“Él no habla de eso”: un primer acercamiento al sistema penal juvenil y sus consecuencias. II Parte.

Diapos, Escritos, Infancia y Niñez — By on noviembre 21, 2013 at 07:30

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Por Claudia Hernández del Solar

 

Este texto es la segunda parte de una serie de 4 relatos. Ve la primera parte acá, la tercera acá y la cuarta acá.

 

Los pasos que seguí dando luego de ese encuentro con Ricardo Ventura ya se me hacen incontables. Me paseé por las dependencias del Centro de Intervención Provisoria

y Centro de Reclusión Cerrado (CIP-CRC) San Joaquín como turista. En esta cárcel de jóvenes que pasan sus días cumpliendo condenas que trascienden su error, debiendo permanecer dentro de los mismos espacios donde hace casi 40 años atrás se encerró y torturó a personas, donde fueron exterminadas y/o desaparecidas y cuyos lamentos se escuchan hasta el día de hoy.

Fui escuchando diversas voces que confiaron en mí para ser canalizadas y así poder relatar y sacar a la luz una realidad que nadie quiere ver. Por eso, después de lo visto, no puedo con el peso que significa haberlo presenciado y escuchado.

Entre estas voces se encuentran las de dos familias: una de la zona sur de Santiago y otra de la zona poniente. Dos familias que padecen para siempre la angustia que implica ver cómo uno de sus jóvenes miembros, va siendo paulatinamente mutilado por una sociedad enferma que los enferma. Que los transforma en lo que no son bajo la máscara de la justicia.

Esta familia que vive en la zona sur de Santiago, me abre las puertas de su casa. Mi entrada a la esfera de lo privado de familias que no me conocen, ha sido una práctica cotidiana durante mi ejercicio laboral[1]: las llamadas “visitas domiciliarias” se enmarcan dentro de los planes de intervención, cuando, en ese entonces, mi presencia allí no dependía del deseo de abrirme esa puerta, sino de la obligación que tenían de hacerlo, en la medida en que representaba yo una orden de un Tribunal.

Esta vez era distinto. No había nada que mirar, nada a evaluar, ni nada a categorizar. Solo escuchar el relato de lo que para ellos ha significado el paso de su hijo menor por el circuito presidiario juvenil.

Un padre y una madre atentos y dispuestos a conversar se presentan y me invitan a sentarme en su patio. Una casa de dos pisos: en el primero viven ellos y sus dos hijos, arriba construyeron varias piezas que actualmente están todas arrendadas. El padre trabaja como colectivero durante las noches y está haciendo un curso de peluquería canina para un negocio que pretende poner en marcha. La madre trabaja los fines de semana como manipuladora de alimentos en una clínica psiquiátrica de Ñuñoa. El carrito de comida que antiguamente tenían en las afueras de la casa lo vendieron, dado que comentan que no era bueno para C (su hijo) ya que se transformaba en un lugar de reunión que preferían evitar.

Intento explicar lo que me motiva a estar ahí: poder escuchar las experiencias sobre las torturas que se siguen viviendo en nuestro país, dentro de las cárceles para jóvenes. En particular en el CIP-CRC San Joaquín (ex 3 y 4 Álamos), donde a estas prácticas le añadimos la historia pasada de ese espacio, en donde las torturas de ayer, siguen existiendo hoy en el mismo lugar.

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Me hablan de dicho lugar. Me comentan la diferencia entre las llamadas “casas”; modo en que se distribuyen a los internos en inmuebles diferenciados, conteniendo en cada una de ellas los mobiliarios adecuados para la mantención de la vida cotidiana en reclusión: habitaciones, baños, comedores, salas de estudio, patio, etc. Todas a cargo de al menos un “tío” o cuidador de trato directo que trabaja por turno.

Los padres de C (a quienes llamaré Sra. D. y Sr. R) me comentan que las casas numero 1, 2 y 3 (correspondiente a las dependencias de 4 Álamos) eran para primerizos, teniendo mayores regalías, como piscina, clases escolares propias y visitas con horario más extendido. Las casas 4, 5, 6, 7 y 8 (nuevas edificaciones) eran diferentes. Éstas están inclusos hacia otra ala del recinto, bordeando la multicancha, donde el trato y lo que allí dentro ocurre es diferente: “la casa 7 era de castigo…. Mi hijo estuvo en casi todas allá”. Comenta la madre.

La primera vez C llegó a la casa 4, tenía 14 años. Los padres se explican el inicio de su hijo en actividades delictivas después del paso por una escuela de fútbol de la población cuando tenía entre 12 y 13 años. Recuerdan que lo pillaron por primera vez fumando marihuana con un amigo de aquel entonces encerrados en la habitación. El Sr. R dice haber pecado de ingenuo cuando le creyó a su hijo que los vómitos y malestares generales se debían a una enfermedad estomacal y no a la primera intoxicación o más conocida como “la pálida”. “De ahí en adelante comenzó todo…después la escuela de fútbol, robaba las insignias de los autos”. Luego, un “robo a lugar no habitado”. La Sra. D dice que cada vez que su hijo ingresaba a un CIP “salía más choro, como más frío. Ya los golpes no le dolían, los consejos le resbalaban. Ya ni siquiera cree en Dios, con eso te digo todo”.

Comentan que a diferencia de su hermano mayor, C no ha terminado ni el colegio. A ambos hijos han intentado darles todo lo que necesiten, sin embargo C todo lo pierde o lo vende. El padre dice: “Sentimientos ya no tiene; ni con la familia, ni con los animales. Los animales acá lo ven y salen arrancando”.

La peor experiencia de cambio la vieron en su hijo cuando salió de Tiempo Joven, centro ubicado en la comuna de San Bernardo donde los jóvenes cumplen sus condenas. Recuerdan entonces un episodio el día en que C cumplía 18 años. Para ese entonces éste se había “conseguido” un celular adentro y había hablado con su madre esa mañana, quien le dice que irán a verlo y le llevarán una torta para compartir. Sin embargo, la sorpresa se la llevan al llegar: “ese día llegamos allá y nos dicen, ‘no si su hijo se portó mal y está en la celda de castigo”. No entendían lo ocurrido, si apenas habían pasado un par de horas cuando su hijo les dijo que los esperaría. Luego de eso, no les queda más que intentar comunicarse telefónicamente con la institución para pedir explicaciones. Quien contesta, le insiste que su hijo “se había portado mal” y que debían esperar hasta la próxima visita. No se quedaron tranquilos y nuevamente van al centro a insistir. Es ahí donde exigen hablar con el Director, a quien amenazan con “traer prensa y periodistas” si no los dejan ver a su hijo, que él eligiera. El Director entra a las dependencias por un momento, para luego cambiar de opinión y dejarlos entrar: “Y nos mostraron a C. Su cara era pero…Yo le dije que me mostrara el informe médico”. En dicho informe decía que C había llegado sin consciencia al hospital luego de la golpiza recibida por sus propios compañeros, los que quisieron robarle a modo de despedida, ya que por cumplir la mayoría de edad debía ser trasladado: “Ahí lo colgaron como decía él. Lo golpearon, viera usted su cara. Yo lo tocaba y le dolía todo, todo le dolía, tenía su carita toda morada, hasta las orejas las tenía negras”, relata la madre.

jóvenes jugando fútbol en CIP-CRC San Joaquín

El padre agrega que a pesar de todo lo que ha pasado su hijo “no escarmienta”. No saben qué hacer con él: dinero ya no le pasan, las palabras no sirven de nada, dicen que no se puede conversar con él. Actualmente se encuentra en un Centro Semi-Cerrado pero con dificultades, ya que lo habían pillado consumiendo nuevamente marihuana prensada: “Él dice ‘siempre a mí, siempre a mi… estábamos todos en la pieza y me agarran solo a mí'”.

Los padres comentan sobre la gran cantidad de sustancias que consume: desde el “cóctel de pastillas” hasta el alcohol y la marihuana. Nada ha servido. No logran comprender cuál es el trabajo que se realiza con su hijo dentro de los centros donde ha transitado. No comprenden cómo son los mismos funcionarios los que les ingresan drogas y celulares: “Estamos hablando de un circuito que solo hace mantenerse dentro, sin instancias de rehabilitación. El que quiere va al colegio, no los obligan. Si los mismos profes les pasan la marihuana, la pasta base y los celulares. En el mismo celular la llevaban, a un profe lo pillaron. Teníamos que pasarle la plata afuera, así es el acuerdo, yo le dije a C que no, que no le iba a estar pasando plata a un profe pa´ que le pase droga, ni llorando. Pero a los otros cabros sí las mamás le pasaban plata, para que le entregaran”.

Allí dentro se mezcla la medicación con el consumo de drogas ilícitas, todo en contexto de “rehabilitación”. Don R dice que lo peor para él es la falta y tergiversación de la información que les entregan a las familias. Dice a la vez, que el sistema penitenciario de los jóvenes funciona igual que el de adultos, igual a lo que ve de éste en la televisión: “También están con armas, estoques, y aunque no tengan cargadores de celulares adentros, ellos pelan los cables y se arriesgan y los cargan, a la corriente directa, imagínese el peligro. Así mismo se torturan entre ellos, con electricidad”. ¿Cómo? Así no más, cortan los cables, los pelan, y los llevan directo a la corriente; la otra punta al celular o al cuerpo de otro, siendo las tetillas un lugar común de descarga.

La madre vuelve al relato del día en que le pegaron a su hijo: “Él no habla de eso. ¿Reparación? Nunca. Al sistema le interesa tener más delito. Esto no sirve; de hablar nada sirve me dice él”.

Lo que se busca tratar a como dé lugar es la llamada “rehabilitación”, la que solo busca abolir el consumo, perdiendo de vista el por qué de este consumo: “pero ningún programa trabaja sobre las torturas que C vivió allí dentro. Eso le diré a la psiquiatra mañana”, agrega.

Creen que su hijo ha aprendido a reaccionar a ese trato, se ha ido paulatinamente acostumbrando a éste y, por ende, lo repite. Se suma a esto que al salir en libertad, ya no saben qué hacer con ella: los abusos, las violaciones, lo visto, lo oído y lo vivenciado no tiene cabida. No hay un trabajo de “reparación” sobre lo vivido, no hay trabajo en relación a la experiencia de haber estado preso.

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Pienso en la diferencia del relato de Ricardo Ventura. Si bien era el mismo lugar y los vejámenes y torturas eran tan impresionantes como éstas, existía el compañerismo. Había un otro con el que afirmarse, adentro había un otro en quien confiar. Pienso en la etapa de la vida de estos jóvenes, donde es precisamente el tiempo en que se pone en cuestión todos los órdenes y límites sociales que se inculcaron en la niñez; es el tiempo de revelarse de ellos para luego reapropiárselos, o bien, soltarlos definitivamente.

C lleva 5 años en el sistema. Sus padres saben que la realidad lo supera, se le hace demasiado insoportable para que la lucidez sea la que impere: “Yo trato de integrarlo acá, pero no hay caso. ‘Ayúdame a limpiar el auto’ y no, que tiene que salir; quiere plata. Le digo termina tus estudios y te pago un curso para conducir y con sacrificio te compro un auto y trabajamos el auto a medias, es una herramienta pero qué más… No. A él le gusta la plata al tiro”, dice el Sr. R. Su madre recuerda que hace unos días C le había dicho:“¡¿Por qué no nací en Las Condes?! ¿Por qué tengo que estar así? ¿Por qué?”.

¿Qué se hace entonces? “Qué no haría yo por él. Lo único sería abrirle la cabeza y ponerle un chip nuevo. Llega un momento en que uno ya se agota, yo ya no puedo hacer más. Estoy consciente que ya hice todo lo que podía hacer”, con un intento de resignación y mucha pena dice el padre.

Lo único claro es que la cárcel no ayudó, solo empeoró las cosas.

Recuerda la madre cuando C tenía 14 años: “Me lo mandaron al COSAM, al PIE, a tantos lugares. Al primer lugar que fui, nunca me voy a olvidar de la asistente social, hablaba vulgarmente. Si tenía razón, mal estuvo en cómo lo dijo: ‘¿a usted le gusta que le vean el poto cuando va a ver a su hijo?’. Me quedé pa’ dentro, me dio vergüenza, me dio pena, me dio rabia e impotencia. Es denigrante bajarte los calzones”. ¡¿Bajarte los calzones?! ¿Para qué? ¿Para entrar a ver a tu hijo? Le pregunto desde mi ignorancia. “Sí. Los gendarmes hacen que te bajes los calzones, mujeres con mujeres, hombres con hombres. Te levantan los sostenes, los pechos, te hace agacharte pa’ que te revisen el ano”. Y aún así, son los mismos funcionarios quienes les entran las cosas que buscan, metiéndose directamente en el cuerpo de las personas.

fotografía de Sur Noticias

El padre comenta que en Tiempo Joven a él casi no lo revisan, pero que a las mujeres sí. En el CIP-CRC San Joaquín “no había que agacharse, había que bajarse los cuadros, mostrar si andabas con toallas higiénicas. Si tenías te la teniai que sacar, botarla y ponerte otra. Levantarte todo esto para que te revisaran los pechos y el pelo por si llevabas algo en tu cabeza y subirte los calzones.”

Pienso en C. Por las cosas que debe haber vivido allí dentro, por lo que implicaba para él que a su madre le hicieran esto para poder verlo un rato. Me cuentan que por ejemplo, que es práctica habitual en los momentos de traslados a audiencias, que los gendarmes los desnuden y los pongan a hacer cuclillas y “tiburones”; que mientras se ríen los hacen subir al carro.

Desnudos ante desconocidos, es cuento diario dentro de las cárceles.

La Sra. D dice que ha escuchado a su hijo hablar solo en la noche, dormido. No cuenta nada de lo que le ha ocurrido, el trauma se ha instalado. Piensan también en la dificultad de retomar el día a día en libertad: siendo prisionero no hay mucho más que hacer que levantarse, desayunar, tomar sol, fumar cigarros, conversar, cuidarse del otro, en una constante y mentirosa tranquilidad. En cambio afuera, se vuelve con los padres que le dan órdenes y C ya no entiende los roles.

Con los padres nadie trabaja. El Sr R recuerda que están pidiendo ayuda desde que su hijo tenía 14 años, ningún programa ha resultado. Pareciera que las intervenciones jamás se desmarcan del control punitivo.

La madre dice que en su trabajo ve a niños como su hijo que son derivados desde SENAME, ve en ellos a su hijo y les entrega aún mayor dedicación. Durante la semana se queda en casa para estar con C: “trato de estar con él para no abandonarlo. Pero él no está aquí, se me arranca igual, sale en la mañana y se va…”

Me encuentro con una familia que quiere hacer cosas y el sistema no responde. Han tocado puertas, pero el Estado mira la totalidad, no la individualidad. No comprende que al encarcelar a un niño de alguna manera lo hace con su familia toda, a quien no atiende ni visualiza. Por el contrario, la desnuda y la hace transparente, perdiendo -tal como el joven- incluso sus derechos mínimos.

C no habla. Con el paso del tiempo, paulatinamente relata menos sus experiencias. La madre recuerda: “C me decía ‘mamá, a nosotros nos bañan con agua tan helada’, en el invierno le llegaba a doler su cabeza, supe que hasta el gas lo vendían los gendarmes. Hambre y frío, muchas veces. Dos frazadas tenía en invierno”. Las familias llevaban frazadas pero se “cogoteaban” entre ellos. El Sr R dice haberle comprado y llevado un par de “cobijas”, concepto que le causó mucha gracia cuando lo escuchó en su hijo. Cree que finalmente nunca la usó.

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Según su experiencia, son pocas las familias presentes con sus hijos en estas circunstancias. Se lo explica a veces por las distancias entre los centros y los lugares donde viven las familias, pero para ellos la distancia no era un impedimento. El padre reflexiona: “Mi hijo tiene una familia bien constituida, de trabajo. No hay malos ejemplos, ni de violencia ni de drogas ni de alcohol, nada de eso. Entonces él cayó en eso y no sé… Yo digo me voy a morir y no voy a poder sacarlo de donde está, es una…no sé como decirle, es una angustia…” El Sr. R se emociona hasta las lágrimas mientras su mujer le toma el brazo.

A C no le hace falta un cambio de “chip”, tampoco nació enfermo, sino que algo traumático lo hace silenciar y repetir. Aquello lo angustia, lo desespera, tanto a él mismo como a sus padres. No existe un otro que lo acompañe en su sufrimiento; sus padres no pueden ya estar en dicho lugar. “Claro, mi hijo fue torturado”, piensa en voz alta la madre.

En ese momento, llega C, al vernos sentados pregunta por mi presencia y si algo había ocurrido. Intento explicarle, con ayuda de sus padres el motivo de mi visita y lo conversado durante la hora que habíamos compartido. C dice “¿Qué de qué? ¿Que quieres que haga yo? Esa hueá fue hace cualquier tiempo, ya se me había olvidado…no estoy ni ahí con hablar de eso”.

Los padres intentan persuadirlo para que cuente algo de su experiencia. Dice: “Lo que adentro pasa es siempre igual: te levantan a las 7 am, después la cuenta, después el desayuno, después el colegio, después el almuerzo, después pa’ dentro… Pa’ dentro no más, uno no hace nada más: si querí te acostai, si querí ves tele, si querí fumai…Fumai lo que querai”.

Le insisto en que creo que nada de eso les aporta nada, especialmente a los jóvenes como los que entraron siendo tan niños. Le digo que yo no sabía lo que allí dentro ocurría y que tal vez la posibilidad de hacer algo para que algo cambie, pasa por contarlo. Enfáticamente me responde: “¡Nooo! ¿Pa’ qué le voy a contar esa hueá? ¿De qué va a servir? Eso nunca va a cambiar, alguna vez te van a pegar, si no son los cabros son los pacos. En allanamientos, cuando creen que te van a pillar hueás po…” Un silencio, la hora ha pasado rápido, es tarde y debo irme a mi casa. C se para, mira a su madre y le dice “mamá tengo hambre”. Ella responde “¿tiene hambre mi niño? Le tengo listo, hay que puro calentarlo”.

Este texto es la segunda parte de una serie de 4 relatos. Ve la primera parte acá, la tercera acá y la cuarta acá.


[1] Durante más de 5 años trabajé como psicóloga de un Hogar de Lactantes y Preescolares, donde debía en varias ocasiones ingresar a las casas de las familias cuyos hijos/as se encontraban ingresados a la institución.

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5 Comments

  1. lorena dice:

    Me gustó,te lo agradezco mucho,porque es un “Centro modelo” …solo una corrección, es CIP solamente ,ahí van jóvenes cuyos delitos están siendo investigados…

  2. javiera dice:

    hola … muy bueno el reportaje .. pero quede hatsa la segunda parte quisiera termonarlo onde puedo verlo ??
    gracias

  3. Sergio Contreras dice:

    Sigo leyendo atento.
    Que buen final al presente post. Acuso recibí del mensaje…

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