La rebeldía no es un placer solitario. Luc Boltanski y Olivier Besançenot.

Entrevistas, Residuos — By on marzo 31, 2012 at 06:53
En esta entrevista, Luc Boltanski y Olivier Besançenot, analizan entre otras cosas, la aparición del Nuevo Partido Anticapitalista (NPA) formado en Francia, la relación del Estado con el capitalismo; y sus implicancias en el nuevo panorama mundial. Que disfrute el paseo.

[Luc Boltanski es uno los sociólogos más influyentes en el pensamiento crítico de nuestra época, particularmente su obra escrita junto con Ève ChiapelloEl nuevo espíritu del capitalismo”, publicado en castellano por Akal, el año 2002. La revista Contretemps ha hecho una entrevista a dos voces, con él y Olivier Besançenot, antes de la fundación del NPA el pasado mes de febrero]

Contretemps: Luc, ¿podrías recordar la tribuna colectiva en Le Monde, el pasado mes de mayo 2008, en la que interpelábais a los iniciadores del Nuevo Partido Anticapitalista (NPA)?

Luc Boltanski: Lo que decía esa tribuna es que hay que recuperar la iniciativa, que las cosas no pueden quedar como están, y que hay que rehacer un partido de izquierda radical. Al mismo tiempo, no tenemos tampoco ganas de encontrarnos de nuevo con los trotskistas tomando el lugar de los antiguos estalinistas, con un partido hipercentralizado, practicando lo que se llamaba en el PC el “centralismo democrático”. Por mi parte, tengo ganas de algo nuevo, que sea una nueva síntesis del marxismo y de otras tradiciones que han jugado un papel importante en la historia del movimiento obrero, inspirándose particularmente en autores que se pueden relacionar con el pensamiento libertario o también la ecología anticapitalista. No he estado nunca en el PC, eso forma parte de las cosas de las que me he librado. No he pertenecido a ningún partido. Pero conozco bastante bien lo que fue en otro tiempo el PC, a la vez por lecturas y por experiencias de juventud. Mi madre era miembro de él, igual que muchos de nuestros amigos. Ciertamente no tenemos ganas de volver a eso, pero no tenemos ganas tampoco de estar bloqueados en la situación actual. Es lo que quería decir el artículo. Entonces, ¿la llegada de nuevos militantes, venidos particularmente del altermundialismo, a menudo muy jóvenes, con nuevas expectativas, va a predominar sobre el aparato de la LCR (Liga Comunista Revolucionaria) y permitir la formación de un partido verdaderamente nuevo o, al contrario, serán cogidos y formateados “a la antigua” por militantes más viejos y más experimentados? Es creo, una pregunta que mucha gente se plantea.

Olivier Besançenot: Un pequeño aparato…

L.B.: La cuestión queda abierta y pienso que es importante plantearla claramente. Por mi parte, tengo confianza en el hecho de que el pequeño aparato existente sea incapaz de controlar las nuevas fuerzas que van a presentarse, incluso si lo quisiera, lo que no es sin embargo absolutamente seguro. A los reticentes que creen en una manipulación de los trotskistas, respondo: hay que ir, justamente, para impedir el eterno retorno de lo mismo. Nada está decidido de antemano.

O.B.: Desde la primera reunión nacional del NPA en junio, existe un colectivo de animación nacional que es la expresión de los comités locales. Este colectivo comprende setenta personas. Al comienzo, debía haber en él una mitad de militantes de la LCR. Al final, los militantes de la LCR son muy minoritarios. Hemos hecho una reunión con los firmantes de la tribuna, con la idea de superar los bloqueos ligados al pasado, respetando las experiencias de los unos y de los otros. La discusión se da con vosotros, firmantes de la tribuna, pero también con otras corrientes. Sólo con la práctica se llegará a superar los malentendidos o los verdaderos desacuerdos.

Se constata una aspiración a una nueva representación política entre numerosos militantes sindicales, de movimientos sociales, sobre bases de “lucha de clases”, radicales, antisistema. La gente dice: se lucha pero nos falta un instrumento para ir más lejos. Lo que falta también es un nuevo programa, que parta del principio de que ninguna corriente revolucionaria

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puede pretender por ella sola hacer la síntesis de todas las experiencias del pasado. Para la LCR no se trata de hacer un partido trotskista más, puesto que nuestro planteamiento consiste justamente en abrir hacia militantes que vienen de otras historias diferentes de la nuestra. Se sabía desde el comienzo que la LCR sería la única fuerza organizada en el plano nacional. Pero en el Comité de Animación Nacional, se encuentran militantes de todos los horizontes, por ejemplo libertarios, gente que viene de la ecología radical, del Partido Comunista, de la gente antiliberal, de Lutte Ouvrière… Se querría recuperar lo mejor de todas las tradiciones , y consiguientemente también la de la LCR.

Haber logrado llevar a la LCR en su conjunto hacia la perspectiva de un nuevo partido, tampoco es poca cosa… Las cuestiones del contenido político, del programa, de la estrategia van a ser centrales, y para debatir sobre ellas habrá que evitar colocar de un lado a quienes quieren hablar de ideas y del otro a quienes están en la acción. Dar coherencia supone hacer formación; hay una verdadera demanda por parte de los militantes. También hay que asumir un debate abierto y contradictorio sobre un cierto número de temas. No se trata de ponerse de acuerdo sobre todo desde el comienzo, sino de confrontar las ideas. Los nuevos militantes están más bien en mayoría en el partido, y por tanto sin herencia política en el sentido partidario del término.

Contretemps: ¿Cuál es la naturaleza del capitalismo contemporáneo y en qué influye en el tipo de partido que hay que construir hoy?

LB.: Es difícil responder a la cuestión de saber a qué se parece el capitalismo actual. Muchas cosas han cambiado en relación al período que describimos Eve Chiapello y yo mismo en El nuevo espíritu del capitalismo. Nos encontrábamos en aquel momento frente al ascenso del capitalismo financiero y a una reorganización profunda del trabajo, que no era aún objeto de contestaciones. Sin embargo, hoy, la temática de la “autonomía del trabajo” que analizábamos no es ya central en las ideologías que sostienen el capitalismo, como fue el caso en los años 1980-90. Ha jugado ciertamente su papel histórico, pero la disciplina en el trabajo es en el momento actual también, o incluso más importante, que en tiempos del taylorismo. Cuando apareció nuestro libro, a finales de 1999, la palabra misma “capitalismo” había desaparecido del discurso político y sociológico. En Francia, creo incluso que somos nosotros quienes la volvimos a poner en circulación. El libro sigue siendo válido por su dimensión histórica y teórica, pero ha envejecido desde el punto de vista político. No puedo pues deciros cual es la naturaleza del capitalismo contemporáneo, puesto que no lo sé. Lo que, en cambio, pienso es que es crucial interesarse por la articulación entre el capitalismo y el Estado.

Un error cometido por una parte de la izquierda en el curso de los veinte últimos años ha sido oponer un “mal” neoliberalismo a un “buen” Estado, y olvidar el viejo principio marxista –magníficamente ilustrado por historiadores como Fernand Braudel o Immanuel Wallerstein– según el cual no hay capitalismo sin Estado, que es el Estado quien proporciona los “formatos” en los que el capitalismo opera. Sin embargo, la naturaleza de la pareja capitalismo- Estado ha cambiado desde hace treinta años. Se asiste actualmente a una crisis del Estado liberal, que es extremadamente fuerte. Tras la crisis de los años 1930, y teniendo en cuenta la amenaza comunista, las grandes empresas han sido gestionadas un poco a la manera de los Estados. Era al menos una especie de ideal incluso si no se realizara verdaderamente. Todo Estado tiene una intención “externa”, de competencia con otros Estados, y una intención “interna”, de gestión de su población.

En la segunda mitad del siglo XX, las grandes empresas aceptaron la idea de un compromiso entre la creación de la ganancia, que es su finalidad, y el “bienestar” de su “población”, es decir sus asalariados. Cuando el Partido Comunista hablaba, en los años 1970, de “capitalismo monopolista de Estado” no se equivocaba. Se trataba de una especie de alianza entre el Estado y las grandes empresas, a menudo de origen familiar, que desembocaba en una forma de paternalismo oficial. No se despedía a un viejo asalariado porque trabajara peor que antes; se le encontraba un hueco. Esta situación era, por supuesto, producto de la lucha política. Pero se acabó durante los años 1970, en la época de Giscard. La crítica social había alcanzado entonces un nivel intolerable para el capitalismo, lo que condujo a las empresas a recentrar su actividad en el estricto beneficio de los accionistas, y a evacuar todas las tareas anexas.

Este modo de gestión de las empresas ha contaminado al propio Estado, que está cada vez más, en las democracias capitalistas occidentales, gestionado como una empresa. La empresa tiene un “exterior”, el Estado, donde puede “descargar” a todos los que no quiere. Pero el Estado no puede actuar completamente con la misma desenvoltura, puesto que no tiene un “exterior”. Es por lo que uno de los problemas a los que está confrontado el Estado en el momento actual es controlar las “entradas”, como hace una empresa, –es la temática de la “inmigración elegida”– y, en el otro extremo de la cadena, saber qué hacer con los “salientes”, es decir la gente que, siendo juzgados insuficientemente productivos, han sido expulsados de las empresas y a quienes se va a llamar, a partir de los años 1980, los “excluidos”. Otro problema central de los Estados liberales modernos es hacer cobrar los impuestos. Pensad simplemente que poco más o menos la mitad de los flujos financieros mundiales transitan por paraísos fiscales. Sin embargo la fiscalidad ha sido siempre uno de los puntos de anclaje primordiales de los Estados. No son más que algunos elementos de una crisis cuyo análisis demandaría desarrollos mucho más profundos.

Las personas susceptibles de estar interesadas por el NPA y, en muy primer lugar, los precarios, que están formando algo así como una nueva clase social, son ambiguas desde el punto de vista de su relación con el Estado. Por un lado, sienten una hostilidad creciente hacia él, y sienten claramente que el Estado ha sido colonizado por el nuevo capitalismo. Y también que es el principal garante de los procesos de selección de los que son víctimas. Del otro, esperan aún algo del Estado, y sobreviven en parte gracias a la redistribución. Es muy importante hoy llevar la reflexión sobre la cuestión del Estado en su relación con el capitalismo. Y, por ejemplo, contestar la culpabilidad implícita que sostiene la noción de “deuda social” que ha sido planteada en la puesta en marcha de la Renta Mínima de Inserción. ¡Como si quienes han sido rechazados por el capitalismo por exigencias de beneficio fueran no solo privados de todo, o casi todo, sino también tuvieran alguna deuda! No se trata de poner en causa la idea de institución. Ninguna sociedad es, sin duda, posible sin instituciones. Pero hay que ponerla de nuevo a trabajar y redibujar profundamente sus contornos.

O.B.: Hemos entrado ciertamente en una nueva fase histórica, que nos obliga a echar una mirada diferente a la vez sobre la dominación del capital y la del Estado. Hemos salido de la secuencia del “antiliberalismo” para pasar a la del “anticapitalismo”. El capitalismo mismo ha evolucionado, se ha pasado del “nuevo espíritu del capitalismo” a un “puro capitalismo”, como diría Michel Husson, es decir el tipo de capitalismo que el propio Marx tenía ante sus ojos [Un pur capitalisme. Ed. Page Deux, Lausana, 2008]. En el curso de los últimos meses se han difuminado dos ilusiones. En primer lugar la ilusión según la cual el capitalismo es eterno. Con la crisis, los “expertos” se han puesto repentinamente a explicarnos que el sistema podía hundirse. La segunda ilusión es la de la regulación del capitalismo, es decir la idea de que existiría un “simpático” capitalismo regulado. Todo esto tiene incidencias sobre el discurso de los dominantes, y se encuentran hoy verdaderas divergencias entre ellos sobre la forma de gestionar la crisis y la evolución capitalismo.

Algunos proponen más “proteccionismo”, un término que había desaparecido prácticamente del vocabulario de la derecha. Hace algunos años, se hablaba del “fin del trabajo”, mientras que en el momento actual se dice que hay que rehabilitar el trabajo. Las instituciones financieras internacionales atraviesan una crisis profunda. Estas conmociones tienen consecuencias importantes sobre el Estado y su percepción. Creo que hay cada vez menos ilusiones sobre la intervención estatal. En lo que se refiere a los servicios públicos, nadie hoy puede permitirse decir sencillamente que hay que nacionalizar las empresas. Porque para los asalariados, nacionalizar una empresa no basta para garantizar que no serán explotados, o que se prestará un servicio de calidad a los usuarios.

Este debate ha aparecido a propósito de Total [cuarto grupo mundial del sector energético]. Se propone renacionalizar Total. Muy bien, pero cuando Total era una empresa pública, tampoco era algo maravilloso. Hay pues que pelear por nuevos servicios públicos, bajo el control de las y los asalariados. Por ejemplo, un nuevo servicio público de la energía, en el que Total sería requisada e integrada. ¡Frente a un capitalismo puro, hay que volver a un anticapitalismo puro! La socialdemocracia y el estalinismo han insinuado la idea de que frente al capitalismo, la solución era la estatización de los medios de producción. Nuestra lectura no ha sido jamás esa, sino más bien la perspectiva de la socialización de los medios de producción. La intervención pública, para nosotros, es la de la mayoría de la población, y no forzosamente la del Estado. Es uno de los temas esenciales de lo que llamamos el “socialismo del siglo XXI”, y que otros llaman “ecosocialismo”, “autogestión libertaria”, “comunismo con rostro humano…”

Contretemps: ¿Desde este punto de vista, debe considerarse terminado el ciclo del “altermundialismo”?

O.B.: Se ha hecho a menudo un falso proceso al movimiento altermundialista, pidiéndole que hiciera cosas que no podía hacer, y particularmente desarrollar un discurso coherente sobre el Estado y la cuestión del poder. La fuerza de este movimiento era y sigue siendo hoy su capacidad para combinar corrientes diferentes, algunas de las cuales desean regular el capitalismo y otras salir de él, pero que pueden ponerse de acuerdo en campañas concretas: el agua como patrimonio común de la humanidad, la anulación de la deuda del Tercer Mundo, los OGM. Estas campañas, vamos por supuesto a continuar haciéndolas. Al mismo tiempo, hay que desarrollar lo que no ha sabido hacer el movimiento altermundialista, a saber, elaborar posiciones sobre la cuestión del Estado, de la relación con el poder y la democracia. Desde los zapatistas en Chiapas hasta Venezuela, pasando por los contraejemplos de los gobiernos brasileños o italianos, hay también nuevas formas de leer la cuestión del poder con el prisma de las experiencias recientes. En cuanto es formulada la cuestión del dominio del capital en su relación con el Estado, aparece también la cuestión del poder.

Contretemps: ¿Cómo se plantea hoy el problema de la “forma partido”, y en particular de su eventual superación en estructuras más flexibles o en redes?

O.B.: ¡Me ha sorprendido constatar que no es un punto de bloqueo en el proceso NPA, cuando me esperaba un montón de broncas sobre la cuestión! Es más bien tranquilizador: tenemos esta discusión por medio de la práctica, nos ponemos de acuerdo sobre el hecho de que se necesita una herramienta política, y se avanza interrogándose sobre el tipo de funcionamiento: qué lugar para los “grupos de afinidad”, para las intervenciones ligadas a sectores particulares, para zonas geográficas específicas… Se encuentran soluciones sin necesidad de decretarlas, se crean grupos: por ejemplo militantes centrados en la lucha contra la precariedad que se han reunido para redactar un llamamiento… Hemos tenido en la etapa precedente discusiones bastante profundas sobre partido o red, relación con las instituciones, relación entre lo social y lo político. Hay que intentar sacar lo mejor de estas discusiones. Hay una aspiración al control democrático por la base, con, en parte, un funcionamiento en red. Se ha probado en el movimiento altermundialista y en ciertos sindicatos; evidentemente, esa experiencia no va a perderse. Por el contrario, una discusión que está muy presente es la que trata sobre la relación entre el movimiento social y la herramienta política. Muchos de los militantes de la CGT por ejemplo, vienen y dicen: no queremos que el sindicato sea la correa de transmisión del partido, así pues, queremos autonomía. Esto implica también releer la Carta de Amiens [Documento fundacional (1908) del sindicato Confederación General del Trabajo (CGT) que estableció entre sus principios una separación radical entre partidos y sindicatos] con un punto de vista nuevo. Hay también lugar para una intervención política directa en las empresas. Sería falso decir que la política se hace al margen de la empresa, que en ésta no entran más que los sindicatos. Es preciso pues una relación complementaria entre las dos. Sobre estas cuestiones, está claro que no hay una respuesta completamente preparada, definitiva…

Contretemps: ¿Cómo han evolucionado en el curso de los últimos decenios las diferentes formas de la dominación?

L.B.: Es muy importante que la gestión de empresas (management) se haya convertido en la cultura de las élites internacionales. Bourdieu tenía razón al decir hace cuarenta años que si un alto funcionario se entiende con un patrón es porque habían frecuentado las mismas grandes universidades. Pero la situación ha evolucionado; no se trata ya en adelante de que dos burguesías de un mismo país se entiendan entre ellas, sino de que se entiendan con los representantes de las élites china o india. Sin embargo, para ello, la cultura de la gestión empresarial es muy eficaz. Uno de los errores de la izquierda ha sido subestimarla, no ver en ella más que un discurso de acompañamiento sin efectos específicos, y de no estar suficientemente atenta al poder que tienen las prácticas de gestión empresarial de cambiar la realidad. Es tanto más necesario identificar el papel jugado por la cultura de la gestión empresarial considerando que esta última ha sido adoptada por una parte, al menos, de la izquierda socialdemócrata.

Las tecnologías de la gestión empresarial han alcanzado también al sector de la cultura. Ésta vivía antes en zonas relativamente autónomas donde la cuestión de la rentabilidad inmediata no era primordial. Sin embargo, las gentes que gestionan hoy la cultura han introducido en este universo las tecnologías de gestión de empresas procedentes del sector privado. Esta situación es contraria a las condiciones de la innovación. Uno de los objetivos del NPA podría ser militar a favor de un nuevo “elitismo popular”, para que reaparezcan zonas con “privilegios”, donde no se va a mirar muy de cerca lo que hacen las gentes y donde se les deja en paz, para que hagan poesía, música, investigación, que no se les evalúe de forma permanente… Muchos jóvenes, a menudo con muchos diplomas, no han soportado experiencias en empresas. Una de mis estudiantes viene de una gran empresa. Un día me dijo: “Si hubiera seguido allí, me habría matado”. El número de jóvenes que no soportan ya la disciplina de la empresa, que encuentran eso sencillamente estúpido, va creciendo. El deseo de vivir de otra forma, de ser sencillamente libre, es grande. La situación es un poco comparable, bajo este aspecto, a lo que era a mediados de los años 1960. Pero con la diferencia de que las condiciones del control social se han estrechado. Y esto tanto más cuanto que la fragmentación de los lazos sociales ha alcanzado hoy un nivel muy elevado. Esto vale particularmente para la condición precaria que mantiene a las personas en el aislamiento, que les hace incluso difícil confrontar su experiencia con la de otros actores que viven la misma situación. También para esto la formación de un nuevo partido es necesaria. Es muy importante hacer circular la información, decir a la gente que no ha soportado la disciplina de empresa que hay un montón de otra gente que tampoco la ha soportado. La puesta en comunicación de experiencias de rechazo de las condiciones actuales del capitalismo debe ser una tarea central del nuevo partido.

Contretemps: ¿Qué relaciones tendrá el NPA con los movimientos sociales?

O.B.: Hoy están en juego dos cuestiones. En primer lugar, interrogarse sobre el nuevo sujeto revolucionario, el sujeto contemporáneo susceptible de cambiar la sociedad, esa multitud de personas explotadas y oprimidas, a imagen de la sociedad tal como es, en un capitalismo que tiene tendencia a volver a su estado inicial, pero con una visión más general de los que resisten al capitalismo. Hay que ser capaz de dar a todos esos que resisten un adversario común, que es la dominación del capital. El sujeto revolucionario, nacerá también, como decías, de nuestra capacidad para socializar la rebeldía. El peligro hoy es el de la dispersión de las luchas. En lo que se refiere a las luchas LGTBI, por ejemplo, en el marco de la última Gay Pride, se ha tenido una discusión con los compañeros del NPA que han lanzado un llamamiento sobre este tema, con un discurso consistente en decir que no se hace una mayoría sumando todas las minorías. En mi opinión, no hay contradicción en el hecho de combinar una intervención específica y una intervención más universal. Es lo que Aimé Cesaire decía sobre la “negritud”: estoy orgulloso de ser un negro, pero no soy sin embargo racista, y soy internacionalista y quiero vivir con los pueblos del mundo entero.

Sobre las cuestiones de discriminación, el comunitarismo comienza cuando no hay convergencia entre estas luchas y el resto del movimiento progresista. Es la responsabilidad del movimiento progresista, de quienes quieren hacer un nuevo partido anticapitalista, comprender eso. Hay una solidaridad de su sufrimiento con el sufrimiento y la revuelta de los demás. Un tema sabiamente orquestado por los medios hoy es que los mayores homófobos y sexistas se encontrarían en los barrios populares. No digo que no haya problemas en ese lado, pero hay una voluntad de enfrentar las revueltas unas con las otras, a la que hay que oponerse.

La rebeldía no es un placer solitario, hay que globalizarla. La sociedad empuja a la individualización del sentimiento de rebelión. Un joven que sufre seis o siete veces al día un control, lo sufre él y el único momento en que eso se expresa es cuando revienta. Por el momento no hay mediaciones, estructuras organizadas. Otro problema que se nos plantea, es la relación entre el individuo y el colectivo. ¿Cómo puede encontrar cada cual un desarrollo personal por medio de una herramienta colectiva? No es evidente, supone encontrar las estructuras adecuadas. Es preciso que personas que no tienen la costumbre de tomar la palabra puedan hacerlo, que encuentren una expresión a su rebeldía, hay que dar al espacio político que será el NPA un papel de “contrasociedad”, y hacer a nuestra escala lo que nos gustaría construir para mañana.

Lo que tú decías sobre la gestión empresarial tiene consecuencias políticas. Hace, por ejemplo, que se te empuje a remitirte a tu jerarquía, haciéndote comprender que no eres capaz. Eso lleva a la personalización de la política, de su representación; yo sé de qué hablo… Es uno de los grandes problemas que hay que regular. Se debe ser una fuerza colectiva con varias voces, pero no es evidente porque hay una contradicción en lo que hemos suscitado nosotros mismos. Hay gente que nos para en la calle para decirnos: ¡viva elNPA, estamos todos con vosotros, todos tras Olivier! Salvo que nosotros explicamos que es al contrario. Para liberarte de tu sufrimiento individual, es preciso que hagas un mínimo, a la altura de lo que hayas decidido. Hemos dicho que no se reproduciría el modo militante de la LCR, que se haría algo menos elitista, menos vanguardista, para permitir a diferentes capas sociales poder integrarse. Queremos militantes, no activistas, lo que significa gente con trabajo, una vida personal. Pero al mismo tiempo, no se quieren halagar las tendencias actuales de la sociedad, que consisten en delegar su representación en manos de otros.

LB: Tienes razón en decir que uno de los papeles del partido será socializar la rebeldía, socializar el sentimiento de que la realidad es inaceptable, socializar las experiencias que unos y otros hacen en su rincón. Para algunos, estas experiencias encuentran sus límites cuando se encuentran con el límite de la regla. Pero esto quiere decir que hay que reflexionar en lo que es una regla, lo cual ha sido un objeto central de la sociología. Intento actualmente construir una concepción de las clases dominantes alrededor de la cuestión de la regla, con la idea de que lo que caracteriza a estas clases es que están compuestas de gente que esquivan constantemente las reglas, y que pueden hacerlo porque piensan que encarnan “el espíritu” de la regla. En cambio, los dominados, por su parte, deben obedecerla al pie de la letra. Esta asimetría es central, mirad la forma en que los dominadores intentan salir del avispero financiero: de un día para otro, las reglas anteriormente presentadas como intangibles, ya no lo son. El papel de un colectivo revolucionario, no es fundamentalmente tomar el poder del Estado; es sobre todo socializar el sentido de la injusticia y las diferentes formas en que quienes están confrontados con ella le hacen frente.

Sobre la cuestión de los nuevos sujetos de la emancipación, intento en el pequeño libro Rendre la realité inacceptable [Démopolis / Raisons d’agir, 2008], pasar revista lo que había fallado, en aquel momento, con Pierre Bourdieu en el artículo que habíamos coescrito titulado “La producción de la ideología dominante” aparecido en Actes de la recherche en sciences sociales en 1976 [La production de l’idéologie dominante Démopolis / Raisons d’agir, 2008]. No hay nada sobre las mujeres, nada sobre los trabajadores provenientes de la inmigración, y nada sobre la ecología. Es impresionante, porque eran sin embargo problemas emergentes en aquel momento. Pienso que es porque se tenía el sentimiento, a la vez justo y falso, de que si no se ponía en primer lugar la cuestión de las clases sociales, y particularmente, de la clase obrera, todo se iría a paseo. Hablabas de la Gay Pride. Los homosexuales estaban enteramente fuera de nuestro campo de visión. Había una forma de machismo, enraizada aún en aquella época en el movimiento obrero, que compartíamos más o menos. Si hubiera sido concebible que hiciéramos un texto sobre la homosexualidad, se habría hecho para mostrar que ser homosexual en una barriada no es lo mismo que serlo en los distritos elegantes. Se disociaba igualmente a los trabajadores extranjeros, de los que se ocupaba Abdelmalek Sayad, de los trabajadores “normales”, porque había entre nosotros la idea de que era la explotación “básica” del obrero la que debía ocuparnos. Era evidentemente una posición errónea.

Al mismo tiempo, si se intenta comprender la derrota de la izquierda en el curso de los treinta últimos años, se ve que la destrucción de las clases sociales ha sido central. Se ha asistido, en la Francia de los años 1945-1970 a una especie de “nacionalización” de las clases. Su existencia era reconocida. Pero, al mismo tiempo, estaban integradas al aparato del Estado vía las categorías socioprofesionales, diferentes modalidades de representación (por ejemplo en el marco del Plan), los convenios colectivos, etc. Había un conjunto de “nudos de agarre” entre las clases sociales, el sistema político y el Estado. El papel del Partido Comunista ha sido, central en ese proceso, que no se trata de criticar en sí puesto que fue, particularmente, una de las condiciones de desarrollo del sindicalismo. Pero el problema es que, cuando la crítica social se ha hecho demasiado molesta, la clase dominante se ha desembarazado bastante fácilmente de las clases sociales, interviniendo –de forma, hay que reconocerlo, a la vez sutil y eficaz– sobre los dispositivos cuya mediación servía para inscribir las clases sociales en la realidad y consiguientemente también para asegurar su presencia, incluso en las fiestas. Cuando tienes veinte contratos diferentes para personas que trabajan en un mismo lugar, las solidaridades de clase no duran mucho. El ascenso del individualismo con el que nos machacan las orejas, y que es el último “gran relato”, ha sido en gran parte producto de este trabajo de fragmentación.

La parcelización de la condición de los asalariados ha ido de par con la parcelización del movimiento de protesta. Es determinante construir estos lazos hoy. Llevarlo todo a la clase obrera era ciertamente absurdo. Por otro lado, un gran número de las luchas llamadas “parciales” actuales tienen también una dimensión que les une a la cuestión de la explotación. En mi opinión, debería ser posible elaborar cada cosa alrededor de la noción de “precariedad”. Es un término que habla a mucha gente. Habría que retomar este concepto y ponerlo en relación con la cuestión de la autonomía, considerando que un precario es alguien que no tiene acción sobre su propia vida, que es “heterónomo”, que son los demás quienes tienen poder sobre él.

Contretemps: ¿Cómo se plantea hoy el problema de la relación entre los intelectuales y la política?

L.B.: En la época de Giscard aparecieron los “expertos”, y las ciencias sociales fueron puestas desde entonces al servicio de los gobiernos. Por eso hay que desconfiar de las ciencias sociales… La economía en primer lugar, pero también la sociología y la demografía, se han convertido en instancias de apoyo del poder. Para mí un sociólogo “experto”, es alguien que no interroga el marco, que se mantiene en el interior, y a quien se plantea un problema de articulación entre dos “variables”, ya formateadas por el lenguaje estadístico, administrativo, jurídico, etc., por ejemplo “el trabajo de las mujeres”, y “la tasa de natalidad”. Salir del “informe” es tomar una posición de exterioridad en relación al marco, es decir, considerar que la realidad en su conjunto es una situación histórica que podría ser diferente de la que es. Y es también, a la vez, poner en cuestión lo que es presentado, desde las instancias del poder, en el lenguaje de la “necesidad”.

Una buena utilización de los intelectuales consistiría no sólo en confiarles un papel de contra-informes, sino también de poner en cuestión los marcos que sirven a los “informes”. El papel de un partido revolucionario es ayudar a la gente a extraer de sus propias experiencias ejemplos para hacer la realidad menos sólida, por tanto mostrar que puede ser cambiada. Si miráis la historia del movimiento feminista, es exactamente lo que ha ocurrido. Eso pasa también con los escritores y los artistas, porque están menos sometidos a exigencias de argumentación y de justificación en sus términos de los saberes legítimos de lo que lo están, por ejemplo, los investigadores en ciencias sociales. Las posibilidades que se les ofrecen de favorecer el acceso de la experiencia al lenguaje y también a las demás formas de representación son, por tanto, mayores.

Dicho esto, no hay que dar jamás una onza de poder político a los intelectuales y, particularmente, a los economistas, sociólogos, filósofos, etc., en definitiva, a todos los que se dedican a la teoría. El trabajo teórico es absolutamente útil, pero lleva fácilmente a quienes le consagran su vida al dogmatismo, incluso al fanatismo. Tienen la locura de creer absolutamente en lo que cuentan, a diferencia de los políticos, que debido a su contacto con la práctica, adquieren (en el mejor de los casos) una tolerancia respecto a la diferencia. El relativismo es la muralla contra el absolutismo. Me diferencio mucho de Bourdieu en este tema. Él creía en un poder intelectual. A mis ojos, los intelectuales deben limitarse a hacer su trabajo, es decir a proporcionar descripciones de las que otros podrán beneficiarse para poner en cuestión la realidad.

O.B.: Ninguna categoría debería tener el poder, ella sola, intelectuales o no, eso conduciría a lo peor. La idea en el NPA es que los militantes tengan una relación con las ideas, con la reflexión, para descifrar la realidad y proponer otra. Pero a pesar de lo que tú dices, nos faltan contrainformes. Necesitamos puntos de apoyo, análisis, palabras, para llevar las luchas. Por ejemplo, la Fundación Copernic había hecho un contrainforme sobre la reforma de las pensiones. En las asambleas generales de la movilización contra la reforma, todo el mundo lo utilizaba. Para dar crédito a una acción, es muy útil. Es necesario que los intelectuales no se queden en su rincón, hay que desarrollar una real relación militante con ellos…

Entrevista de Revista Contretemps. 1º trimestre 2009. contretemps.eu

Traducción: Redacción de VIENTO SUR.

Fotografías 1. Moacir 2. lcrcharleroi 3. RTL.fr 4. Livrarialeitura 5. La com’ tranquille 6. Economistas frente la crisis 7. Montreal Gazette 8. L’express 9. France-allemagne 10. Anyda 11. Gramscimanía 12. Le story telling 13. Impact Lab 14. Internationalist 15. Io9

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