Por montañas y praderas

Escritos, Residuos — By on noviembre 24, 2011 at 06:27

Por Dante Bravo

Por allá por los años 71 – 72, cuando era estudiante, escuché por primera vez una canción hermosísima interpretada por el mítico grupo chileno Quilapayún. Yo no pensaba que esa canción era rusa, incluso me acuerdo haber discutido sobre la “chilenidad” de esta canción. Tal era mi ignorancia que, sin buscar información, defendí su paternidad como un dogma. Yo pensaba profundamente que una canción tan bella y tan solemne solo podía pertenecer a un compositor chileno. Con mucha vergüenza me daría cuenta, más tarde, que más vale buscar la verdad, por muy puta madre que ella sea,   aún cuando ella no refleje nuestros sueños profundos.

En  Francia, por allá por los años 84, cuando integraba el Coro Popular de Paris, recién vine a saber que esa canción era una composición rusa dedicada al valor de los guerrilleros del naciente Ejército Rojo, que combatieron la intervención europea anticomunista, destinando a destruir la balbuceante República de los Soviets. La canción lleva por nombre en ruso “Песни партизан” (“canción de los partisanos”).  Los Quilapayún la traducirían al castellano bajo el nombre,  “Por Montañas y Praderas”.

Me encantaba tararearla y de tanto cantarla me la aprendí de  memoria. Estando en Berlín un día, tendría la posibilidad de cantarla de nuevo, pero esta vez  se convertiría en algo mágico algo terriblemente espontáneo y bello. Creo que nunca más en la vida podré alcanzar tal  grado de trance y de éxtasis al interpretar una canción. Hay momentos que son únicos y puros (aunque duren el tiempo de una canción) y hay que vivirlos profundamente.

La historia (para hacerla corta) la comenzaré a partir de mi subida a un minibús que nos llevaba, a mí y a otros colegas de diferentes nacionalidades a una ciudad pequeñita (creo que se llamaba Raiborng) 100 km de Berlín.

En esas andanzas por el mundo, estuve metido, por allá por los años 90, en un grupo de observación y reflexión sobre la intervención social en Europa. Se trabajaba intensamente. Los debates y las confrontaciones sobre los distintos tratamientos frente a la exclusión, hacían de nuestras conversaciones eventos muy animados y llenos de tensión.

Todos estos encuentros se realizaban cada 6 meses y se hacían en distintos países. En el año 99 tocó el turno a Alemania y el encuentro se realizó en Berlín. Yo ya había estado en Berlín varias veces (por otros motivos) y debo decir que ese lado alternativo y nihilista de muchos de sus habitantes era  algo que me llamaba siempre la atención en esta ciudad misteriosa.

Como era  costumbre, después de las largas jornadas de trabajo partíamos con los diferentes colegas a conversar en algún restaurant tomando cerveza y comiendo las famosas “Würstchen mit Kartoffeln” (salchichas con papas).

El encuentro del año 99 llegaba a su clausura. Ese último día los amigos berlineses habían proyectado una evaluación y un debate. Habían elegido para la evaluación un lugar campestre con un lago hermosísimo y lejos del ruido de Berlín. La evaluación se haría en la mañana y  no debería exceder más de 2 horas. La idea era de poder utilizar toda la tarde para conversar e intercambiar en torno a un  asado, regado con vino, cerveza y vodka.  Ese día cuando me subí al minibús Daimler, íbamos para allá.

A partir de ahí creo que se nos olvidó a todos la evaluación del seminario  y creo que la única regla que primó de ahí en adelante fue hacer todo aquello que las reglas nos prohíben. Como que flotaba en el ambiente algo así como “último día nadie se enoja”. Haciendo honor a esta nueva regla desculpabilizante (y creada por nosotros mismos)  lo primero que hice cuando el minibús paró unos minutos en una estación de servicio de la autopista (la AutoBanh), pues compré una cerveza Feyer. Era bastante temprano para tomar cerveza, pero lejos de mi país, y en un grupo donde la normalidad no tenía plaza, creo que lo único que yo quería (o intentaba) era perder el sentido de las realidades.

Llegamos al lugar como a eso de las 10 de la mañana. Había un patio enorme afuera del edificio donde nos albergábamos.  Yo me acuerdo que me senté en una mesa donde estaba instalado un ajedrez. De manera casi refleja me puse a instalar las piezas. Un colega Alemán, amigo de años, me saludó y haciendo un gesto de invitación me preguntó si yo quería jugar una partida con él. Yo haciendo uso de mi falsa modestia le respondí,

▬ Si me encantaría, pero hace ya varios meses que no juego.

Jürgen no esperó mas invitación y en dos segundos estaba sentado delante mío rifando entre las blancas y las negras.

Yo, cuando me ponen un ajedrez delante, no lo pienso dos veces. Y me olvidé del mundo. Y por supuesto de la evaluación. En realidad todo el mundo se olvidó de la evaluación.

Como a eso de las 10:15 de la mañana me vi embarcado en un torneo que tenía pinta de ser un campeonato internacional por la seriedad con que observaban el juego mis amigos rusos y alemanes. Debo reconocer que mis amigos franceses no prestaban la menor importancia a tan digno juego y me daría cuenta que, mientras yo me rompía la cabeza tratando de mojar la camiseta en representación de Francia ante tan ilustres anfitriones, mis colegas franceses (con ese sentido de ghetto que los caracteriza) se  dedicaban a jugar entre ellos al  famoso scrabble. Los italianos (más buenos para la joda) preferían  jugar ping-pong en una de las mesas que se encontraba bajo los àrboles.

A eso de las 10:30 Jürgen se paró y fue a buscar una cerveza. Evidentemente que me trajo una a mí. Las cervezas alemanas, aparte de ser excelentes, son traicioneras puesto que son de medio litro. Uno esta convencido que se toma una normal, pero cuando uno ha tomado dos, ya lleva un litro de cerveza en el cuerpo y varios grados de alcohol en la sangre.

Daban ya las 11 y el torneo seguía peleado. Alguien me pone otra cerveza y pafffff  con el calor y la sed me la engullí en dos segundos… las 11:20, ya más de una hora de juego y la partida seguía muy peleada. Llegaron más rusos y más alemanes al juego. Yo me sentía todo disminuido al medio de esa cacofonía de profesionales que querían jugar a nuestra plaza.

Jürgen estaba en serias dificultades con sus colegas que, más que ayudarlo, lo confundían y lo desconcentraban,  haciéndolo salir de sus casillas. Más que estar en el juego, Jürgen estaba en plena discusión con su grupo de apoyo, discutían y se peleaban por todo. El Ajedrez era el pretexto para que se mandaran a la mierda mutualmente. Por el tono de voz se veía que el ambiente se estaba como “caldeando”. Llevamos mucho tiempo jugando (las discusiones aleatorias hacían que cada movimiento durara una eternidad).

Antes de las  12 alguien me ponen otra cerveza más. Ufff, llevaba un litro y medio de cerveza  en el cuerpo (sin contar la de la autoruta) y sin comer nada… empecé a ver las piezas dobles.

El grupo de observadores, habladores e interventores, también estaban medios “cochechos”. Evidentemente todo el mundo alzaba la voz y la intervención era cada vez más patente. Cuando uno de los amigos de Jürgen tomó las piezas del tablero para explicarle a éste la estupidez que estaba cometiendo. Uno de mis amigos rusos, al cual yo llamaba Прокофьев (Prokofiev) puesto que a los dos nos gustaba mucho la música de este compositor, se molestó. Hablando mitad ruso y mitad alemán, impuso orden diciéndoles a todos.

▬Es imposible jugar en estas condiciones.

Y sobre la misma, me pregunta.

▬Hey Dante, ¿te molesta que la gente se meta en el juego y que los amigos de Jürgen lo ayuden?▬ y, haciendo un gesto con sus manos, me dice a manera de súplica ▬ y tú, hermano, ¿por qué no pides ayuda?

Yo, en un arrebato de arrogancia demagógica y haciendo uso de una gran diplomacia, les dije que lo mejor que podía ocurrir es que todo el mundo ayudara a Jürgen.

▬Mientras más le hablan, más lo dispersan y entre más lo dispersan, más lo desconcentran ▬ con un tono muy despejado y muy seguro de mí mismo, le insistí▬ mi padre decía muy sabiamente que   con muchos cocineros salía mal la comida.

                  Ahí todos me quedaron mirando y para ponerle el broche de oro a mi perorata demagógica les solté el “doblao”.

▬Mejor… tanto mejor que ayuden a Jürgen… porque, en el supuesto caso que yo ganara, eso significa que le estoy ganando a varios… y, en el supuesto caso que yo perdiera, pues  tendría la excusa de haber jugado contra varios a la vez.

Jürgen, que no se perdía ni una miga de nuestra conversación, haciendo un gesto afirmativo, casi mecánico, se paró y encarando a sus amigos alemanes a grito pelado y con una ira de la san puta les dice:

¡Scheiße! Ich habe die Nase voll. (¡Mierda! Me tienen hasta más arriba de la coronilla), cierren todos el hocico.  Dante  tiene razón me están cagando por todos lados▬

Y, moviendo sus manos enérgicamente, les grita

 ▬ Soeben, es war kein Schwein da (recién no había ni un pelagato) y ahora está lleno de huevones rompiéndome las pelotas. Si logro ganar este juego no tendrá ninguna validez, así que déjense de joder y quédense todos callados.

                  Los colegas italianos y franceses al ver el altercado se acercaron al grupo preguntando qué pasaba… y por qué tanto grito. Mis colegas franceses, que no tenían idea de ajedrez y que andaban en ambiente hueveo, le empezaron a poner color, más que de costumbre. Esto hizo aumentar aún más la presión sobre los jugadores y los espectadores. Eso estaba que estallaba.

A esa altura del juego ya no valía la pena  dictar reglas. Todos estaban bien “cocidos” y ya nadie acataba nada, además que ya se habían habituado a meterse y a hablar durante todo el juego. Los susurros iban y venían y cada cual interpretaba las jugadas con gestos o con miradas, lo que perturbaba a mi contrincante, que más que estar pendiente de las piezas, estaba preocupado de lo que se hacía o se decía en torno a él.

De repente Jürgen mueve una pieza y hay un ufff general de “chucha que la cagó”. Esa era la gota que faltaba para desbordar el vaso. Mi adversario se puso rojo y fue como haberle  puesto un ají en el culo, porque viéndose criticado y humillado, se despojó de toda su rabia y le dio un manotazo al tablero tirando todas las piezas a varios metros a la redonda. Se para y sale insultando a todo el mundo. Ese día conocí casi todos los vocablos groseros de la lengua de Goethe.

                  Yo vi las piezas por el suelo y, un tanto sorprendido, no supe qué atinar. Yo creo que mi colega alemán me hizo un “enorme” favor porque con todas las cervezas que me había tomado siento que hubiese sido incapaz de haber finalizado la partida.

El incidente dejó a todos con la boca abierta y sin habla. Yo quedaba delante de todos como un príncipe ya que  aparecía como el ganador de tan importante y trascendental torneo. Me  quedé sentado, pensativo, sin decir nada. Pienso que en realidad me quedé sentado porque era incapaz de pararme. Creo que si me paraba, me caía.

No sé cuánto tiempo estuve sentado, pero mis amigas alemanas organizadoras me vinieron a buscar para que yo y mi “yunta” Cédric comenzáramos a hacer el fuego para el asado. Nosotros ya nos habíamos propuesto el día anterior para realizar tan noble y difícil tarea.

Heike, nuestra colega alemana organizadora (callada y talibanamente vegetariana) me pregunta qué había pasado con  Jürgen que lo había visto en un estado de ira desatada y gritando «mierda» a los 4 vientos. Yo con una sonrisa le dije que estaba molesto porque, sin querer, había hecho un gesto brusco y había tirado las piezas al suelo.

▬ ¿Pero quién iba ganando?, ▬ me preguntó muy ávidamente Heike.

Yo, en el sumun de la mentira y la mala fe, le dije que Jürgen se sintió mal porque dio vuelta el tablero en consecuencia que iba ganando. Ella, haciendo honor a eso de hablar poco, hace un gesto con la cara como aceptando mi respuesta y me indica dónde está la carne, el carbón y las pastillitas blancas para encenderlo.

Nos quedamos trabajando con mi colega Cédric en lo del asado y todo el mundo revoloteaba por nuestro lado atraído por el olor de la carne a asada.

Eran como las tres de la tarde y todo el mundo se preparaba para pasar a la mesa. Yo ya estaba más repuesto porque mi carreta Cédric me había preparado unos bocadillos, los que me dejaron bien parado, por lo menos por un rato. Los rusos habían terminado de cocer las papas, los alemanes de hacer las ensaladas y los italianos de poner la mesa. Al medio de toda esa dinámica de especialización laboral y de división del trabajo, los chistes y los chascarros iban y venían, así como las botellas de cerveza de vodka y de schnaps. Entre hueveo y hueveo, a uno del grupo se le ocurre hacer un brindis por el ganador del partido de ajedrez.

Cuando todo el mundo levantaba su vaso, vi llegar mi lado a Jürgen. Me dio la mano y se disculpó por lo que había hecho. Se daba cuenta que había cometido un acto que no correspondía ni a su comportamiento ni al lugar donde estábamos. En decimas de segundos y sin hallar que decir, lo abracé y le dije que él iba ganado y que él jugaba mejor que yo. Que no se preocupara, que me había hecho un favor botando las piezas. Se le iluminaron los ojos y me dio las gracias. Y ahí se cerró el capitulo del ajedrez.

La fiesta siguió y los comensales se agitaban entre discusiones, políticas, profesionales o sociológicas. Entre tanto brindis yo empecé a ver los platos un poco dobles. Así que le dije a mi amigo Cédric que iba a parar de tomar porque si no me costaría terminar lúcidamente el día.

Entre la gente que iba y venía y otros que se paraban para ir a fumar, de repente me vi sentado al medio de alemanes y rusos. Yo confieso, honestamente, no acordarme mucho de lo que paso de allí en adelante. Creo que se me fueron las copas de vodka y se me anduvo borrando la película por algunos instantes.

Tiempo más tarde mis colegas me contarían en Paris que se me anduvo pasando la mano con los rusos y los alemanes. Me contaron que, de manera inusual, yo comencé a tirar bromas irónicas sobre ellos a tal punto que muchos se sintieron un tanto incómodos con mi manera tan ligera de tratar los problemas post-muro de Berlín.  Problemas sumamente complejos que muchos aún no se resuelven. Al parecer a los rusos los trataba de ingenuos políticamente y a los alemanes de psico-rígidos o de nihilistas.

Creo que vine a recobrar mis espíritus  hacia las 18 horas. Me vi sentado en el mismo lugar donde me había dejado mi amigo Cédric y vagamente  creo que me vi enfrascado en una discusión  sobre Pinochet y Stalin. Cansado de estar sentado me paré y fui a dar una vuelta por el lago. Necesitaba despertarme.

Como a las 21 horas los alemanes encendieron una gran fogata en el centro del patio. Yo ya estaba en bajada. No tenía ganas de beber ni una gota más de alcohol y solo de acordarme de haber bebido tanto durante el día me ponía en situación de repulsión y me daban tiritones.

No sé por qué pero, desde muy pequeño, siempre he tenido la sensación que cuando uno se encuentra en pleno campo por la noche y surge una fogata como fuente de luz y de acercamiento, se produce un cambio en el comportamiento humano.  Como si  la percepción de las cosas fuese diferente. Como si la relación diese un brinco hacia lo infinito y creara un  ambiente transgresor, suerte de invitación a acercarnos y a entregar  lo más profundo que tenemos adentro. La fogata que acababa de encenderse traería ese algo y ese algo sería  inolvidable.

Elke, una muchacha alemana muy linda, apareció con una guitarra y se sentó cerca mío a afinarla. Ella tenía el sistema de afinamiento de cuerda al aire y cuerda en el quinto espacio. Yo tenía (y tengo) el método de discriminar el sonido de las 6 cuerdas pulsadas al unísono.  Como veía que se demoraba fijé mi atención en ella varios segundos. Elke, dándose cuenta, me trajo la guitarra y me preguntó si yo podía afinarla, porque con todo el ruido que había le costaba concentrarse. Yo la afiné, y en cortos instantes, y comencé a tocar para ver si esta estaba afinada y equilibrada. Mi tema fetiche de evaluación es el tema flamenco-rumba del “poron pompom”. Pues me largué algunos minutos a tocar y veo que la gente comienza a acercarse a mi lado y empieza a avivarme la cueca. Como es lo común en esos casos, casi todo el mundo se niega a tocar o a cantar. Yo no necesito que me rueguen dos veces para cantar o tocar. Cuando vi que todos empezaron a gritar mi nombre, yo me paré, empuñé  la guitarra y sin saber qué cantar se me vino a la cabeza el tema de Quilapayún « Por montañas y praderas ». Con todo el ímpetu que traía encima empecé a cantar enérgicamente  y me di cuenta que los rusos se paran y comienzan a  cantar conmigo. Pero en ruso.  Los alemanes viendo a los rusos cantar se unen al coro, los franceses, que se sabían la versión francesa, hicieron lo mismo. No me acuerdo haber visto a los italianos entonarla, pero no me sorprendería que más de alguno de ellos la cantara en su versión italiana.

Así de repente nos vimos cantando, todos al unísono, la misma canción pero en 4 lenguas diferentes. El único que la cantaba en español era yo. Hasta el día de hoy veo los ojos y las bocas de cada cual como si  me pasara una película en cámara lenta. Como que un fluido eléctrico nos hubiese atravesado y ya  nadie se daba cuenta en qué lengua cantaba, como si estuviésemos todo cantando en un lenguaje universal.

Viendo a todos parados al lado mío, levantando el puño en alto y sumergidos, casi prosternados al interior  de la melodía, yo me decía que  esto algún día tengo que contarlo… nunca  encontraría  en una canción tanta emoción espontánea y tanta exaltación comprometida.

 

“Por montañas y praderas avanza la división

Al asalto va a tomarse la enemiga posición

Rojo el bosque de banderas  en la marcha rumbo al sur

son los obreros en armas partisanos del amor .”

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8 Comments

  1. Hesse dice:

    Tu historia es muestra de esos momentos en que el tiempo se paraliza (o eterniza). Notable!… y muy bien contada.
    Vielen Dank!

  2. Cesar Mora dice:

    Notable!!

    Una de mis canciones favoritas… tiene un poder sobre natural que inunda, que llena, que sobrecoge, excelente historia, llena de detalles, buena narrativa… se agradece…
    Cesar.

  3. Dante dice:

    Ohhh mi carreta Cesar Mora de Concepción. Que buena onda que hayas reaccionado y que bueno que te haya gustado la Historia, pero eso que me sucedió es como un pequeñito carnet de viaje. Una historia livianita, sencilla con algún dejo emocionante en el momento, pero una historia sin mas…, es algo que pasa asi rapidito… como pasa un aperitivo heladito en horas de verano.
    En algún momento me dije que quizás debería haberles relatado Berlín de otra manera, Quizás debería haber hablado del contraste entre las dos Alemanias, (la rica y la pobre) del muro, de la propaganda, de check point Charlie. O quizás debería haber hablado de lo más impresionante que tiene Berlín. El desfile casi cotidiano de los neo nazis. Eso si que impresiona, sobrecoge y asusta. Ver toda esa cantidad de jóvenes vestidos como en los años 40 agrediendo a los extranjeros y sobretodo a los negros, eso que es una rémora en el pueblo alemán, de eso quizás debería haber hablado.
    Un abrazo grande. Nos vemos en Enero ¿ok?

  4. Me entusiasma mucho cómo este espacio se comienza a constituir como lugar de encuentro y reflexión de almas amigas, y almas por conocerse. Cada vez entusiasma más la forma que toma…

  5. dante dice:

    Cesar,
    no se lo que te dijieron a ti, pero a mi me ofrecieron mojito y con ron cubano (caballero!)
    Nos vemos carreta.

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