1° pregunta. Entrevista a Löic Wacquant y los esbozos para entender un Estado Penal.

Breves, Seguridad y Vigilancia — By on septiembre 10, 2010 at 11:03

Esta es una entrevista realizada por Sarah Dindo, para una revista francesa llamada Dedans-Dehors en febrero del año 2000 (Observatorio Internacional de las Prisiones). La pongo a disposición porque nos puede servir  para comprender  una tendencia que hoy podemos observar en el Estado chileno, y profundizándose con el gobierno de Sebastián Piñera. Su ministro del interior al parecer está girando la llave hacia un control social enfocado en el Estado como juez y parte. Leyes antiterroristas. Represión policial. Imputabilidad penal de niños a los 14 años, y con propuestas para bajar la edad a los 12. Segregaciones barriales. Control de información y antecedentes. Privatización de las cárceles, y criminalización de los movimientos sociales.

Tengo que decir, eso sí, que ésta no es herencia de la derecha chilena necesariamente. Toda política de control social de la Concertación estaba cubierta de un tufillo democrático, pero que al observarse, ha sembrado el germen de un Estado penal bastante agresivo que le queda como anillo al dedo a esta derecha liberal-conservadora dirigida por una especie bastante extraña de charlatán.

Entrego esta entrevista porque Wacquant, sociólogo francés que está vivito y coleando, plantea que este modelo no necesariamente sería una fatalidad, aún cuando demuestre y exponga las fatalidades que trae consigo. Dejo la primera pregunta para que le agarren el gustito. Voy a ir a agregando una a una. A ver si conversamos un rato y nos detenemos en las respuestas.

El advenimiento del Estado Penal no es una fatalidad (1).

En su libro Las cárceles de la miseria, usted describe la transición, en las sociedades avanzadas de una gestión asistencial de la pobreza hacia una gestión punitiva por medio de la policia y las prisiones. ¿De dónde procede esta repentina glorificación del Estado penal y cúal es su utilidad?

La mutación política en la que se inscribe esta transición podría resumirse en la siguiente fórmula: borramiento del Estado económico, achicamiento del Estado social, fortalecimeinto del Estado penal, pues estas tres transformaciones están íntimamente ligadas entre sí y son, en lo esencial, la resultante de la conversión de las clases dirigentes a la ideología neoliberal. En efecto, quienes hoy glorifican el Estado penal, tanto en los Estados Unidos como en Europa, son lo mismos que ayer exigían menos Estado en materia económica y social y que, de hecho, lograron reducir las prerrogativas y exigencias de la colectividad frente al mercado, es decir, frente a la dictadura de las grandes empresas. Esto puede parecer una contradicción, pero en realidad tenemos ahí los dos componentes del nuevo dispositivo de gestión de la miseria que se introduce en la era de la desocupación masiva y el empleo precario. Este nuevo gobierno de la inseguridad social —para hablar como Michel Foucault— se apoya, por un lado, en la disciplina del mercado laboral descalificado y desregulado y, por el otro, en un aparato penal invasor y omnipresente. Mano invisible del mercado y puño de hierro del Estado se conjugan y se completan para lograr una mejor aceptación del trabajo asalariado desocializado y la inseguridad social que implica. La prisión vuelve al primer plano. El mayor vigor del tema de las violencias urbanas en los discursos y las políticas de los gobiernos europeos, y especialmente en Francia desde el retorno al poder de la izquierda llamada plural, no tiene gran cosa que ver con la evolución de la delincuencia de los jóvenes (siempre habría que agregar: de los jóvenes de origen obrero y extranjero, porque sin duda se trata de ellos; por otra parte, en muchos países, como Italia o Alemania, no tienen empacho en hablar francamente de la criminalidad de los inmigrantes). La preponderancia de ese tema apunta a favorecer la redefinición del perímetro y las modalidades de la acción del Estado: un Estado keynesiano vector de solidaridad, cuya misión era contrarrestar los ciclos y los perjuicios del mercado, asegurar el bienestar colectivo y reducir las desigualdades, es sucedido por un Estado darwinista, que eleva la competencia al carácter de fetiche y celebra la responsabilidad individual, cuya contrapartida es la irresponsabilidad colectiva, y que se repliega en sus funciones residuales de mantenimiento del orden, en sí mismas hipertrofiadas. Así, pues, la utilidad del aparato penal en la era poskeynesiana del empleo inseguro es triple: sirve para disciplinar a los sectores de la clase obrera reacios al nuevo trabajo asalariado precario en los servicios; neutraliza y excluye a sus elementos más disociadores o a los que se consideran superfluos con respecto a las mutaciones de la oferta de empleos, y reafirma la autoridad del Estado en el dominio restringido que en lo sucesivo le corresponde.

(1) El texto extraído de Wacquant, Loïc, Las cárceles de la miseria, trad. de Horacio Pons, Buenos Aires, Manantial, 2000, pp. 165-171. Publicado como Posfacio.

Herr Direktor.

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