sexo, drogas, excesos varios, mujeres y a la fama. Todas ideas que están al límite de las posibilidades que otorga la cultura, y que por cierto, son propias del proceso de descubrimiento hormonal más apasionante de nuestro crecimiento. Es el joven el que se emancipa. Es al joven al que se le respeta la posibilidad de emanciparse, aunque, como es entendido, dicha emancipación sólo signifique un berrinche casi igualado a la resistencia de los niños cuando se deshacen de pasión y euforia en sus mentadas pataletas. Por eso mismo el berrinche es permitido; porque se acaba. Porque el joven deja de ser joven, y se corta el pelo, termina su educación, entra al mundo laboral, recibe un sueldo, encuentra a su media naranja (si es que tiene suerte), y con triste determinación (resignación) da por superada la etapa para compartir un juego, el de la vida  en sociedad, que a esas alturas tiene más sentido, porque ya no hay quien sostenga económica, simbólica, ni culturalmente su berrinche. Ya la exigencia es otra. Sostenerse a sí mismo.

Los rockeros, en cambio, se mantienen en la etapa anterior. Se les sigue validando el berrinche. El desorden. El pelo largo. La cara pintada y los pantalones ceñidos al cuerpo. Los movimientos violentos, y su alocada civilidad. Una manera de vivir que sólo es posible si es sostenida por otros hombres y mujeres que ven en ellos, el sostén de un espacio que se considera necesario para el refresco de quienes ya han perdido la libertad propia de sentirse jóvenes. Ya no es el padre o la madre quienes sostienen dicho espacio de  liberación, sino los productores musicales, los sellos discográficos, y los managers; engendros especializados en mercantilizar las almas, creando la ilusión, para todos, de que el juego del rock, aún es reflejo de la emancipación o la resistencia al sistema opresor, o a la dominación soterrada. Porque los rockeros son lúcidos y directos. Como los jóvenes. Pero también dependientes de su juego, como todos.

Es común ver en recitales de rock a hombres de terno, recién saliendo del trabajo, sudados, agotadísimos, para ir a ver a su banda favorita, la que los transporta a la posibilidad remota de vivir en instantes de liberación que sólo eran posibles como reales, y no impostados, en la juventud, donde las certezas por lo presente son muchísimo más poderosas que los imperativos del futuro. Que casi con naturalidad se imponen a su suerte.

Ahora, todo ese desparpajo y legitimación de acciones deslegitimadas por la sociedad (contradicción delicada pero con sentido) viene acompañado de un talento que irremediablemente sostiene al propio campo social que los rockeros habitan. La música en este caso es la magia. Es el sentido. El mensaje. Pero olvidemos la música…

Entendemos que el rock es construcción social occidental y eminentemente masculina. Asociada al icónico héroe, guerrero, atleta, o artista de espíritu libre y por supuesto, a la tecnología. El rock, en este sentido, es un estilo de vida que se ve reflejado en el desparpajo mundano, y la resistencia a las lógicas lógicas que la sociedad exige para ser validado. Una sociedad parca, silenciosa, oculta, llena de secretismos, que se ve contrariada por un estilo desprendido, ruidoso, evidente y explícito.

Esta parte del análisis no se remite al antiguo blusero, o a los yonkis del jazz, que enseñaron mucho acerca del desparpajo que heredaran Ozzy, Hendrix, y compañía. Más bien pienso en el rockstar, tipo ideal de este radicalismo mundano que el imaginario social lleva consigo. Entiendo que esta idea brillante, derivada del blues más vernáculo, generó una cultura que se reprodujo a lo largo del mundo replicando vestimentas y actitudes, rictus y cabeceos varios que redundan finalmente, en la construcción de una idea que ha servido a generaciones derrotadas para sostener una imagen de sí mismos mucho más cercana a la idea de Dios. Un Dios, por lo demás, que puede todo, que no tiene límites, y que se resiste a caer en el juego cruel de la espiritualidad castradora, propia del discurso y la cultura judeo cristiana.

Pero la pregunta por el eterno rockero que a su vez, reproduce las lógicas del eterno joven, y las posibilidades de su eterna irresponsabilidad, y su eterna diversión, y su eterna idolatría, puede caer en la trampa que proporciona la fama a grandes escalas, que es la misma ficción de realidad en la que caen los jóvenes mimados; la abulia detestable de la comodidad.

Y esa abulia, me permito entender, es uno de los factores claves de la consolidación de la “burguesía” como la cultura cómoda, e individual que hoy se propaga como referencia. Todo rockero en definitiva, es eminentemente individualista. Y posee, para sí, el deseo íntimo del mantenimiento de los límites y normas sociales, sin los cuales, no puede sostener su lugar de resistencia. Ser rockero, en este sentido, o pertenecer a la cultura del rock, representa la ilusión de resistir. La ilusión de la violencia. La ilusión de vivir sin ataduras, aún cuando su propia cultura sea necesariamente deudora de los vicios colectivos que muchas veces critica. El capitalismo. El mercado. Las normas rígidas de comportamiento, y las drogas a destajo, sólo pueden ser referencia para rockeros y rockstar en la medida que el capitalismo proporciona las bases para su abundancia, el mercado, el juego para sostenerla, las normas, el límite a rebasar, y la ilegalidad de las drogas, el carácter más propio del acceso más allá de todo, y a su vez, el abandono místico hacia sí mismo.

El Guitar Hero me parece la manifestación más clara del aburguesamiento del rock, y la representación más fiel de su ficción. Simulas que eres un rockero. Simulas que haces música. Simulas que movilizas masas. Simulas que eres lo que no eres. Y simulas que sientes como un rockstar.  Pero toda esa ficción, responde a la comodidad, (que es incómoda para quien lo desea profundamente), de no tener que vivir, en definitiva, ninguno de los costos que implica vivir como rockstar. La tecnología, el mercado, y el Play Station III, proporcionan la posibilidad de simular el goce del rock, protegiendo la otra libertad de la que se pueden jactar quienes no tocaron la puerta de la fama; la libertad del anonimato.

De sensibilidad radical, el rock pasó a ser impostura hedonista. De grito opositor, pasó a ser chillido individualista. De estilo de vida, pasó a ser referencia clásica para volver a la juventud más ansiosa, hormonal y desprendida. Esto, lo sitúa hoy como un mecanismo comercial tan comprometido con el statu quo que casi no se permite tomas de posición más allá del alarido…

Al mundo le falta rock, porque al rock se le desapareció el mundo. Basta con mirar el olvido fatal con que bandas antes ligadas al compromiso social y la rebelión colectiva cobran cifras exorbitantes para permitirnos el acceso a su Show, concepto que a pesar de su ficcionada constitución refleja el juego que se juega cuando hablamos de quienes poseen el beneplácito envidiable de la eterna desidia.

Aún así, viva el rock!!!…o lo que va quedando…

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