“Está toda mala la Justicia”: el sistema de la Ley de Responsabilidad Penal Adolescente, privatización, corrupción y tortura. III Parte.

Diapos, Escritos, Infancia y Niñez — By on noviembre 22, 2013 at 03:19

Por Claudia Hernández del Solar

Este texto es la tercera parte de una serie de 4 relatos. 
Ve la primera parte acá, la segunda acá y la cuarta acá.

 

Les contaré esta otra historia, la de una familia que reside en la zona poniente a las afueras de Santiago. Esta familia tiene a su hijo actualmente recluido en el CIP-CRC de Til Til. Centro abierto el año 2012[1], el cual el gobierno se ha preocupado de mostrar a través de los medios de comunicación, el orgullo que les significa esta nueva “obra”. Ésta es la historia de J  quien a la fecha lleva tres meses ahí dentro.

Esta vez no llego sola, mi compañero “palero” me acompaña a entrar a la casa de los padres de J, quienes con generosidad nos comparten su experiencia, y a quienes llamaré Sra.  E y Sr. M. Ambos comienzan a contextualizarnos y a mostrarnos fotografías. Imágenes de su hijo, para que de alguna forma, pudiésemos ver en ellas aquello que temen se esta perdiendo: un “niño bueno”. Fotos sacadas en el CIP-CRC San Joaquín el año pasado cuando se graduaba de cuarto medio, ceremonia en la que estuvo presente la directora nacional de SENAME. “El J tuvo un delito de asalto con intimidación por el robo de un celular la primera vez el 2011“, nos cuenta su madre, quien agrega que en esta ocasión estaban implicados otros dos adultos que quedaron en libertad. J no. A los 16 años ingresa al CIP-CRC San Joaquín por 8 meses, quedando luego de eso en libertad, retornando a la casa familiar en abril de 2012. “Duró cuatro meses y se juntó con unos adultos…por eso le digo, esa condena está tan mal hecha…porque el segundo delito era una broma que se habían hecho entre ellos por el robo de otro celular”. En su contexto comunitario, J se rodea de adultos que lo van poco a poco arrastrando a prácticas que bordean y transgreden constantemente el orden social, que lo llevaron a que el 13 de septiembre de 2012 saliera a las 20:30 horas de su casa a juntarse con un amigo, con quien interceptan a una tercera persona y le quitan su celular. Corrieron unos metros y fueron alcanzados por Carabineros. Luego J es reingresado al CIP-CRC San Joaquín.

Para ese entonces, J estaba en rehabilitación. La madre nos cuenta que en la actualidad el único que trabaja es su marido, quien debe mantener hasta a su nieta, la hija de J. “Yo no puedo trabajar, porque tengo que andar en las diligencias de mi hijo”, diligencias que implican ir a visitarlo cada miércoles y domingo desde el poniente hacia el norte  hasta Til Til, y moverse hasta todos aquellos lugares donde ha ido a tocar puertas por ayuda, como la Dirección Regional Metropolitana de SENAME, ubicada en Ñuñoa.

La madre de J nos relata que el 6 de agosto del 2013 lo iba a ir a visitar al CIP-CRC San Joaquín cuando recibe el llamado telefónico de una funcionaria del recinto que le dice que a su hijo lo habían trasladado al CIP-CRC de Til Til: “Yo le dije ¡pero a Til Til! Si mi hijo tiene el cupo para el CRC de Santiago” (según lo indagado, en este lugar permanecen solo aproximadamente 30 jóvenes de ambos sexos en calidad de condenados, siendo el único de estos espacios que funciona adecuadamente y cuyo cupo estaba aceptado para que C cumpliera allí su condena).

De ahí en adelante el mayor calvario. A modo de ejemplo, de la contingencia misma, nos cuenta que J debió ser operado el lunes 28 de octubre por una hernia testicular, habiendo estado previamente una semana en el sector de Enfermería[2] del CIP-CRC de Til Til por intensos dolores. Al retornar luego de la operación, J se encuentra con que le habían robado todas sus pertenencias. Cuando su madre escucha esto, le pregunta a su hijo: “¿cómo los tíos se prestan para eso?”. Pregunta sin respuesta. Agrega además que hace ya un par de semanas su hijo le había pedido que depositara cierta cantidad de dinero en una cuenta RUT, porque debía pagar por unos celulares que no quería tener y que tampoco tendría, ya que eran los mismos compañeros los que amenazaban a los más nuevos y frágiles como J para conseguir este objeto y/o droga (marihuana prensada, pasta base…). Le pregunto por quiénes eran los que vendían celulares, me responde que los mismos muchachos a través de sus familias. La madre continúa: “Y nosotros claro, desesperados, hicimos una cuenta RUT”. Posteriormente le entrega a una funcionaria del lugar que estaba al tanto de la compleja situación, todos los datos de todas las cuentas RUT que ella posee, ya que ella había escuchado que a J le iban a continuar pidiendo cuentas y dineros. Durante esta última semana de octubre es que la madre de J le cuenta a la coordinadora que “nosotros íbamos a depositar plata porque al J le iban a pasar otro celular, y me dijo ‘no haga ni tal de hacerlo, porque estamos aquí con el Director de SENAME”. Yo le dije ojalá hablara yo con el Director de SENAME”. Recuerda que en dos ocasiones fue a la Dirección Nacional a hablar con el supervisor que envió a su hijo al CIP-CRC de Til Til, ya que es esta entidad, el organismo gubernamental encargado de los niños y niñas de nuestro país, quien define dónde han de cumplir las condenas decretadas por los Tribunales de Justicia.

“Yo les dije, ¿ustedes me mandaron al J a dónde? A la boca de los lobos, les dije, porque habían unos cabros enormes que usted no se imagina”.

La madre de J nos relata lo que su hijo le cuenta sobre sus experiencias con esos “cabros enormes” los que lo llevan a un lugar estratégico dentro de la cárcel, donde las cámaras no los alcanzan a captar, y lo estaban “preparando” para pelear: “me dice, mami eran unas platinas  así tan grandes que median como un metro y medio, ésa era para que no se le acercaran y la más corta era para enterrársela a alguien…¡y él es tan delgadito!” Enfatiza con rabia, angustia y lágrimas. J habla con su madre cada miércoles, es en ese momento de encuentro donde aún tiene la confianza, el afecto y la seguridad de su madre. Porque adentro está solo. Rodeado de gente, pero de puros enemigos. J no supo usar las armas que le estaban obligando a usar, tuvieron que meterse otros jóvenes a decir que “este cabro chico no tiene ni idea”.

Este modo de relación lo vive J desde el principio. El día que ingresó al CIP-CRC de Til Til le robaron toda su ropa. Mi compañero incrédulo ante nuestra capacidad de comprender lo que escuchábamos, pregunta si lo que estaban haciendo a J era pasarle un cuchillo para enseñarle a usarlo. “Claro” dice el padre, que habla por primera vez. La madre continúa relatando lo que su hijo le va contando: “Mami, yo no tenía ni idea porque no sé usar eso, y los otros cabros son terrible de rápidos pa usarla, y ahí tuvieron que meterse cabros más grandes a decir que este cabro chico no tiene ni idea de lo que va a hacer, porque no sabe enterrar una lanza”. A medida que relata esto, la madre de J se invade de emociones y dice que dejará los pies en la calle por hacer algo, ya que teme que ese cuchillo termine siendo enterrado en su delgado cuerpo. “Imagínese le entierran una lanza… Me lo matan, lo atraviesan”.

La desesperación en la que está inmersa, la lleva a decir todo aquello que pasa por su cabeza bajo las injusticias vividas, recordar todas aquellas aristas donde se hace evidente el maltrato con el que la sociedad toda trata a estos niños y, por consecuencia, también a sus familias. Se acuerda así que hoy mismo la encargada del área de enfermería donde J se encuentra luego de su operación, le había dicho que su hijo estaba bien, que no daba para mantenerlo en dicho lugar, pero a la vez su hijo le dijo que tenía toda la zona de la operación morada. Se suma a todo esto, que el mismo día lunes en que le realizaron la operación durante la jornada de la mañana, es trasladado durante esa misma tarde -¡esa misma tarde!- a Til Til, engrillado y sentado en la camioneta: “¡Y más encima me lo llevan engrillao! ¿cómo se les ocurre? más encima a la salida de la operación hablé con la cirujano y me dijo que todo había salido excelente, pero que más no podemos hacer…como es un niño que está condenado, me dijo”.

A su hijo ya lo ha visto herido dentro de la cárcel de Til Til, ya ve en su cuerpo las marcas dejadas por otros: unos que ejecutan, otros que con su mirada presencian y posibilitan estas acciones. Cuando le pregunta a J por unos cortes en sus manos y brazos, éste le responde resignado: “Mami, es que son cárceles… yo no puedo hacer na’, si me van a pegar mami, ¿cómo me defiendo? Y yo no uso cuchilla, y acá todos usan cosas, lanzas, estoques”. La madre le vuelve a preguntar sobre cómo “los cuidan aquí los tíos”. Ésa es la pregunta, pero no es J precisamente quien ha de responderla.

La madre dice que averiguará el nombre de la “tía” que abrió la puerta de la celda de su hijo y permitió que le robaran -una vez más- sus cosas. Dice que todos los fines de semana le llevan los utensilios que J requiera; menos ropa, ya que desaparece. Denomina todo esto como un abuso: “soy capaz de ir a todos lados para que entiendan ¡¿de qué rehabilitación están hablando?! Eso es lo que yo digo, ¿de qué rehabilitación hablan?”. Agrega que no comprende cómo es que meten a todos en “un mismo saco”: Se pregunta cómo su hijo, que se robó un celular, está junto a un joven que mató a otros dos muchachos en la misma celda, en la misma “casa dos”.

Pregunto cómo es que J llegó a Til Til. Por qué un joven que era definido por diferentes profesionales como un “ejemplo de conducta” se encontraba en tamaña jungla. “Lo están echando a perder” dijo el padre. “No es que lo estén echando a perder, mi hijo tiene temor” dice la madre. Todo lo que sus padres le llevan desaparece, lo amenazan y lo extorsionan para hacer que sus padres transfieran dinero, todo esto hace que la madre nuevamente entre lágrimas concluya: “voy a ir a todos lados, a todas partes, porque yo no quiero que a mi hijo me lo entreguen en un cajón, ¡porque mi hijo no se lo merece! No se lo merece porque yo lo conozco, jamás me robo, jamás me trajo rojos, jamás…si él me dijo un día cuando iba a buscarlo al liceo ‘mami estoy consumiendo droga necesito ayuda, quiero una rehabilitación’. ¡Él me lo pidió! ¡Él me lo pidió en la calle! Si hubiese sido un cabro malo no  me lo pide”. Recuerda que su hijo estaba metido en la droga, pero que nunca le hizo daño a nadie. Lo tenían vendiendo droga personas adultas de su población. Cuenta que tuvo muchos problemas con ellos, que eran sus propios vecinos los que le hacían vender droga a cambio de cierta cantidad para su propio consumo: “¿Y qué es lo que le hacían? El daño más grande que le hacían a mi hijo…Y eso digo yo, ¡la justicia está toda mala! Toda mala y ellos andan sueltos y a mi hijo por una lesera…”. ¿De cuántos años es esta condena? le pregunto. “De 4 años” me responde. “¡Cuatro años!”, casi grito. Cuatro años a partir del 13 de septiembre de 2012. Si todo sigue así como está,  J deberá permanecer en aquel infierno por dos años y diez meses más. Si recién lleva tres meses ahí dentro viviendo lo relatado, ¿qué creen que será de él a sus 20 años? Con mi compañero nos miramos para sostenernos en este lugar de testigos de la injusticia en todas sus ubicaciones. Desde lo injusto y determinante que es el lugar en donde a cada cual le tocó nacer, pasando por el “error” de profesionales de SENAME, hasta el despropósito de la condena: dos celulares robados, uno a los 16 y otro a los 17 años, actos perpetuados en curiosas instancias, que equivalen a 4 años de presidio. A ello se suma el pago de las costas de la causa. Pienso entonces en el caso Jonhson’s, la colusión de las farmacias, etc, etc, etc…

La madre con impotencia nos repite que ha ido a tantas partes. Que ha aprovechado cada instancia para, sin miedo, contar y reclamar por lo que le están haciendo pasar a su hijo, a ella y a toda su familia. Y lo ha hecho, ha hablado, pero no la han escuchado. Y si lo hicieron, solo queda como un murmullo de trasfondo que intentan negar. Así nos cuenta:

“¡Mi hijo esta mal! ¡Mi guagua! Mi hijo no está bien. Yo lo único que digo, ‘¡que hago Dios mío!’ ¡He ido a tantas partes! He echo tantas cosas, he mandado hasta cartas y me dicen que le mande a la Paulina de la Cerda (Directora Regional de SENAME). Ella estuvo en la graduación de mi hijo, ella sabía como era él; mi hijo le había hasta pintado la casa en “El Arrayán” (actualmente CIP-CRC San Joaquín), les pintó la oficina, hizo tanto trabajo. Les dije: ‘¿para qué? ¿Para qué?”.

Nos cuenta. “Yo quería hablar con el Señor Melo (Director Nacional de SENAME). Fui a hablar con él el día en que él tenía iba a hablar delante de las mamás de los niños, pero no se le vio ni la nariz. Yo me puse adelante a hablar: no importa, a mí no me da vergüenza. La gente estaba escuchando. Porque es mi hijo. A la gente les daba vergüenza y eran sus hijos los que estaban detenidos; el mío también está detenido. Yo salí a hablar adelante y dije lo que yo pensaba, de lo que yo sentía, lo que pensaba mi hijo, de lo que yo conozco a mi hijo. Hablé de todo, estaban todos. Estaba la asistente que me dijo ‘con tal que el J no se meta en grupos’. ¡¿O sea que el J tiene que andar como escondido?! ¡¿Escondido si están todos juntos?!”

Con esto, menos comprendí la dimensión de la condena. Lo hago saber y la madre agrega que lo que se pidió inicialmente fueron 8 años. ¡Ocho años! No lo podíamos creer: “El fiscal pidió 8 años a la Corte ¡y mi hijo estaba trabajando!”. Ante esto, intento invitarlos a pensar que hay al menos dos aspectos que separar: lo que ocurre dentro de las cárceles en términos de funcionamiento -que en estos casos es responsabilidad de Sename- por un lado, y el del terreno de la Justicia, por el otro.

En relación a lo primero, pregunto: “¿Quién da la orden que se vaya a Til Til?”. “El caballero  ése, un supervisor de Sename de la regional”. Relatan que ese día cuando trasladaron a J fueron a reclamarle directamente a él en la Dirección Regional. Inmediatamente el supervisor llamó al CIP-CRC San Joaquín y le informan que ya lo habían trasladado. La Sra. E nos dice que el supervisor comentó: “a ver si lo rescato”, y el padre de J nos dice “y no lo pudo rescatar, porque ya se habían mandado el condoro. Nosotros quedamos de dos piezas”. Él mismo nos recuerda que por recomendación de diversos profesionales J tenía un cupo en el CRC de Santiago.

Lo que estos padres han visto en el CIP-CRC de Til Til con sus propios ojos, los enferma. Denuncian en su relato que las casas números 3, 5 y 6 son peligrosísimas. Comentan acerca de las familias de los otros detenidos, de las trifulcas que se arman afuera del recinto, donde a los gendarmes “les vuelan hasta la gorra”, donde tampoco hay respeto.

En ese momento, nos pasan varios papeles: entre esos, la condena de J y el Plan de Intervención del CIP-CRC de Til Til. Nos quedamos con estos documentos en nuestras manos mientras continuamos escuchando sus relatos.

Vuelve atrás en la historia y recuerda cuando el Fiscal le informa que habían revocado la sentencia del Tribunal de Garantía y que la corte de Apelaciones dictaba que su hijo debía pagar condena de presidio y, por ende, entregarse. Esto implicaba dejar su tratamiento de rehabilitación, su trabajo y su incipiente función de padre, a pesar de haber cumplido además con todo lo que la Magistrada inicialmente ordenó. Se suma a esto, que la víctima del segundo robo se había retractado de la demanda, firmando una Declaración de Retractación, donde declara que voluntariamente y sin la presión de terceros desistía formalmente de realizar una demanda en contra de los imputados. La Sra. E me pasa una copia de ésta como respaldo de lo dicho. Sin embargo fue el Fiscal el que insistió. Él apeló a lo sentenciado por la Magistrado del Tribunal de Garantía. En esta segunda instancia, según la condena con fecha 29 de abril de 2013, se sentencia prisión por 10 años y un día al otro imputado y 4 años para J -vuelvo a pensar en los delincuentes con corbata-. Al final del documento aparece: “Póngase en conocimiento al delegado de SENAME la presente sentencia con el fin de que tome en cuenta lo resuelto y envíe lo necesario para el cumplimiento de las medidas impuestas y lo envíe al centro que corresponda, bajo la normativa reglamentaria y al amparo de los derechos contenidos en la ley  20.084 (Ley de Responsabilidad Penal Juvenil) a su vez por intermedio el programa de reinserción social que dispone la ley cuando corresponda”.

“Toda mala la justicia” dice la madre. Considera que lo peor son los abusos y el maltrato que existe entre los mismos jóvenes, la prevalencia de la violencia por sobre los lazos de compañerismo. Además del trabajo realizado por los funcionarios: “Porque hay corrupción, hay mucha corrupción por parte de los funcionarios también. Mucha corrupción. Siempre están los “tíos”, los gendarmes…Fuuuu… Es una cosa que no tiene límite ahí, la plata es la codicia más grande para ellos. ¿Cómo se pueden prestar para eso? el J me dice que una señora le trae un montón de marihuana a su hijo, ¿cómo la entra?”.

Dice que los funcionarios se ríen y dicen que no pueden hacer nada, que “se tiran la pelota unos con otros”. Recuerda un episodio en el CIP-CRC San Joaquín, donde un “tío” le pegó a un niño “le sacó la mugre, lo dejó  todo desfigurado. La madre del niño fue a la regional (Dirección Regional de SENAME) pero no la tomaron en cuenta porque era sola; porque según ellos tenían que ir varias personas para que la escucharan, y era el tremendo “tío”, un gallo maceteado, grande, le saco pero la…”. Mi compañero le pregunta si es que conocían más personas que estuviesen pasando por este tipo de situaciones. El Sr. M nos cuenta de un padre desesperado como ellos, a quien también le habían trasladado un hijo desde el CIP-CRC San Joaquín al CIP-CRC de Til Til, ya que al parecer, son varios los casos donde este tipo de desiciones se habían tomado incomprensiblemente, lo que se suma al infierno que se vive en el recinto del norte de Santiago.

Esta familia vive en una comuna fuera de Santiago, al poniente de la capital, por lo que  tarda casi tres horas desde su casa a donde se encuentra su hijo. De vuelta, en las noches, llegan sin ánimo alguno, sin hambre, sin palabras; dicen que se están enfermando.

Mi compañero pregunta por lo que no funciona. Por dónde se encuentra el hoyo negro en todo esto. La madre contrapregunta: “Dígame usted ¿cómo entran los celulares y la droga? Son ellos los que la dejan pasar ahí”. Dice que allá adentro no hay respeto por nadie ni por nada. Que en ese lugar, a un poco más de un año de su apertura, se encuentra gran parte del mobiliario destruido y sucio.

Mi compañero pregunta por cuál es el temor más grande de J. Dicen sus padres que sus propios compañeros, con sus lanzas y amenazas: “Me dice ‘mami, nosotros estamos en la casa dos, y cuando estamos adentro tenemos que estar con llave, y vienen de otras casas con las medias lanzas y los tíos, no sé si de temor, pero les abren la puerta y van pa´ dentro y le pegan la puñalada a varios cabros”. Caos al interior, sin ningún control.

La madre de J llama a diario por teléfono para saber de su hijo. En muchas ocasiones los funcionarios se molestan y le cortan. Recuerda la última conversación con una coordinadora, quien le dice que hay varios padres denunciando estas amenazas y extorsiones.

Es una escuela del delito. Se egresa con más temor, más resentimiento. “¿De qué sirve eso? De nada. Yo les digo: yo voy a sacar a mi hijo malo, ¡y no era así!. Si mi hijo está viviendo eso, va a salir peor…lo van a matar, porque de vivaracho no tiene nada…Él me dice ‘mami yo estoy mal aquí”. Comenta que el supervisor de SENAME le dejó su teléfono, pero que jamás ha logrado contactarlo.

Le preguntamos por su vida antes de todo esto, de su hijo antes de todo esto. “Ahí está el J mírelo”. Las paredes del living de esta pequeña casa se encuentran llena de fotos y diplomas de su hijo: fotos de la graduación de Octavo Básico, de la graduación de Cuarto Medio, fotos con medallas porque “le gustaba la pelota”, fotos con el resto de su familia.

Les preguntamos por lo que más añoran. “Tranquilidad” nos responden. “Estamos nerviosos todo el día” dice el padre, comentando que ya por cualquier motivo pelean con su esposa. La madre agrega que se siente en un infierno, que cambió toda su vida. Tanto mi compañero como yo tratamos de decir algo. Yo intento transmitir que habíamos comprendido perfectamente cuando la madre de J dice que “les cortan las alas”. Les decimos que comprendemos lo que está detrás de estos delitos cometidos por jóvenes, ellos se relacionan en un mundo donde se ven influenciados a llevar este tipo de prácticas por pertenecer a un grupo, por validación, por reconocimiento, y sin embargo termina por caerles todo el peso de la Justicia encima -o injusticia- sin comprender el contexto y la particularidad: “No es que palo chueco no lo puede enderezar; sí lo puedo enderezar, porque tiene 16 años, sí lo puedo enderezar. Ellos a los 24 o 26 años ya no se enderezaron, pero al J sí lo puedo enderezar…Él mismo me dijo ‘ayúdame, llévame al médico, llévame al psiquiatra, llévame a psicólogo, llévame a todo”.

Nos detenemos en el Plan de Intervención que teníamos en nuestras manos. Documento que da cuenta de los objetivos, diagnósticos y metodologías de acción por tres meses, tanto con J como con sus padres. De lo que allí dice, los padres creen que algunos talleres se cumplen. Nada más. Les preguntamos por cómo y cuándo los habían evaluado a ellos como padres: “A nosotros no nos han evaluado todavía, ni nos han llamado”, a pesar de que en dicho Plan de Intervención, hay categorizaciones como padres laxos, sin capacidades para ayudar a su hijo”. Finalmente, un montón de juicios de valor que los posicionan en un desmerecido y prejuicioso lugar. Les preguntamos si han recibido algún tipo de ayuda. Es la madre la que responde: “Nadie. Nosotros solos, yo sola me busco esto, yo sola pregunto, yo sola busco saber, yo sola busco que me ayuden, y nada, nadie”.

Con impotencia insiste: “El J  demostró que servía para la sociedad, que no se arrancó, que se entregó, que dejó el trabajo botado, y él (Fiscal) no miró nada. Nada. Como le digo, le cortó las alas, eso digo yo, ¡la injusticia grande!  Está malo esto. Está malo”.

A pesar de todas las dimensiones que esa mala justicia abarca, estos padres solo quieren que su hijo sea trasladado al lugar que estaba previamente destinado, al CRC de Santiago. No tienen ningún abogado cerca. El abogado defensor después de la sentencia salió del juego.

Antes de irnos, les comentamos el nivel de alcance que nuestro trabajo tiene. Los instamos a su vez a agruparse, a conversar con otras familias que estén pasando por situaciones similares para que juntos podamos tomar mayor fuerza. Para terminar nos pasa un diploma de un colegio donde estuvo J; “se otorga este diploma por su destacada actitud de respeto y buena conducta durante el año escolar de 2011”. “No digo yo, si esto está todo al revés“, concluye la madre.

Este texto es la tercera parte de una serie de 4 relatos. Ve la primera parte acá, la segunda acá y la cuarta acá.

[1]    Centro cuyas obras comenzaron durante el año 2009 bajo el  Gobierno de Michelle  Bachelet , e inaugurado  en el Gobierno de Piñera. Ver:  http://www.emol.com/noticias/nacional/2009/05/11/357649/nuevo-centro-del-sename-en-til-til-aumentara-en-80-las-plazas-en-santiago.html

[2]    Sólo en el área de Enfermería, las habitaciones son individuales.

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