Sobre erotismo, muerte y alienación del cuerpo.

Diapos, Sexo & Poder — By on abril 19, 2012 at 07:09

Por José Manuel Ferreiro

 

Era el 12 de septiembre de 1940 cuando cuatro adolescentes franceses descubren una cueva cuya entrada había quedado expuesta en un bosque, tras la caída de un árbol. Deciden entrar y con una precaria iluminación, se dan cuenta que en el “salón” que se encontraban, las murallas tenían pinturas rupestres.

El accidental descubrimiento de las cavernas de Lascaux es considerado por muchos como el mayor descubrimiento arqueológico del siglo pasado.

21 años más tarde, Georges Bataille, el bibliotecario, poeta, filósofo y protosociólogo, edita “Las lágrimas de Eros”. Esta verdadera eminencia del erotismo, vuelve a pensar esta caverna: le inquieta la relación entre el erotismo y la muerte. Y poder encontrar una imagen que lo sintetice tan bien y, más encima, hecha más de 15.000 años atrás; es un verdadero espaldarazo para desprender (o crear) conclusiones altamente extensibles.

En otras palabras, da para hablar “del hombre”.

Bataille comienza haciendo una salvedad que, si bien puede ser de perogrullo, tiene implicancias nada de neutrales: “La simple actividad sexual es diferente del erotismo: la primera se da en la vida animal y sólo la vida humana muestra una actividad que define, tal vez, un aspecto “diabólico” al cual conviene el nombre de erotismo” (Battaille, 2003: 15).

Claro, Bataille está al tanto de la connotación cristiana del concepto “diabólico”, pero el concepto se queda corto. Nos propone entender lo “diabólico” como la locura y como el encuentro que hay entre la muerte y el erotismo.

¿Cuál es el lugar de esa locura?

Bataille rescata este sentido como una angustia frente a la muerte, que puede revestirse de carcajadas, pero angustia al fin.

Esta angustia no es más que una forma de lidiar –o no poder hacerlo- con la conciencia de la mortalidad. El ser humano sabe que es mortal y lo representa. Y eso es otra gran diferencia que tenemos con los animales. Diferencia que se explica y resuelve en la noción del erotismo.

El cuadro es más o menos así: una figura masculina con cabeza de pájaro cae. Está frente a un bisonte. El bisonte ha sido herido por una lanza. Probablemente por el mismo hombre. No hay “nadie” más cerca en la escena. Sólo un pájaro que le da la espalda a la situación. Las entrañas del bisonte caen por la herida. Pero esto no impidió que embistiera al hombre con cabeza de pájaro. Y aquí es donde está el elemento clave: el hombre cae herido con su miembro erecto.

La escena tiene de por sí una atmósfera inquietante… la cabeza de pájaro, el bisonte que pierde sus entrañas, el hombre cayendo, su erección, y el pájaro al parecer impasible, junto a toda esta escena.

¿Por qué inquieta?

Bataille apuesta a que tras el erotismo, así como la muerte, hay una violencia para con la cotidianeidad. La muerte siempre implica una ruptura. La más obvia es para quien muere: es su vida la que se interrumpe. Pero aún más significativa es la disrupción que genera la muerte en quienes pueden hablar de ella, vale decir, quienes no murieron. Para los que viven es la conciencia de la muerte la que se hace violenta, problemática.

El duelo, las procesiones, el entierro, las condolencias, el velorio, incluso el concepto mismo de “herencia”, hablan de la violencia de la muerte.

La muerte irrumpe la temporalidad de la vida cotidiana, porque es aquello que no está contemplado, está fuera de la rutina. Y como tal, violenta el orden dado de las cosas. En otras palabras, la muerte pareciera que no tiene lugar. O que su lugar es el lugar de lo problemático, el lugar de la violencia.

Esa misma disrupción violenta aparece en el erotismo. El erotismo –como tal- es una violencia a la cotidianeidad. Es un momento que se independiza del orden de las cosas. Es un “paréntesis”, y por mucho que pueda “planificarse” una situación de erotismo, cuando ésta realmente está ocurriendo, la temporalidad se está viendo alterada. Por eso después del orgasmo comienza a invadir poco a poco una sensación de “vuelta a la realidad”, empieza a aparecer el entorno y la conciencia.

El orgasmo. Otro punto que no puede arrancarse en esta comunión de erotismo y muerte. Bataille no lo deja pasar y el modo coloquial de referirlo en francés “petit mort”, la “pequeña muerte”, ilustra muy bien el “tándem”. En esa muerte se juega la ruptura, y tras esa muerte, se “vuelve a la vida”.

Ahora, resulta tentador pensar al erotismo como lo instintivo, como aquello que no es consciente.

Pero Bataille no se ve seducido por esta tentación. En tanto el erotismo nos diferencia de los animales, hay entonces una conciencia. Y así como podemos tener esa conciencia en torno a la muerte, la búsqueda del erotismo es una búsqueda consciente. Una búsqueda del placer.

En la medida en que el ser humano se hace cargo del placer, se hace consciente de él, el erotismo se transforma en el lugar de su búsqueda.

No es muy distinto, entonces, el enterrar un muerto y verse afectado por la experiencia de la muerte, a la seducción, el juego erótico, la escenificación de la fantasía, o el ritual que puede comenzar con una comida con velas.

Cuando Marx daba cuenta que lo propio del ser humano estaba en el trabajo, no estaba muy lejos de esta noción. Claro que hay animales que “trabajan” y usan herramientas, y claro que los panales de abeja pueden achicar a cualquier arquitecto, pero el ser humano tiene conciencia de su trabajo. Puede verse reflejado en él y puede proyectarlo, tenerlo en su mente como “imagen” aún antes de empezarlo.

Y es porque está en la conciencia, que puede alienarse; que tiene sentido la “alienación” como concepto.

No deja de ser atingente la analogía que establece Foucault en “Vigilar y Castigar”: “Si la explotación económica separa la fuerza y el producto del trabajo, digamos que la coerción disciplinaria establece en el cuerpo el vínculo de coacción entre una aptitud aumentada y una dominación acrecentada.” (Foucault, 2001: 142).

Finalmente es posible entender –para Foucault a partir de la sociedad disciplinaria- una disociación entre poder y cuerpo similar a la que puede tener el trabajador con respecto al producto de su trabajo, en la cual la fuerza del cuerpo se incrementa en términos económicos de utilidad y disminuye en términos de obediencia.

El tema es que este poder que se disocia del cuerpo, pasa a concentrarse a partir de lo coerción disciplinaria. El cuerpo es dominado y queda sujeto al escrutinio, control minucioso, a la temporalidad de la disciplina.

Y la conciencia cede su paso de la misma forma que el trabajador alienado se desconecta de su producto. Los cuerpos van volviéndose “ajenos” en la situación de dominación y esa voluntad que está en el seno del erotismo se hace susceptible de control.

No podemos negar lo fácil que es evocar un conservadurismo en estos momentos.

¿No hay acaso tras el conservadurismo moral un intento de control absoluto sobre los cuerpos?

¿No es acaso un intento de extender un deber ser del cuerpo hacia el resto de la sociedad?

Con un indisociable lastre judeo-cristiano, diría Nietzsche en esta tragedia que nos narra tanto en “Más allá del bien y del mal” como en “Genealogía de la moral”, los sacerdotes se han rebelado contra los guerreros. Y así, los que castigan al cuerpo imponiéndole un sentido de “pureza” y “castidad”, aquéllos que se retiran del mundo, celosos del poder del guerrero –aquél que cultiva el cuerpo y los placeres terrenales- forman una alianza instrumental con los esclavos, en la cual se le promete al esclavo el reino de los cielos. Esta “rebelión de los esclavos en la moral” se traduce en arrastrar una cultura en la cual el cuerpo es sujeto de penitencia y de culpa. En la cual el placer se encuentra moralmente estigmatizado, y de hecho, castigado.

La búsqueda conciente del placer es sometida a un control disciplinario moral, en la cual se disocia esta voluntad de placer (el deseo) con el cuerpo. El erotismo es condenado a desaparecer en la medida de que el acto sexual vuelve a hacerse animal. Pero ya no en un sentido instintivo, sino en que se adscribe solamente a una esfera re-productiva.

Más que animal, productivo finalmente, porque este control disciplinario termina ejerciéndose únicamente en términos de utilidad.

Puede sonar añejo decirlo, pero la prohibición de la píldora del día después, el intento de acabar con el DIU, aquellas voces extremas que condenan incluso el uso del condón no son más que la expresión explícita de un conservadurismo fundado en un resentimiento hacia el cuerpo como lugar de placer y gloria, y la “satanización” moral de esa dimensión. No es azar que sean movimientos cristianos quienes defienden estas posiciones.

El eco intempestivo de Nietzsche no puede ser más nítido.

Y si seguimos observando a estos conservadores –que lamentablemente están sobrerrepresentados en posiciones de poder- nos podemos encontrar, claro está, con la muerte.

No es azaroso tampoco que estas posiciones se engloben bajo el propagandístico nombre de “organizaciones pro-vida”.

El discurso se articula planteando que el ataque a métodos anticonceptivos que podrían ser considerados abortivos –bajo un concepto de inicio de la vida lleno de arbitrariedades- , es una defensa a la vida, y un ataque a los “defensores de la muerte”. Punto aparte es qué tantas afinidades electivas podemos encontrar con respecto a la defensa de la pena de muerte, lo que sí se hace relevante es la visión que hay en torno a la sexualidad.

El acto se somete a la funcionalidad y la procreación es entendida como el fin último de la relación sexual. No es raro entonces que el conservador se oponga a los homosexuales, los considere “desviados” o “enfermos”. Bajo esta lectura engañosa de lo “antinatural”, la imposibilidad de darle una funcionalidad a la relación homosexual, la hace de por sí condenable.

Tampoco es raro que sean posiciones en las cuales la eutanasia, el suicidio, y el aborto (de perogrullo), sean condenadas moralmente.

El control disciplinario sobre el placer del cuerpo, pretende ser también un control disciplinario en torno a la muerte. Sucede entonces que los “pro-vida”, no hacen más que enajenar, alienar la vida, y ponerla en las manos metafísicas de “Dios”. Nadie es dueño de su vida, pero la vida tiene dueño, es la paradoja que hereda la moral sacerdotal.

La voluntad se disuelve, y esta conciencia del erotismo como búsqueda del placer, se aliena en una funcionalidad re-productiva que castiga el goce. No deja de ser decidor escuchar en muchos conservadores el “ella se lo buscó” para una madre soltera. Es como decir que “recibió su justo castigo” por querer buscar el placer con su cuerpo.

Y lo “diabólico” nos vuelve a aparecer, esta vez en sus dos formas. Como aquello frente a lo que el cristianismo se opone y lucha, aquello moralmente censurado. El diablo como enemigo. Y, por otro lado, lo “diabólico” como el encuentro del erotismo con la muerte.

El que aliena el erotismo, aliena –como luchando contra el diablo- la muerte.

El poder disciplinario se impone, finalmente, ejerciendo el control funcional sobre el cuerpo. Desproveyéndolo de la voluntad. Y, como el poder sólo sabe crecer, intenta imponerse a la mayor cantidad de mortales posible.

——————————————
Referencias:

Bataille, G. (2001), Las lágrimas de Eros,  Buenos Aires: Ediciones Lunaria.

Foucault, M. (2001), Vigilar y Castigar, México: Siglo XXI

Marx, K. (1962), “El trabajo enajenado”, en Manuscritos económico-filosóficos, México: FCE.

Nietzsche, F. (2004), La Genealogía de la Moral, Madrid: Alianza editorial.

________, F. (1997), Más Allá del bien y del mal,  Madrid:Alianza editorial.

Fotografías

1.  NatGeo
2. Masami Teraoka
3. LibrosTextos
4. Wikimedia Commons
5. Albert Watson
6. Getlucce
7. El País

Tags: , , , , ,

0 Comments

You can be the first one to leave a comment.

Leave a Comment