Por una sociología del fútbol.

Escritos — By on mayo 12, 2010 at 19:44

Esto se llama, hueones, tener instrumentos.

 

Por Manuel Ojeda

“La inclinación a dirimir emociones a puntapiés suscita toda clase de recelos (…)
Los salvajes de la sociedad postindustrial se pintan la cara, se tatúan el cuerpo,  lanzan consignas.
Uno de los grandes misterios del fútbol es que ritualiza la pasión y la contiene.
Pudiendo desbordarse en tantas ocasiones, solo se desborda en las peores.”

Juan Villoro, Dios es Redondo.

Corría Diciembre del año 2007 y al mismo tiempo que el arbitro Enrique Osses suspendía el partido de vuelta de la semifinal del fútbol chileno disputado entre Colo Colo y Universidad de Chile en el Estadio Nacional, luego de que la parcialidad azul arrojara proyectiles a la cancha, en Valdivia, a más de 800 kilómetros de la ciudad de Santiago donde se disputaba el partido, hinchas de Colo Colo y de la U se enfrentaron en una batalla campal en el centro de esta ciudad,  que terminó con varios heridos producto de cortes con armas blancas.

Relatar este hecho no tiene un fin anecdótico, menos turístico, si no que pretende ilustrar como la violencia que se genera en torno al fútbol, no es un privilegio (?) exclusivo de los estadios, como usualmente nos hace creer la prensa, si no que se manifiesta en los mas variados contextos de interacción social.

Es más, una  breve revisión de los últimos hechos de violencia relacionados con el fútbol nos muestra que los más graves no suceden en los estadios y  que los muertos y heridos de gravedad no son un monopolio de los coliseos deportivos, si no que abundan en las calles de las poblaciones de la periferia de Santiago, donde se puede morir asesinado a balazos en venganza por paquear un mural de la contra, entonar canciones de la barra equivocada en la calle equivocada o simplemente por pasar entre una pelea de garreros y bullangueros, como le sucedió a Katherine Roga en la población Los Quillayes de la comuna de La Florida el año 2005.

Sin embargo, a pesar de los ejemplos expuestos, los discursos del periodismo nacional en torno al tema de la violencia en los estadios y al fenómeno de las barras bravas se presentan como una obra monolítica, que pareciera jurar fidelidad al status quo que rige nuestra sociedad, replicando los mismos argumentos a lo largo de los años.

Una muestra de la invariabilidad de este discurso surge al analizar los siguientes ejemplos producidos por miembros célebres del periodismo deportivo nacional:

“¡Basta por favor! Terminemos de una vez por todas con esta lacra. Los delincuentes le ganaron otra vez al fútbol. ¿Cómo un centenar de vándalos puede empañar una semifinal? (…) Dirigentes, Intendencia, ANFP, Gobierno, Carabineros: Terminen con este lumpen, cumplan con su deber y asuman su responsabilidad. El fútbol no puede seguir perjudicado.”(1)

“Aquí ya la cosa degenera (…) aquí hay una especie de conspiración de silencio, que para no agravar, para no tener mas complicaciones, no hacerse tanto problema, declaraciones tibias, yo no defiendo a lo delincuentes dice un directivo, el otro dice yo tampoco, sin embargo hay ayuda con entradas,  no hay una política de conjunto de todos los clubes repudiando esto (…) Creo que esto ya marca la necesidad de modificar el rumbo y adoptar una política distinta, un camino distinto para lidiar con estos delincuentes.”(2)

Ambas declaraciones corresponden a reacciones posteriores a episodios de violencia en los estadios. Lo dramático es que entre ambas existen 14 años de diferencia, siendo la primera obra de Rodrigo Sepúlveda, “rostro” de la sección de Deportes de Megavisión  en relación con la suspensión de la semifinal antes mencionada y la segunda obra de Hector Vega Onesime, reputado periodista deportivo en los años noventa,  ante incidentes ocurridos en el Estadio Monumental en un clásico de Colo Colo ante Universidad de Chile el año 1993.

La similitud entre ambas ideas refleja que el discurso del periodismo ante el tema se encuentra influenciado por la idea de que la violencia se produce en los estadios y es obra de delincuentes, vándalos y desadaptados sociales que se aprovechan de algo tan puro y digno como el fútbol para dar rienda suelta a su perversión, ante la pasividad de las autoridades. Este discurso se conforma con la “cosificación” del problema de la violencia, responsabilizando con rapidez a “un grupo de delincuentes” y renunciando a cualquier explicación más profunda a este fenómeno y, a la vez, intenta cumplir un rol fiscalizador con un llamado a las autoridades a hacerse cargo, llamado, que pese a ser repetido a coro por la prensa deportiva hace 14 años, se muestra altamente ineficaz.

Lamentablemente la vida en sociedad no es ni tan simple ni tan unidimensional como le gustaría a los periodistas, y por ende, la explicación al problema de la violencia, en los estadios y en torno al fútbol, no puede ser explicado mediante tal notable ejercicio del reduccionismo, ejercicio que debe ser una gran una tentación a la hora de intentar explicar dinámicas sociales en las cuales se cristalizan los problemas de exclusión social, económica, cultural y territorial que afectan a la sociedad chilena sin meterse en las patas de los caballos.

Ante esto, cabe preguntarnos por la existencia de explicaciones a este fenómeno, alternativas al discurso periodístico y que asuman la complejidad que este presenta.

Un rápido análisis a los intentos producidos en nuestro país para generar una explicación desde otras disciplinas nos muestra que tanto el derecho, como la antropología y la psicología fallan en sus respectivas apuestas.

En lo que al derecho respecta, nos vemos inundados por bibliografía en torno a la Ley nº 19.327, la llamada Ley de Violencia en los Estadios, la cual parte de la premisa, al parecer ampliamente instalada en esta disciplina, de que mediante la legislación es posible modificar la conducta de los individuos y la forma en la que estos se desenvuelven en  sociedad.  Este punto de partida nos lleva a un debate sobre el funcionamiento de esta ley y las posibilidades de su modificación para mejorar su efectividad, incluyendo una bizantina discusión teórica respecto a la posibilidad de perseguir criminalmente a las barras bravas mediante la figura penal de la asociación ilícita. Está de más decir que las conclusiones del debate en esta disciplina no van más allá de la necesidad de reformular la ley y esperar que ésta, mágicamente, solucione el problema de la violencia en torno al fútbol.

La antropología se anota un poroto con “Las barras bravas” de Andrés Recasens, pionero en tratar este tema y su relación con  la violencia en nuestro país. El trabajo de Recasens realiza una exploración dentro del mundo de las barras bravas en el periodo en el que se consolidaban como fenómeno social (1993) y entrega pistas sobre los miembros de éstas, sus historias como barristas y las motivaciones que orientan su acción. Destaca además su búsqueda de explicaciones para los episodios de violencia en los que se veían envueltos las barras bravas y la puesta en evidencia de los factores estructurales que explicaban las diferencias entre espectadores, hinchas y barristas, generando una distinción que apuntaba a superar la estigmatización de la cual eran, y son, víctimas estos grupos.

El problema con el trabajo de Recasens es que esta exploración se ve interrumpida por una constante apelación a explicaciones que ven el fenómeno de las barras bravas como una expresión cuasi religiosa, definiendo así  como motivación  de los barristas la búsqueda de “esa experiencia religiosa en donde la embriaguez y el encantamiento del alma es la finalidad última; en donde se trata de alcanzar un clímax que los transporte a un “quedar ajenos de sí”, cautivos en un ambiente mágico en el cual se ofrendan.” (Recasens, 1999).

Por su parte, en el campo de la psicología abundan estudios centrados en la búsqueda de una comprensión de las dinámicas grupales que se producen al interior de las barras bravas, tratándose en su mayoría de estudios exploratorios que no van mas allá de la observación de las barras bravas en cuestión. Por esto mismo sorprende que una de las visiones mas completas del tema producidas en nuestro país provengan de un psicólogo.

En “El aguante o la consagración de la pasión guerrera” Mario Sepúlveda analiza el rol de la violencia como articulador de las relaciones sociales en una población constituída en la periferia de Santiago luego de las políticas habitacionales, si es que se le puede llamar a así a un proceso deliberado de erradicación de los pobres desde el centro de la ciudad hacia sus bordes,  de la dictadura,  y su influencia en la posterior generación de piños (núcleos territoriales en los que se agrupan los barristas), los cuales mediante una inversión ideológica, reconocen el valor de ser shoro y la bravura de ser de la pobla como constituyentes del orgullo de ser barra brava, en donde el piño se convierte en una relación entre lo local, el barrio, y lo global, la barra en su conjunto.

La exploración del tema por parte de Sepúlveda constituye un gran aporte a la hora de entender cómo las barras bravas y la pertenencia a éstas puede constituir un proyecto de identidad para muchos sujetos; “Aquí, la identidad aparece como una referencia geográfica (la adscripción a un territorio determinado) y sociocultural (la afirmación de una pertenencia a un equipo y un modelo de devoción a este mismo)” (Sepúlveda, 2003). De este modo, queda claro que la exploración de la subjetividad de los barristas constituye una gran fuerte de información para la comprensión de este fenómeno.

Con los antecedentes del fracaso de otras disciplinas a la hora de generar un modelo explicativo de este fenómeno que tome en cuenta todas las variables que en este confluyen y con el precedente de la posibilidad efectiva de indagar en la subjetividad de los barristas para producir conocimiento sobre el tema, cabe preguntarse cual ha sido el  rol de la sociología al enfrentarse al tema.

Pese a que existen abundantes ejemplos en el extranjero, en nuestro país no se ha desarrollado una sociología del fútbol que considere a esta disciplina como un objeto digno de estudio. Si bien existen publicaciones sobre el tema, éstas no han trascendido en la generación de agendas de investigación en torno al fútbol y los fenómenos que lo rodean, como es el caso de las barras bravas y su relación con la violencia.

Pablo Alabarces, pionero de la sociología del fútbol en Argentina, establece que la demora de las comunidades académicas latinoamericanas en considerar al fútbol como un objeto válido de estudio se basa en una desconfianza en su relación con la industria del espectáculo, los aparatos culturales de reproducción y el poder estatal o para-estatal, y  establece que el fútbol opera como “una de las prácticas de identificación más fuertes de los sectores populares de la mayoría de Latinoamérica” (Alabarces, 1996) a la vez que éste puede ser leído “como gigantesca puesta en escena que una sociedad hace para verse a si misma. Espectáculo donde se ejercitan las lacras y los hallazgos, los conformismos y las transgresiones: desde el machismo hasta el cuestionamiento al poder, desde atribuirle homosexualidad al rival hasta burlarse del poderoso, desde la mercantilización de la vida cotidiana hasta una fiesta que suprime las jerarquías.” (Alabarces, 1996).

Comprendiendo que este fenómeno es digno de un análisis sociológico, el cual nos permitiría superar las especulaciones y los análisis meramente exploratorios que existen sobre el tema, a la vez que nos permitiría generar modelos explicativos y soluciones tentativas para problemas sociales como el de la violencia en los estadios (concepto que ante la lupa sociológica comienza a quedar obsoleto, debiendo ser reemplazado por violencia en torno al fútbol, que asume que las expresiones violentas relacionadas con el deporte rey se dan de manera transversal en la sociedad) resulta imperativo generar una agenda de investigación que asuma estos temas como propios de la sociología.

Una agenda de investigación implica el reconocimiento de la validez y la legitimidad del fútbol como objeto de estudio, lo que nos permite reconocer el potencial explicativo que éste tiene, al poder acceder a investigar cómo articula relaciones sociales y cuáles son las motivaciones de quienes asumen su identidad a través de asociaciones afines a éste como las barras bravas.  Este campo ofrece una posibilidad única de explorar la subjetividad de los excluidos, aquellos ante los cuales la sociedad chilena pareciera querer apartar la mirada, y la manera en la que la ponen en práctica.

De esta forma nos resultará más fácil abandonar los discursos monolíticos del periodismo y la insuficiencia de los análisis producidos por otras disciplinas y podremos generar un marco que nos permita comprender de mejor manera a las barras bravas como un fenómeno social que cristaliza muchas de las tensiones y contradicciones  que pueblan nuestra sociedad, de manera de afrontarlo y plantear soluciones más efectivas que reformular una ley que se ha probado ineficiente, gastar 180.000 dólares en cámaras de seguridad en los estadios o producir campañas publicitarias que llaman a los hinchas a aportar con “pasión positiva”.

2007

Notas:

(1) Sepúlveda, Rodrigo. “Tolerancia Cero” Disponible en http://www.terra.cl/servicios/blog_columnistas/?idblog=5&idpost=1208

(2) Transcripción de relato televisivo del partido entre Colo Colo y Universidad de Chile jugado el 28 de Febrero de 1993 en el Estadio Monumental.

Referencias:

Alabarces, Pablo. (1996) Cuestión de Pelotas: fútbol, deporte, sociedad, cultura. Buenos Aires, Argentina. Atuel

Recasens, Andres. (1999) Las Barras Bravas (2a. ed. revisada y ampliada) Santiago, Chile. Ediciones Bravo y Allende

Sepúlveda, Mauricio.(2003) “El aguante o la consagración de la pasión guerrera: territorio, masculinidad y violencia en dos barras bravas chilenas.” En Esa oscura vida radiante: juventud, infancia y nuevas identidades culturales. Santiago, Chile. Ediciones Escaparate.

Villoro, Juan. (2006) Dios es Redondo Buenos Aires, Argentina. Grupo Editorial Planeta.

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