Límites de lo Institucional: redes, familia, infancia y protección de derechos.

Diapos, Escritos, Infancia y Niñez, Seguridad y Vigilancia — By on febrero 2, 2013 at 11:17

Rodrigo Robles

rodrigo@lapala.cl

 

Me realizan la invitación a esta jornada de reflexión (1), porque les parecía interesante la presencia de alguien que haya tenido experiencia en el “trabajo en red”, y que pudiese discutir sobre los límites de la institución. Con un poco de sin sentido pensé:

difícil tarea, mientras recordaba todos los problemas que se relacionan con las redes de las instituciones. Aunque no lo crean, las instituciones poseen sus propias redes para atrapar a las personas.

Pues bien, en mi experiencia de trabajo con niños y niñas he tenido la oportunidad de participar en eso que se llamaría “trabajo en red”, por lo menos me he sentado en la misma mesa con personas de distintas profesiones para hablar sobre alguna temática que interese a una supuesta red de instituciones, por lo demás muy imaginaria.

En el proceso aparecen nombres como “red por la no violencia”, “red de infancia”, “red por el buen trato”. Conceptos dirigidos a proponer las formas de funcionamiento de la institución familiar, con un nivel de idealismo y utopía importante; las instituciones son utópicas y producen ideales.

Lo interesante es que gran parte de las personas que participan de estas redes, y suponemos representan a las instituciones, desean llegar a algún destino u objetivo, el problema es que nadie sabe muy bien cómo hacerlo, posiblemente por la  dificultad de definir objetivos comunes –ya sea de las instituciones o de los mismos sujetos que participan como representantes-. Esto ocurre, además, mientras otras personas asisten a estas reuniones, porque la institución a la cual pertenecen “los mandó”, cumpliendo con una labor obligada, llevándola a cabo aunque no lo quieran.

Podríamos decir que estos/as últimos/as son parte del residuo que producen la instituciones, en tanto sujetos en malestar que reproducen una labor sin encontrarle mayor sentido, a modo de alienación.

Por otra parte, también he trabajado “en red” con otros/as profesionales, respecto de algún trabajo clínico-psicológico particular. Como saben, esto se da especialmente en la clínica con niños por ejemplo; la profesora de la escuela, el neurólogo, la psicopedagoga. Pienso que mi primera pregunta sería ¿alguien no trabaja en red?, y la segunda puede ser ¿quiénes pertenecen a una red, las instituciones o las personas?

Hace poco tiempo fui a Argentina a conversar sobre una intervención que desarrollo con un conjunto de colegas, y les hablaba de la palabra “red”. Me daba cuenta que no me entendían. Tenía que intentar traducirlo y debía cambiar mi enunciado “red” hacia “armar relaciones”.

Esto me dio pie para buscar la definición de la palabra “red” en la institución internacionalmente legitimada por excelencia: la RAE. Podemos estar de acuerdo con que no es el mejor lugar para buscar el significado de una palabra, pero aún así, esta institución representa el código de la lengua castellana… ya vemos hasta qué punto nos acompañan las instituciones, incluso nuestro lenguaje está representada por una institución formal y concreta.

Me llamaron la atención dos definiciones de “red”: el primero “Conjunto de personas relacionadas para una determinada actividad, por lo general de carácter secreto, ilegal o delictivo”. Y el segundo: “Conjunto de ordenadores o de equipos informáticos conectados entre sí que pueden intercambiar información”.

Posiblemente uno de los pocos países que ocupa este concepto es Chile, y si trabajamos en red, o somos delicuentes o somos máquinas que se traspasan información, y, en el peor de los casos, somos máquinas que se traspasan información de forma ilegal.

Les pido que no me tomen tan en serio, solo estoy intentando mostrar hasta dónde podemos llegar jugando con estas definiciones, y qué divagaciones se pueden armar cuando nombramos las palabras “trabajo en red”. Si hay una red de instituciones, insisto, representada por personas, ¿qué es lo que se enreda? ¿Qué es lo que intenta atrapar en esta red?…acá nos podemos encontrar en la paradoja entre lo particular y lo homogéneo, en el sentido de atrapar lo particular en una red, para transformarlo en homogéneo.

Antiguamente, en la época en que las instituciones poseían una fuerza incuestionable, en la que parecían atrapar todo y producir identificaciones con el Ideal, como las instituciones totémicas (2) que describió Freud, seguramente no necesitaban de una “red”. En sí mismas ya eran autosuficientes. Pero cuando se comenzó a presentar una crisis de aquellos ideales, y los sujetos se comenzaron a resistir cada vez más a tales identificaciones, luchando día a día por el reconocimiento de su diferencia, entonces las instituciones intentaron conformar una “red” de colaboración y traspaso de información, quizás para recuperar aquel lugar perdido (3).

El problema, vuelvo a repetir, es que estas instituciones son representadas por personas, y a veces son estas mismas personas las que luchan por su propia particularidad. Además, cada institución desea su propio beneficio, y si no encuentra este beneficio entonces no participa, es decir no manda a nadie a participar.

Es por lo anterior que el “trabajo en red” podría ser utópico, quizás no se logra trabajar en “red” y la mayoría de las veces bordea lo imposible.

El segundo punto que quiero trabajar es el tema de esta mesa; “Los límites de lo institucional” en referencia a la familia, la infancia y los derechos.

Pensar en estos límites puede llevar a un cuestionamiento de las instituciones, especialmente de aquéllas que siguen luchando para pensarse como totémicas: las ciencias, el Estado o la misma familia.

Respecto a la familia, al parecer la sociedad se las ha arreglado para mantener la institución familiar, que en su origen se constituye por ideales burgueses –padre, madre, hijos/as-. Un ejemplo de la insistencia en esta institución es la llamada familia “monoparental”, es decir, aunque haya solo un padre o madre, la institución parece seguir reproduciéndose.

Por otro lado, pienso que actualmente la institución por donde transitan todas las otras, podríamos decir con un propósito más totémico, y si me permiten llamarla institución, es el neoliberalismo compuesto por el discurso capitalista. Es decir, es precisamente esta institución la que no parece tener límites, cubriendo todos los aspectos de nuestra sociedad, produciendo subjetividades patologizadas en torno a ideales capitalistas y clasificadas según orden de consumo –depresión, estrés, hiperactividad, déficit atencional, bipolaridad-.

Paso a otro punto. Considero que el cuestionamiento de los límites institucionales es una tarea con coraje y valentía, porque en primer lugar, querámoslo o no, vivimos dentro de aquéllas, nos constituimos en las relaciones institucionales. Si no estamos en la institución laboral, estamos en la institución universitaria o estamos en la institución familiar, o sino, me imagino en el caso de gran parte de los presentes, en la institución psicoanalítica. En realidad, habría que preguntarse hasta qué punto el psicoanálisis se transforma en una institución, y sabemos que hay variados grupos que se resisten aquello. Esto suena un poco extraño; pareciera que somos producto de las instituciones, más que las instituciones sean un producto de nosotros.

En segundo lugar, sabemos que el concepto de “institución” es un concepto abstracto. Las personas, sus grupos y espacios por donde transitan, crean lo institucional, pero solo como significante, como palabra. No es que las instituciones se reduzcan a lo simbólico, sino que, en palabras de Cornelius Castoriadis, las instituciones no pueden existir más que en lo simbólico…quizás ahí está uno de sus límites.

Vamos hacia la infancia. Sabemos por numerosos autores, que no hay niñez sin las instituciones que la constituyen y la acompañan. Históricamente las primeras fueron la familia pequeña burguesa y la escuela. Esto se reactualiza el día de hoy: la niñez sin estas instituciones más clásicas, se establece como “desviada”, abyecta, en peligro y peligrosa, o como se dice ahora “vulnerada en sus derechos”.

Frente a estos conceptos aparecen las “instituciones de protección” hacia la niñez, y si hablamos de éstas, nos podemos referir a instituciones que intentan suplir aquello que no ha podido resolver idealmente la institución familiar.

Hay instituciones “maternales” que entregan los cuidados, los afectos, son devotas y voluntarias, como los hogares. Y están  las “paternales”, que aparecen cuando existe una familia relativamente reconocida, por lo general pobre, y que vigila sobre algo que ésta (la familia)  ha hecho mal. Se vigila la contradicción del ideal utópico y la resistencia hacia aquel ideal. Nuevamente nos podemos encontrar con el concepto de “homogenización” y la lucha por lo particular.

En algún momento trabajé en una Oficina de Protección de Derechos (OPD), y en una audiencia en tribunales de familia, la jueza dice: “ustedes son mis ojos”. Precisamente esto no es una mirada que permita reconocer lo particular de lo que le ocurre a algún niño o niña, ahí lo que menos importa son estos sujetos. En aquellas palabras se podría interpretar una vigilancia sancionadora hacia la niñez y sus familias, las y los profesionales nos transformamos en “sus ojos” para travestirnos con una moralidad anclada en los ideales de la familia burguesa, y la mayoría de las veces, son nuestros propios imaginarios los que entran al juego.

Técnicamente esto se traduce, por ejemplo, en la escritura de una “informe”, un fichaje que queda escrito y se inscribe en la historia de un niño o niña. Lo que se ficha es la vigilancia. Pienso que acá debemos preguntarnos por nuestra responsabilidad ¿Para quién trabajamos cuando estamos dentro de una institución? ¿Para el sujeto que atendemos o para el goce institucional?

La institución familiar burguesa, y su ideal, se intenta sostener con tal fuerza en la niñez, que me gustaría contarles sobre una investigación que realicé (4). Para finalizar un Magíster en Estudios de Género, intenté analizar las orientaciones técnicas para los Centros Residenciales, antiguamente llamados Hogares de Niños, que crea SENAME. Como saben, los niños y niñas dentro de una institución, por disposición legal, ya no pueden vivir con su familia, sus lazos se ven interrumpidos.

En las Orientaciones Técnicas del año 2006, al incluir una supuesta “perspectiva de género”, se mencionaba que como las mujeres han estado encargadas históricamente del cuidado de los niños y niñas, en la intervención con “la familia” se debía incluir a algún hombre, cualquiera éste sea, lo importante es que haya un hombre. Es decir, en la institución familiar debe haber alguien que tenga pene, y obviamente no estoy hablando del significante fálico como concepto psicoanalítico. Como se sabe al padre ausente, entonces cualquiera puede “reemplazarlo” mientras tenga el órgano sexual masculino. Podemos ver acá el extremo de la utopía que se construye alrededor de la institución familiar, casi como un delirio.

Precisamente, estas orientaciones nombran aquella falta del lugar masculino dentro de la historia en nuestro país. Ya lo han dicho Gabriel Salazar, Pedro Morandé y Sonia Montecino, el trauma del huacharaje ha marcado nuestra cultura, y los ideales familaristas nos rodean en aquella incertidumbre de padre, porque cualquiera puede ser, y el lugar sagrado es el de la madre.

No es casualidad que las instituciones que trabajan con la infancia nos hablen tanto de la “teoría del apego” o las “competencias parentales”, que justamente dan instrucciones sobre aquellas utopías que les he intentado mostrar, especialmente a las mujeres. Ideales de familia que terminan siendo muy angustiantes porque son imposibles de lograr. Estas familias, repito, la mayoría en contexto de pobreza, saben de su “negligencia” – un concepto muy ocupado en las instituciones que trabajan con infancia- cuando reciben la amenaza de ser separadas de sus hijos, o de ser “denunciadas a SENAME”.

Lo que nos queda por preguntarnos, quizás de forma permanente, es cuál es el lugar del sujeto de la niñez frente a aquellas amenazas y utopías de la institución familiar. De qué formas nos proponemos escuchar a los niños y niñas con los que trabajamos tanto en la clínica particular como en el trabajo dentro de alguna institución. Y mi pregunta para ustedes sería hasta qué punto una escucha psicoanalítica puede sortear estas ideas con lo institucional, proponiendo nuevas formas de trabajo.

 

Referencias:

(1)   Este texto fue presentado en la III Jornada de Reflexión de la Corporación “Casa del Cerro”. Realizada el lunes 03 de diciembre del 2012 en la Universidad de Chile. El contenido fue modificado para la lectura en LaPala.

 (2)  Ver por ejemplo en Freud, S.  Totem y Tabú. Obras completas, Volumen XIII (1912).
 Psicología de las Masas y Análisis del Yo. Obras Completas, Volumen XVIII (1921).

 (3)  Esto se podría enlazar por ejemplo con la idea de Panoptismo de los sistemas sociales, como los descritos por Foucault, donde ya desde la mitad del siglo XX proliferan los sistemas de vigilancia y seguridad en distintas partes del mundo, tanto exteriores (militares) como interiores (policiacos) conformando las redes de “traspaso de información” con el objetivo de identificar y archivar a los sujetos en un banco de datos, resguardando que las personas no tuviesen información sobre este proceso.

(4)  Robles Blaessinger R. (2012) Construcciones de los Cuerpos de la Niñez Internada en la Década del Dos Mil: una aproximación desde el género. Tesis para optar al grado de Magíster en Estudios de Género y Cultura, mención Humanidades. Universidad de Chile. 

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6 Comments

  1. Horacio dice:

    Interesante tu enfoque,…pero desde dónde podríamos pararnos para ser contraparte de estos modelos??…dónde puede “sostenerse” un niños o niña si su entorno más próximo (familia) es tremendamente amenazante para su desarrollo y bienestar,…a que vericueto de la vida se lo dejamos??

  2. Rodrigo Robles dice:

    Estimado Horacio, aprovecharé tu comentario para ser autocrítico frente a las re-lecturas del texto, quizás termina siendo laxo, y con poca profundidad en algunos puntos. El contexto donde fue presentado es una jornada de reflexión en torno a lo “institucional”, y precisamente hablarlo no es lo mismo que escribirlo…
    Es quizás por aquello que se vislumbra una falta de propuesta frente a donde “sostener” a un niño o niña, y bueno, a lo mejor precisamente esta propuesta hay que ir construyéndola…
    Recordemos (por historiadores como Aries) que la niñez como la pensamos actualmente, sumergida dentro de las instituciones especializadas, es un concepto moderno, proviene no antes del siglo XVII, pasa exactamente lo mismo con el concepto de familia.
    Pero remontémonos a estos orígenes, ¿cuál es el concepto de niño y de familia se que fue construyendo históricamente?. Como me dijeron alguna vez, la historia se construye con la pluma de los vencedores y la sangre de los vencidos…

    Frente a tu misma pregunta, te devolvería el guante… ¿Quién define lo amenazante que puede ser una familia para un niño en su desarrollo y bienestar?. ¿Cuál es ese “desarrollo” y “bienestar” del que hablamos?…

    En mi experiencia que trato de exponer el texto, estas definiciones son morales (OJO: No son éticas), y morales basado en ideales o imaginarios que podríamos llamar sociales. Son sociales porque pertenecen a la sociedad, aparecen dentro de las instituciones, pero los vivimos como propios. Pensamos que esos imaginarios nos pertenecen, y no es extraño que tengamos en la cabeza la imagen de “una buena madre” o “un buen padre”… y esa imagen aparece según lo bueno o lo malo (según nuestro calificativo) que fueron nuestros padres con nosotros, y según cómo fueron nuestros abuelos con nuestros padres (donde nosotros también pudimos observar como se es ser hijo)…

    No me quiero ir tanto por las ramas, pero ya ves lo difícil que es pensar en la responsabilidad de decidir por la vida de un niño/a… La sociedad ya tiene algunos parches, los tribunales de familia lo representan… pero si no cuestionamos el modelo entonces ¿qué?.. Como dice Gabriela Barco (Te dejo el texto que ella publicó acá http://www.lapala.cl/2012/4797 )… “La falla es del sistema y no de la familia como se nos quiere hacer creer”.. y en el sistema estamos todos produciendo y reproduciendo…Quizás mi propuesta sería: produzca más, creativamente, e intente reproducir menos…

  3. Francisco Güemes dice:

    El texto es muy interesante y provocador. Lo que me obliga a calificarlo como bueno; así podremos debatir al respecto, ya que no lo dice todo.
    Pensaba en un punto interesante que aparece claramente en el trabajo llamado “en red”. Que es un supuesto “deseo de saber” camuflado bajo el nombre de “base de datos”, “información en red”, “SENAINFO” y otros dispositivos técnicos/ideológicos que usan las Instituciones.
    Tú te refieres al goce institucional y eso es interesante porque cualquier persona que observara una reunión “de red”, podría decir con tranquilidad “míralos cómo gozan”. Y se trata de esa infancia o niñez (asumiendo las diferencias) publicitada, pública, objeto de miradas y juicios por parte del otro.
    ¿Para qué saber tanto? Eso es sorprendente, por ejemplo en los equipos SENAME. Yo lo veo a diario. Un saber sobre la vida privada que rebasa cualquier ética. En el último tiempo me he preguntado ¿hasta qué punto es legítima la intervención del Estado sobre la vida privada de las personas?
    El problema es que esta situación provoca una forma de ser del sujeto social del que es objeto las políticas de protección. Se acostumbran a someterse a un sistema perverso que maneja la información; y sin inconveniencias hablan y cuentan todo lo (in)necesario a quien se lo pregunte, sin poner mayor resistencia (esto lo atestiguan, por ejemplo, las personas que ejercen labores de secretaría en los programas sociales de protección). Pero cuando ponen resistencia o son cautelosos con la entrega de información, es visto como una amenaza para la Institución y por tanto marginada.
    En mi opinión, es mejor saber menos y respetar al sujeto en su intimidad. Si en algo hay que intervenir es sobre el deseo (perverso?) de saber del “trabajo en red”.

  4. Rodrigo Robles dice:

    Estimado amigo Güemes
    Me gustaría saber quién vigila, a propósito del texto, ¿la persona o la institución?, me parece que esta pregunta nos obliga a observar qué posición jugamos, aunque no queramos observarla. He escuchado a demasiada gente diciendo: “yo hago un trabajo político, pero engaño al sistema”. Una buena pregunta sería ¿se puede engañar el sistema?, podemos suponer que la respuesta no es única, Si y No, al mismo tiempo. Si, porque pensamos que nuestra ideología es distintas; No, porque pertenecemos a la misma ideología.. ¿Cómo salir de aquello? ¿habrá que salir de algún lado?…

    Me gusta mucho tu opinión sobre “intervenir” en aquel deseo voyeurista de “saber” del “trabajo en red”. Porque sabemos por el viejo Foucault, que el saber es “poder”. Y sí, el vouyerista tiene cierto saber/poder sobre otro, porque ese otro es “objeto” de su mirada vigilante…

    En este sentido, otra buena pregunta sería, a propósito del texto, ¿qué se le puede decir a una jueza, representante de leyes sociales,cuando menciona “ustedes son mis ojos”?

  5. Francisco Güemes dice:

    Interesante punto amigo mio.
    Quisiera poner atención en eso de “la mirada”. Tú recortas una: vigilante; atribuyendo un saber/poder en la medida que ejerce cierta acción (perversa o no) sobre su objeto. Eso es preciso en un nivel.
    No obstante, no toda mirada es voyeurista, ni perversa. Hay un tipo de mirada que subjetiva la experiencia del ser viviente; que lo aloja (durante un tiempo) para que advenga como sujeto. Una mirada que acaricia, que marca, que instituye los significantes con los que cada uno se identifica y forja algo así como “una(s) identidad(es)”.
    Una mirada deseante, podríamos llamarla, que pone un límite al goce feroz y voraz. Así, podemos pensar que un bebé desde que nace es acunado en el lecho del lenguaje y desde ahí establece un tipo de lazo que sostiene todo orden de relaciones más o menos estables. Relaciones que se fundan en un tipo de discurso que organiza una cierta relación al otro, no siempre perversa.
    Pienso que la red podría ser como una matriz de relaciones simbólicas que despierten algo de la estructura deseante, tanto del sujeto (lo que podría traducirse en un movimiento subjetivo que abandone la posición del pasaje al acto, por ejemplo) como de las instituciones (intervenir, para reducir y evitar los efectos alienantes y des-subjetivantes de la estigmatización y patologización del sufrimiento humano).
    Si “ustedes son mis ojos” fuera cierto, no podemos pasar por alto la subjetividad del observador que recorta la “realidad” que estudia y la presenta en un “informe” o una “conversación técnica”. Ahí se abre un espacio… de tal forma ¿qué implica ser agentes de ese espacio? ¿Qué vicisitudes éticas, políticas y técnicas se despliegan en la relación a la estructura de poder?

  6. Rodrigo Robles dice:

    Esa distinción de la mirada es importante. Y es por lo mismo que en el texto menciono: “…Precisamente esto no es una mirada que permita reconocer lo particular de lo que le ocurre a algún niño o niña, ahí lo que menos importa son estos sujetos. En aquellas palabras se podría interpretar una vigilancia sancionadora hacia la niñez y sus familias…”

    No me gustaría ser categórico, es imposible generalizar esto a todo juez o a toda red. Seguramente habrán jueces más subjetivantes que otros, habrán redes más simbólicas que otras…
    Pero detengámosnos un poco en la producción subjetiva. Cuando realicé esta presentación habló un psicoanalista experimentado de niños, no sé si usted lo conoce, se llama Matías Marchant, y dice que trabajando en un hogar, una madre a la cual le tenían prohibido el contacto con su hijo le confiesa que de igual forma sigue manteniendo este contacto a través de facebook, pero lo interesante es lo que le dice posteriormente: “… por favor no le cuente a nadie…”. ¿De qué estaba huyendo esa madre? ¿De qué mirada se estaba escondiendo?…
    Seguramente no de la mirada de aquel psicoanalista que presuponemos genera un ejercicio de subjetivación, pero en este ejercicio que permite aquella confesión aparece algo nuevo, y seguramente se relaciona con el papel que el profesional juega dentro de la institución. Lo interesante es ¿hasta qué punto podemos resguardar aquella intimidad cayendo por ejemplo en la ilegalidad de una institución a la cual pertenecemos?… y mi pregunta vuelve una y otra vez.. ¿para quién trabajamos entonces?

    Sabemos que la ética del psicoanálisis no es la misma ética institucional, y es por eso que me gusta retomar la frase de Mannoni: “El psicoanálisis institucionalizado, con las aplicaciones deformadoras que conocemos, garantiza el orden institucional establecido y contribuye, por consiguiente, a su conservación: el psicoanálisis traiciona su vocación”.

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