La chilenidad, lo chileno, medios y miedos.

Breves — By on septiembre 16, 2010 at 07:39

He mirado televisión con cautela. A esta altura comienzan a aparecer las mismas voces, los mismos tonos, la misma displiscencia, y por supuesto, las mismas advertencias; cuidado con el alcohol, cuidado con los curaos, cuidado con su vida, precaución con usted mismo.

Es un misterio saber si esta lógica o dinámica propia de la televisión y los medios de comunicación se deslinda de una sociedad temerosa de sí misma, o esta sociedad que se advierte a sí, lo hace  porque sabe que el descalabro de un espacio compartido a lo “sodoma y gomorra” (guardando las proporciones) pone de manifiesto lo mejor y lo peor de lo nuestro.

No pretendo resolver el dilema de nuestra identidad como país, pero me resulta a lo menos sospechoso o interesante el hecho de que uno de los valuartes patrios o nacionales más conmovedores sea precisamente esta comunión secreta entre todos y cada uno de “los chilenos” para celebrar, sacar banderas, enarbolar diatribas chovinistas y comer a destajo, agarrarnos a combos, beber a destajo, y sonreír a destajo en nombre de algo que cuesta mucho asumir como propio; La nación. Chile. La patria.

El dieciocho es uno de los pocos momentos comunes de manifestación social. Pero al contrario de una marcha, lo que está puesto en juego aquí no es la emancipación humana, sino la liberación del individuo, con el permiso colectivo, de un sistema que oprime controlando aquello que nos orienta; el tiempo.

Siempre he pensado que trabajar “tiempo completo” es una barbaridad de las peores. Es lo mismo que decir, mirando el contrato de trabajo, que sí, estás dispuesto a entregar todo tu tiempo a la generación de beneficios que no alcanzas a ver. Marx le llamó enajenación, que también es lo mismo que decir que el producto de lo que haces ya no te pertenece, es decir, se te hace ajeno. Y por tanto pierde sentido.

Y una vida sin sentido, o atrapada en sentidos vacuos y ajenos, requiere de una liberación donde tu alma no dependa de los requerimientos del patrón, del jefe, del mercado, del Estado.

Con un dieciocho, y más encima para celebrar un bicentenario, el espíritu de la fiesta se apodera de un estado de cosas, y nos permite a todos vivir  la ficción de una liberación. Don Francisco, y el paco más paco de todos, y hasta el presidente son parte de esto. Pero eso es ficción. El mundo sigue rodando. La vida sigue tras la fiesta.

La función social de la fiesta es catártica. Pero una catarsis embriagada colectivamente se olvida, y no perdura.

La identidad chilena es confusa. Un ramillete de confusiones. Los bastiones patrios, insisto, son arrebatados simbólicamente y no nos va quedando nada: Los mapuches no se consideran chilenos. La gente de Rapa Nui no se considera chilena. El pisco es peruano. El sur es casi de Piñera. Santiago está recolonizado por el imperio de comunicaciones español. La bebida típica nacional lleva Coca Cola. La Cueca deriva de la zamacueca peruana. Adquirimos nuestro sistema económico de los Chicago Boy`s. El agua la vendimos. La naturaleza la tranzamos. La ponemos a disposición del mejor postor. La televisión es un mal plagio.

Quizás, lo chileno no se funde ahí, pero la defensa a ultranza de estos signos de nuestra identidad nos perturban precisamente porque no atrapamos ese concepto; Lo chileno.

Hijos de españoles que violaron a nuestras madres. O hijos de hijos de indígenas violadas o enamoradas de  hombres de armadura que cruzaban el mundo en busca de riquezas.

Me pregunto cómo habría sido Chile, pueblo guerrero, si la herencia de nuestra cultura no hubiese sido mestiza. ¿Estaríamos aún  haciendo fuego con palos?, ¿nos importaría cumplir 200 años si no tuviéramos la premura de celebrar colectivamente para arracarnos de lo que nos persigue?

¿celebramos por arrancar? ¿o porque desde nuestra identidad vernácula somos buenos para el webeo?

No sé, pero lo que sí sé o creo saber, es que estas fiestas están instaladas como la instancia de desorden dentro del orden. Lo entrópico en lo cotidiano. Lo mágico en lo mecánico.

Santiago es una isla autorreferente. Casi como todas las capitales. Pero Chile es largo y angosto, y su gente, a pesar de la vorágine capitalista, de la depredación inmobiliaria, de la violencia política, y la incertidumbre laboral y cotidiana, es buena gente. Y si hay algo que celebrar es eso. Y lo bello del paisaje. Ahora, lo que tenemos que esperar es que esa buena gente construya su buena sociedad y lo desee, porque la marcha de este mounstruo social es vertiginosa, y para vivir en ella y comulgar o rechazar sus códigos, uno debe conocerlos.

Es de esperar que con copetes en mano se arme alguna revolución, y podamos decir que la fiesta continúa, a pesar de todo.

Herr Direktor.

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