La génesis del prestigio de las universidades públicas…

Breves — By on junio 24, 2013 at 04:59

Universidad de Chile

Por Rodrigo Sepúlveda*

El proyecto de masificación de la universidad pública, tan bien reflexionado por el Filósofo Jorge Millas en la década de los sesenta, se vio truncado por la dictadura militar. Pero como no se puede tapar el sol con un dedo,  el desarrollo de un nuevo tipo de sociedad, llamada por algunos “sociedad del conocimiento” -en el contexto del capitalismo tardío – hacía ineludible el choque con el ideario portaliano dictatorial que concebía a la ilustración,  como un tesoro guardado en un cajón bajo siete llaves. Llaves que, en última instancia, quedarían en manos de del poder oligárquico. Sabemos también que, mucho antes, y durante el siglo XX, las universidades públicas desbordaron el bloqueo oligárquico y que gracias a ellas, figuras como Manuel Rojas, Nicanor Parra, Victor  Jara y tantos otros, se configuraron como referentes culturales de una nación que creció desde sus raíces populares.

La solución neoliberal fue decir, frente a la incontenible necesidad de formación académica (leída por ellos como “demanda de mercado), “dejemos que el mercado regule y controle el derecho a la educación universitaria”. Es así como el legítimo deseo de los sectores excluidos, quedó encajonado en los duros marcos de la banca y, en una segunda exclusión, en manos de las decenas de universidades privadas, de variable calidad,  que los “acogieron”, motivadas por los pingües beneficios económicos y políticos de “educar a las masas”.

Universidad de Chile en toma

No faltaron tampoco los proyectos confesionales y las pretensiones de generar nuevas elites que controlaran la sociedad de postdictadura. El márketing y el efectismo se vieron beneficiados con el aporte de miles de intelectuales excluidos de los espacios de desarrollo académico (contraídos por la represión, y ya no tan “públicos” en sus mecanismos de ingreso), que entraron como docentes a universidades privadas,a las que las estuvieron dispuestos a contribuir como mano de obra, aún cuando a la mayoría se les ofreciera empleos precarios y sutiles o, en algunos casos, violentas censuras intelectuales. Además de la complicidad de “educar” a estudiantes que en su mayoría entraban a formarse en instituciones que les impedían ejercer los derechos de asociación y libre pensamiento, tal como a los propios académicos, que sin posibilidad de organizarse y, precarizados, en gran medida, condescendieron en poner un límite a su crítica, y aceptaron nunca cuestionar al patrón que les pagaba su sueldo a fin  de mes, so pena de despido.

La universidad pública fue obligada a autofinanciarse y a sustraerse del desarrollo histórico que apuntaba a su ampliación y a contribuir con la democratización de la sociedad. Sin embargo ahí estaba el peso de la memoria histórica y el hecho ineludible de que materialmente siguen siendo un espacio de excelencia académica, en el mayor de los casos.

En este contexto, las heridas de la dictadura afectaron su marcha y capacidad de respuesta frente a los procesos de mercantilización. Los académicos más honestos optaron por la  defensa de un reducto de excelencia, atrincherándose,con la indeseada de cada vez mayor elitización de los estudiantes, por la imposibilidad de ampliar la matrícula.  Otros optaron por el emprendimiento paralelo y la concepción de la universidad como una suerte de empresa mixta, dado que al perder su pleno reconocimiento estatal, el estatus de funcionario público de los académicos dejó de ser materialmente efectivo, salvo para los dictámenes de la contraloría general de la república. El peso específico de la enseñanza de pregrado, la matrícula, frente a los amplios espacios de cobertura de la educación de mercado, fue disminuyendo.

no más lucro

Sin embargo, las universidades y los liceos públicos siguieron siendo el espacio de reconstrucción republicana, de lucha antidictatorial y, en mayor o menor medida, antimercado. Pero lo más significativo es que es la educación pública el lugar donde la sociedad canaliza, hoy como ayer,  sus mayores deseos emancipatorios. Del mismo modo que continuó siendo, la educación superior pública, un lugar de “prestigio”, para los miles de jóvenes que, egresados de las universidades privadas neoliberales, buscaban a través de un postítulo validar su formación previa (muchos también buscaban una experiencia académica de ciudadanía). Desde  una posición diferente, coincidían con algunos pocos más beneficiados docentes que lograban mejores resultados económicos y académicos trabajando en instituciones de mercado, y que pretendían a través  de unas horas de docencia en entidades como “la Chile” o en la USACH, adquirir un poco de ese “prestigio” republicano de la universidades públicas (y algunos también buscando un espacio público del que se sintieron individualmente excluidos).

Pero ¿dónde radica la génesis del prestigio de nuestras universidades públicas, sobrevivientes  del genocidio académico y el desmantelamiento de sus infraestructuras?  Dónde si no, en ese “río sonoro” -que hoy ha abierto las grandes de Alamedas- en la conciencia del pueblo de chile movido, por un espíritu libre, que busca ampliar sus derechos y que intuye que finalmente la honestidad intelectual y política se encuentra en la diversidad y el pluralismo de los espacios públicos.  Lo único que no se le puede quitar a las universidades públicas y que los consorcios dueños de la mayoría de las universidades privadas neoliberales no pueden comprar, es su historia y su identidad republicana. Esta última garantizada por su ideario de ser entes estatales como lugar de alianza de clases e intereses diversos que, pese a todas las distorsiones y perversiones de la dictadura y la  postdictadura,  sigue operando y nos llevará muy lejos.

Referencias:

* Académico Esc. Terapia Ocupacional, Facultad de Medicina, Universidad de Chile.

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