6 Comments

  1. Horacio
    13/02/2013 @ 20:09

    Interesante tu enfoque,…pero desde dónde podríamos pararnos para ser contraparte de estos modelos??…dónde puede “sostenerse” un niños o niña si su entorno más próximo (familia) es tremendamente amenazante para su desarrollo y bienestar,…a que vericueto de la vida se lo dejamos??

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  2. Rodrigo Robles
    01/03/2013 @ 14:16

    Estimado Horacio, aprovecharé tu comentario para ser autocrítico frente a las re-lecturas del texto, quizás termina siendo laxo, y con poca profundidad en algunos puntos. El contexto donde fue presentado es una jornada de reflexión en torno a lo “institucional”, y precisamente hablarlo no es lo mismo que escribirlo…
    Es quizás por aquello que se vislumbra una falta de propuesta frente a donde “sostener” a un niño o niña, y bueno, a lo mejor precisamente esta propuesta hay que ir construyéndola…
    Recordemos (por historiadores como Aries) que la niñez como la pensamos actualmente, sumergida dentro de las instituciones especializadas, es un concepto moderno, proviene no antes del siglo XVII, pasa exactamente lo mismo con el concepto de familia.
    Pero remontémonos a estos orígenes, ¿cuál es el concepto de niño y de familia se que fue construyendo históricamente?. Como me dijeron alguna vez, la historia se construye con la pluma de los vencedores y la sangre de los vencidos…

    Frente a tu misma pregunta, te devolvería el guante… ¿Quién define lo amenazante que puede ser una familia para un niño en su desarrollo y bienestar?. ¿Cuál es ese “desarrollo” y “bienestar” del que hablamos?…

    En mi experiencia que trato de exponer el texto, estas definiciones son morales (OJO: No son éticas), y morales basado en ideales o imaginarios que podríamos llamar sociales. Son sociales porque pertenecen a la sociedad, aparecen dentro de las instituciones, pero los vivimos como propios. Pensamos que esos imaginarios nos pertenecen, y no es extraño que tengamos en la cabeza la imagen de “una buena madre” o “un buen padre”… y esa imagen aparece según lo bueno o lo malo (según nuestro calificativo) que fueron nuestros padres con nosotros, y según cómo fueron nuestros abuelos con nuestros padres (donde nosotros también pudimos observar como se es ser hijo)…

    No me quiero ir tanto por las ramas, pero ya ves lo difícil que es pensar en la responsabilidad de decidir por la vida de un niño/a… La sociedad ya tiene algunos parches, los tribunales de familia lo representan… pero si no cuestionamos el modelo entonces ¿qué?.. Como dice Gabriela Barco (Te dejo el texto que ella publicó acá http://www.lapala.cl/2012/4797 )… “La falla es del sistema y no de la familia como se nos quiere hacer creer”.. y en el sistema estamos todos produciendo y reproduciendo…Quizás mi propuesta sería: produzca más, creativamente, e intente reproducir menos…

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  3. Francisco Güemes
    11/03/2013 @ 20:45

    El texto es muy interesante y provocador. Lo que me obliga a calificarlo como bueno; así podremos debatir al respecto, ya que no lo dice todo.
    Pensaba en un punto interesante que aparece claramente en el trabajo llamado “en red”. Que es un supuesto “deseo de saber” camuflado bajo el nombre de “base de datos”, “información en red”, “SENAINFO” y otros dispositivos técnicos/ideológicos que usan las Instituciones.
    Tú te refieres al goce institucional y eso es interesante porque cualquier persona que observara una reunión “de red”, podría decir con tranquilidad “míralos cómo gozan”. Y se trata de esa infancia o niñez (asumiendo las diferencias) publicitada, pública, objeto de miradas y juicios por parte del otro.
    ¿Para qué saber tanto? Eso es sorprendente, por ejemplo en los equipos SENAME. Yo lo veo a diario. Un saber sobre la vida privada que rebasa cualquier ética. En el último tiempo me he preguntado ¿hasta qué punto es legítima la intervención del Estado sobre la vida privada de las personas?
    El problema es que esta situación provoca una forma de ser del sujeto social del que es objeto las políticas de protección. Se acostumbran a someterse a un sistema perverso que maneja la información; y sin inconveniencias hablan y cuentan todo lo (in)necesario a quien se lo pregunte, sin poner mayor resistencia (esto lo atestiguan, por ejemplo, las personas que ejercen labores de secretaría en los programas sociales de protección). Pero cuando ponen resistencia o son cautelosos con la entrega de información, es visto como una amenaza para la Institución y por tanto marginada.
    En mi opinión, es mejor saber menos y respetar al sujeto en su intimidad. Si en algo hay que intervenir es sobre el deseo (perverso?) de saber del “trabajo en red”.

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  4. Rodrigo Robles
    15/03/2013 @ 15:39

    Estimado amigo Güemes
    Me gustaría saber quién vigila, a propósito del texto, ¿la persona o la institución?, me parece que esta pregunta nos obliga a observar qué posición jugamos, aunque no queramos observarla. He escuchado a demasiada gente diciendo: “yo hago un trabajo político, pero engaño al sistema”. Una buena pregunta sería ¿se puede engañar el sistema?, podemos suponer que la respuesta no es única, Si y No, al mismo tiempo. Si, porque pensamos que nuestra ideología es distintas; No, porque pertenecemos a la misma ideología.. ¿Cómo salir de aquello? ¿habrá que salir de algún lado?…

    Me gusta mucho tu opinión sobre “intervenir” en aquel deseo voyeurista de “saber” del “trabajo en red”. Porque sabemos por el viejo Foucault, que el saber es “poder”. Y sí, el vouyerista tiene cierto saber/poder sobre otro, porque ese otro es “objeto” de su mirada vigilante…

    En este sentido, otra buena pregunta sería, a propósito del texto, ¿qué se le puede decir a una jueza, representante de leyes sociales,cuando menciona “ustedes son mis ojos”?

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  5. Francisco Güemes
    27/03/2013 @ 10:50

    Interesante punto amigo mio.
    Quisiera poner atención en eso de “la mirada”. Tú recortas una: vigilante; atribuyendo un saber/poder en la medida que ejerce cierta acción (perversa o no) sobre su objeto. Eso es preciso en un nivel.
    No obstante, no toda mirada es voyeurista, ni perversa. Hay un tipo de mirada que subjetiva la experiencia del ser viviente; que lo aloja (durante un tiempo) para que advenga como sujeto. Una mirada que acaricia, que marca, que instituye los significantes con los que cada uno se identifica y forja algo así como “una(s) identidad(es)”.
    Una mirada deseante, podríamos llamarla, que pone un límite al goce feroz y voraz. Así, podemos pensar que un bebé desde que nace es acunado en el lecho del lenguaje y desde ahí establece un tipo de lazo que sostiene todo orden de relaciones más o menos estables. Relaciones que se fundan en un tipo de discurso que organiza una cierta relación al otro, no siempre perversa.
    Pienso que la red podría ser como una matriz de relaciones simbólicas que despierten algo de la estructura deseante, tanto del sujeto (lo que podría traducirse en un movimiento subjetivo que abandone la posición del pasaje al acto, por ejemplo) como de las instituciones (intervenir, para reducir y evitar los efectos alienantes y des-subjetivantes de la estigmatización y patologización del sufrimiento humano).
    Si “ustedes son mis ojos” fuera cierto, no podemos pasar por alto la subjetividad del observador que recorta la “realidad” que estudia y la presenta en un “informe” o una “conversación técnica”. Ahí se abre un espacio… de tal forma ¿qué implica ser agentes de ese espacio? ¿Qué vicisitudes éticas, políticas y técnicas se despliegan en la relación a la estructura de poder?

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  6. Rodrigo Robles
    05/04/2013 @ 00:37

    Esa distinción de la mirada es importante. Y es por lo mismo que en el texto menciono: “…Precisamente esto no es una mirada que permita reconocer lo particular de lo que le ocurre a algún niño o niña, ahí lo que menos importa son estos sujetos. En aquellas palabras se podría interpretar una vigilancia sancionadora hacia la niñez y sus familias…”

    No me gustaría ser categórico, es imposible generalizar esto a todo juez o a toda red. Seguramente habrán jueces más subjetivantes que otros, habrán redes más simbólicas que otras…
    Pero detengámosnos un poco en la producción subjetiva. Cuando realicé esta presentación habló un psicoanalista experimentado de niños, no sé si usted lo conoce, se llama Matías Marchant, y dice que trabajando en un hogar, una madre a la cual le tenían prohibido el contacto con su hijo le confiesa que de igual forma sigue manteniendo este contacto a través de facebook, pero lo interesante es lo que le dice posteriormente: “… por favor no le cuente a nadie…”. ¿De qué estaba huyendo esa madre? ¿De qué mirada se estaba escondiendo?…
    Seguramente no de la mirada de aquel psicoanalista que presuponemos genera un ejercicio de subjetivación, pero en este ejercicio que permite aquella confesión aparece algo nuevo, y seguramente se relaciona con el papel que el profesional juega dentro de la institución. Lo interesante es ¿hasta qué punto podemos resguardar aquella intimidad cayendo por ejemplo en la ilegalidad de una institución a la cual pertenecemos?… y mi pregunta vuelve una y otra vez.. ¿para quién trabajamos entonces?

    Sabemos que la ética del psicoanálisis no es la misma ética institucional, y es por eso que me gusta retomar la frase de Mannoni: “El psicoanálisis institucionalizado, con las aplicaciones deformadoras que conocemos, garantiza el orden institucional establecido y contribuye, por consiguiente, a su conservación: el psicoanálisis traiciona su vocación”.

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