Ni bueno, ni malo, ni feo

Escritos — By on mayo 31, 2009 at 14:13

Ennio Morricone y el consumo simbólico viral del arte.

                                            Por Guido Arenas

Advertencia: si usted fue al concierto de Ennio Morricone, es C3, D, o se fue bostezando a mitad del concierto, no es nada personal, es sociología.

 

Especular y especular en ridículas cantidades de páginas acerca de los supuestos patrones que siguen los individuos en sus vidas cotidianas, atribuirle un especial significado a cada nimiedad que veo diariamente en la micro o en la universidad, o tratar de dar a conocer a través del ánimo ensayístico baumaniano lo que se me ocurra a través de mi caleidoscópica mirada de la sociedad, me aburrió. Puede sonar cliché, pero ya es hora de que en un mundo globalizado, determinado tan fuertemente por las estructuras económicas y un campo académico donde lo material es siempre  más relevante que lo simbólico, se le otorgue la importancia que merece al consumo cultural, quizás la radiografía par excellence de la idiosincrasia nacional. En este sentido, contar para este artículo con la base empírica de la Encuesta Nacional de Consumo Cultural me parece el primer paso para la nueva ruta.

El nuevo panorama del consumo cultural.

Al consumo cultural podemos entenderlo como la apropiación de bienes y servicios simbólicos relacionados fundamentalmente con sistemas especializados de arte (INE, 2005) y que tienen por implicancia la forma en que las personas acceden a ellos, la apropiación y el uso que les den, pero por sobre todo, a mí entender, la riqueza simbólica que el consumo cultural trae consigo. En este sentido, los patrones diferenciadores que alguna vez dieron forma a la idea de una sociedad culturalmente integrada han ido desapareciendo. Ya no se habla del consumo en torno a algún tipo de referente cultural, económico o religioso, si no más bien a una amalgama de factores en los que puede basarse y explicarse el consumo.

Desde esta perspectiva, somos protagonistas directos del proceso por el cual en nuestro país y en el mundo entero ha comenzado a regir un acceso fuertemente diferenciado a la oferta cultural. Es decir, hemos sido testigos del desarrollo de los patrones diferenciadores a los que se aludía en el párrafo anterior.

Al estar presente el factor simbólico en la frankfurtiana industria cultural, el elemento diferenciador que funciona en la base del consumo cultural ya no se fundamenta únicamente en capacidades ligadas al dinero, sino que también a otros elementos no-económicos asociados a la subjetividad personal y a los estilos de vida, los cuales juegan un papel sustancial en la apropiación de bienes culturales.

Es por esto que si bien aún nos encontramos inmersos en un escenario cultural mediado por el acceso a los bienes, efectivamente están entrando en juego variables simbólicas asociadas a la identidad, posibilitando el surgimiento de un consumo cultural híbrido, plural, en el que conviven gustos masificados y tendencias cada vez más diversificadas. El aumento de la capacidad de pago, gracias al crecimiento económico nacional implica, por ende, un nuevo tipo de hogar con infraestructura renovada y más equipamiento cultural. Es en este contexto donde aparece un campo cultural en el que, aparte de los determinantes económicos propios de una sociedad desigual, se conjugan variables simbólicas y de estilo de vida (Brunner, 2005). Este consumo cultural híbrido y plural se caracterizaría por la masiva apropiación de los códigos de entrada a la cultura, manifestándose en un acceso más abierto y menos excluyente al consumo de bienes culturales.

Para caracterizar la forma en que se ha ido constituyendo esta nueva forma híbrida del consumo de bienes culturales, es necesario dar cuenta del impacto que tienen los medios de comunicación  en la circulación de la cultura, pero por sobre todo, la violenta penetración de las nuevas tecnologías de información en los grupos etáreos más jóvenes. En este sentido, Sunkel (2004) nos caracteriza el consumo cultural actual como sustentado más que nada por la brecha generacional entre padres e hijos. Señala que en los jóvenes, su vínculo con los medios de comunicación es la base de la separación y diferencia cognitiva y perceptiva con respecto al mundo de los adultos. El uso de las nuevas tecnologías de la información implica el desarrollo de mapas cognitivos inéditos. En este sentido, ya no sería necesario contar con nuestro caballito de batallas preferido, el habitus, para explicar el gusto y el consumo de las distintas clases sociales mediante los esquemas cognitivos inconscientes de percepción que vienen asociados a  la clase. Las nuevas tecnologías de información otorgan novedosos esquemas mentales a los jóvenes, permitiéndoseles consumir bienes culturales tan diversos e impensados como Chopin y Don Omar a la vez, así como ir a la ópera y al circo Timoteo. O en otras palabras, que  María Ignacia Echenique Subercauseaux se vuelva loca gritando por Edmundo de Amor Ciego.

Según la Encuesta de Consumo Cultural en Chile (2005), el tramo de edad que va desde los 15 hasta los 29 años es el que más asiste a exposiciones visuales, teatro y conciertos. También los que más escuchan música, leen revistas, usan internet, ven televisión y van al cine. El influjo que este grupo etáreo tiene sobre el consumo cultural, produce una seria disyuntiva entre las formas tradicionales del consumo masivo asociadas y distinguidas según la clase y las nuevas formas de apropiación de bienes culturales más minoritarias pero con un consumo híbrido, abierto y necesitadas de eliminar el factor clase –habitus- de su dinámica . En el panorama actual, son cada vez más fuertes los enlazamientos entre los diferenciales de acceso a los bienes culturales y la creciente penetración de las nuevas tecnologías de las cuales se desprende el nacimiento de nuevas formas culturales, más minoritarias, que están representadas mayoritariamente por los grupos jóvenes de la sociedad.

¿Sobrepasando a Bourdieu? ¿Chile?

Para Pierre Bourdieu, el gusto se constituye como el elemento fundamental a la hora de determinar el por qué algunas personas prefieren ciertos productos culturales y no otros. Además de esto, el gusto también permite a los individuos clasificarse y posicionarse en la estructura social, pero por sobre todo, el gusto logra realizar la distinción entre individuos. El gusto clasifica y clasifica al clasificador. Los sujetos sociales, clasificados por sus clasificaciones, se distinguen entre ellos por las distinciones que hacen entre lo hermoso y lo feo, lo distinguido y lo vulgar (Bourdieu, 2002). En este sentido, nuestra sociedad dista de ser homogénea no solo en términos de posibilidades de acceso y valoración de las claves culturales, sino también en las preferencias y gustos que los sujetos expresan a través de ella. (INE, 2005).

Sin embargo, basándonos en el caso chileno, el modelo de Bourdieu pierde su poder explicativo. Si nos detenemos a observar las cifras de los habitantes de Santiago, podemos apreciar que las diferencias sociales en el consumo de bienes culturales no se basan justamente en los gustos de las personas  o en la distinción que el consumo les otorga; sino que más bien se relacionan mucho más con las barreras en el consumo de bienes culturales –exclusión-. La mayoría de los santiaguinos confiesa tener la disposición a consumir otros bienes culturales, aparte de los que consume actualmente. Sin embargo, no les es posible consumirlos debido a falta de recursos económicos, tiempo e información. Con lo anterior, queda claro que se consumen ciertos productos culturales más que otros no porque gusten más, o distingan, sino simplemente porque es lo único a lo que pueden acceder (INE, 2005). En este sentido, el Ministerio de Cultura ya no debiese enfocarse únicamente en mejorar el acceso a la alta cultura, sino más que nada en generar mecanismos de inclusión para los grandes grupos de la población que no acceden ni siquiera a productos culturales intermedios como lo son el cine o los libros.

Ennio Morricone y el consumo simbólico viral del arte.

Siguiendo con las cifras de la Encuesta Cultural, el consumo musical chileno se caracterizaría por la diversa intersección entre los géneros y los públicos. Siguen existiendo distinciones entre estratos socioeconómicos, grupos etáreos, pasividad y selectividad; sin embargo, la emergencia de gustos altamente segmentados, emergentes y minoritarios, que a la vez pueden ser transversales o selectivos, dan lugar a una compleja matriz de públicos (INE, 2005).

Desde esta perspectiva, no deja de llamar la atención el fenómeno suscitado por la venida de Ennio Morricone a Chile.

Si bien podemos decir que su música, por la que es conocido en nuestro país, se masificó mediante un medio de comunicación masivo como el cine, también es necesario acotar el tipo de música por la cual es conocido. Estoy de acuerdo en que haya gente que se emocione, ría y llore rememorando momentos inolvidables de las películas a las cuales Morricone les ofrece su obra, pero cabe recordar también que no estamos hablando precisamente de masividad en lo que su legado musical refiere. Si ponemos atención a la increíble fila de horas y horas que tuvieron que hacer miles de fanáticos (?) del músico para conseguir las diez mil entradas que la corredora de bolsa Celfin Capital puso a disposición de las masas, también sería necesario poner atención a la conformación social de esa fila -pero Revista La Pala no me otorgó los fondos necesarios para hacer la encuesta-. Cabe recordar que fueron cien mil las personas que intentaron entrar a la página web para conseguir algún ticket, pero que sin embargo, las personas de la high class no necesitaron hacer la fila: el concierto era para ellos. Es razonable preguntarse cómo un evento que siempre estuvo dirigido a la elite, se haya masificado, generando una demanda histórica en nuestro país, tomando en cuenta que el concierto se planteó siempre desde una dinámica de exclusión.

Poniendo atención a la distribución de preferencias musicales de los chilenos, no nos encontramos con ninguna sorpresa. Por orden de preferencias: música romántica, rock, tropical -salsa, merengue- y música mexicana. Y si hilamos un poco más fino, un 96,3% de las personas no pertenecen a las clases privilegiadas y no asiste a exposiciones de artes visuales, un 94% no va al teatro y un 94,7% no participa de conciertos en vivo. Desde esta perspectiva, para el INE (2005) la ópera y el ballet, conciertos de música clásica y exposiciones de arte son productos de consumo cultural por parte de una elite y esa situación no cambia por mucho que mejoren los niveles de educación y de distribución del ingreso en una sociedad. En este sentido, la música popular constituye el 80% de las preferencias del país, mientras que la música docta el 20% -en su mayoría mujeres del sector alto que asisten a teatros de ópera y orquestas sinfónicas-. Cabe destacar también que entre los 15 y los 29 años solamente escuchan música docta un 8%, y entre los 46 y los 59  sólo un 34%.

Es por lo anterior que no deben sorprendernos en lo absoluto, al menos dos cosas. En primer lugar, la enorme cantidad de gente que se autodefinió como fanática morriconeana, que aunque me cuesta creerlo, no es posible corroborarlo. Sin embargo, me asalta la duda de si esos supuestos fanáticos realmente hubiesen formado la fila sin que las entradas hayan sido gratis. Un aplauso para el trabajo conjunto entre el Ministerio de Cultura y la empresa privada, por fin un acercamiento de las masas populares al arte.

Sin embargo, y en segundo lugar, que tantos supuestos fanáticos del compositor italiano hayan llegado a las tres de la mañana, hayan hecho la fila, hayan sido mojados por Carabineros, hayan salido en la televisión reclamando por la maldita masividad que le otorgan al espectáculo y que, finalmente, hayan sido estos mismos o un parte de estos –en su mayoría, ya que mucha gente no necesitó  hacer la fila para asistir-, los que a mitad de concierto se retiraron bostezando del Parque Bicentenario, cansados quizás de solamente ver la espalda de su ídolo y esperando sedientos los clímax de las películas que a su criterio tardaron mucho en llegar, ¿es una vergüenza? ¿Mostramos la hilacha los chilenos? ¿Nos quedó grande el poncho de resistir un concierto de música sin bailarinas ni DJs? ¿Se esperaban algo más?. Bukowski nos advirtió de antemano que el arte no puede funcionar en medio de multitudes.

Sin duda alguna, los bienes culturales con los significados y símbolos que las personas les otorgan, se forman y transforman a través del consumo cultural. A través de éste, se transparentan por tanto las prioridades y las aspiraciones culturales de una sociedad (INE, 2005) y se van configurando las nuevas formas que toma la vida cotidiana y los  nuevos hábitos de consumo. Es por esto, que siguiendo nuevamente a Bourdieu –no, Chile no lo sobrepasa-, se debe tener en cuenta con el caso de Morricone que las probabilidades que un grupo puede tener de apropiarse de una clase cualquiera de bienes singulares dependen, por una parte, de sus capacidades de apropiación específica, definidas por el capital económico, cultural y social  que puede utilizar para apropiarse material y simbólicamente de los bienes, es decir, de su posición en el espacio social. (Bourdieu, 2002). En este sentido, quizás la mayoría de la gente que no conocía a Morricone se aprovechó de la gratuidad de la entrada y a mí parecer, otorgándole una importancia superlativa a la dimensión simbólica de asistir al concierto, consumieron un producto cultural propio de la elite, primero en modo de curiosidad, luego como purificación, terminando por el desencanto. Algunos segmentos sociales ya no buscan solamente distinguirse solamente por diferencias económicas, sino que están otorgándole una justificación y legitimidad a sus posiciones mediante el consumo de arte como elemento simbólico de diferenciación social. Sin embargo, este consumo de arte nunca termina desarrollando un aumento en el capital cultural de las personas; sólo actúan y potencian el consumo de arte al modo de un virus, basado en la simple imitación de los grupos más estructurales y privilegiados: un consumo simbólico viral de arte. (López, 2005)

Para finalizar, contar con mediciones cuantitativas en relación al acceso a los bienes culturales de por sí es un gran esfuerzo, el cual se agradece, pero hacen falta también estudios de tipo cualitativo que den cuenta del sentido, significado subjetivo y la importancia que las personas le otorgan a los productos culturales que consumen para otorgarle una riqueza analítica superior al comportamiento cultural de la sociedad.

Guido Arenas, 2007

Referencias

Bourdieu, P (2002), La distinción : criterios y bases sociales del gusto, México : Taurus

Brunner, J, (2005), Chile: ecología social del cambio cultural, en I.N.E. (2005), Consumo Cultural en Chile: Miradas y Perspectivas, Santiago: Consejo Nacional de la Cultura y de las Artes

I.N.E. (2005), Consumo Cultural en Chile: Miradas y Perspectivas, Santiago: Consejo Nacional de la Cultura y de las Artes

López, C (2005) El consumo de artes visuales: una mirada al desarrollo del mercado desde una perspectiva histórica y del valor simbólico, en I.N.E. (2005), Consumo Cultural en Chile: Miradas y Perspectivas, Santiago: Consejo Nacional de la Cultura y de las Artes

Sunkel, G (2004), Consumos culturales y sensibilidades juveniles, en: La juventud en Iberamérica. Tendencias y urgencias, Santiago de Chile: CEPAL, Organización Iberoamericana de Juventud, 2004.

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