El mito del abandono en las residencias de protección

Escritos, Infancia y Niñez, Seguridad y Vigilancia — By on julio 12, 2013 at 05:36

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El mito del abandono en las residencias de protección

Por Camilo Morales

Julio 2013

Uno de los principales rasgos presentes en la representación de la infancia institucionalizada de nuestra época es suponer que los niños que viven en residencias se encuentran en situación de abandono. Esta suposición, extendida en la opinión pública y en el propio SENAME, genera un grave problema para la elaboración de modelos de intervención que respondan adecuada y éticamente a las experiencias de los niños y sus familias.

Quisiera en este texto desarrollar entonces la siguiente idea: las políticas públicas planteadas desde el SENAME operan, al modo de una desmentida, con la idea de un niño abandonado cuando, en estricto rigor, el sistema funciona separando a los niños de sus padres a través de una medida de protección como una estrategia para poner un freno al maltrato y a la negligencia.

La manera en cómo se aborda actualmente el problema de la separación temprana en contextos de protección justamente opera omitiendo que esa ruptura es efecto de un tercero, que bajo el mandato de la protección de los derechos de los niños, inhabilita a los padres y se ofrece como un sustituto afectivo.

Pese a las evidencias estadísticas del propio SENAME, que señalan que durante el 2011 de 15.309 niños atendidos en residencias, 490 ingresaron por abandono (SENAME, 2012), la idea de que un niño institucionalizado es un niño abandonado persiste dentro de nuestra sociedad como una realidad que se impone por sobre la verdadera experiencia de la gran mayoría de los niños residentes en instituciones: que mantienen, con más o menos regularidad, un lazo con su familia de origen. El discurso del niño abandonado penetra en la política pública evidenciado en el hecho de que los actuales programas residenciales y los abordajes terapéuticos pueden prescindir de la familia de origen o de un trabajo referido a reparar algún tipo de vínculo previo que el niño haya establecido.

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Si los datos del SENAME establecen que menos del 5% de los niños que ingresan a las residencias lo hacen por abandono resulta conflictivo seguir sosteniendo la relación: niño institucionalizado = niño abandonado. No se puede desconocer que dentro del régimen institucional muchas familias terminan por abandonar a sus hijos en las residencias, sin embargo este fenómeno, denominado abandono progresivo, es una situación que merece una atención particular pues existe evidencia suficiente para sostener que el propio funcionamiento institucional favorece la progresiva desvinculación del niño con sus progenitores.

La noción de abandono, como concepto que pretende dar cuenta del daño que experimenta un niño que ingresa a una institución, es insuficiente y simplifica la compleja realidad de los niños que deben permanecer en instituciones de protección, a saber, que antes del abandono hubo una separación que, en la casi totalidad de los casos, se ejecuta, con o sin fundamentos, en contra de la voluntad de los progenitores a través de la denominada medida de protección.

El abandono encubre numerosas situaciones de madres, padres y familiares que, pese a sus profundas dificultades para hacerse responsables adecuadamente de los cuidados de sus hijos, se muestran interesados en mantener un vínculo con el niño. Independiente de que se pueda sancionar, a través de una evaluación sobre la “calidad” de ese vínculo, ese niño tuvo experiencias con su familia de origen. Experiencias que, por muy tempranas y precarias que hayan sido, son registradas y acompañan al niño durante toda su vida. Desde esta lógica no se consideran aquellos elementos que se relacionan con la idea de separación -anterior a la supuesta situación de abandono- en tanto operación de desvinculación, y cómo ese acontecimiento repercute en la relación que el niño puede reconstruir posteriormente con su familia de origen.

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En el régimen de las instituciones de protección, podríamos decir que el abandono consiste en una estructura que se impone negando la historia y el deseo que precede a un niño. El abandono es la historia hegemónica perversa que se cuenta y se impone desde el sistema institucional de protección como una forma de arrasar con los movimientos subjetivos de inscripción que un niño y su familia realizan para identificarse y reconocerse mutuamente. El saber popular de la familia queda excluido y se diluye en la descalificación que la institucionalidad hace de aquellos registros de intimidad que no tienen valor para un sistema que impone un modelo familiar.

Lo anterior es posible de observar a partir de la pasividad que demuestran las residencias del Estado por hacerse cargo y responder sobre la historia de vínculos de un niño que se encuentra institucionalizado. Responder por la historia de vínculos tiene que ver con posibilitar los intercambios afectivos reales entre el niño y su familia, pero también con permitir la circulación de un discurso que presentifique a los padres y dé sentido a los encuentros y separaciones que debe experimentar el niño y la familia. Nuestra realidad, por otro lado, consiste más bien en que no sólo se restringe el contacto con la familia de origen, sino que además se priva al niño de palabras verdaderas que hagan referencia a sus familiares y a su situación jurídica. Estos niños, huérfanos de palabras (Eliacheff, 2002) que transmitan su historia e identidad, quedan expuestos a un silencio que se les impone arbitrariamente.

Desde esta perspectiva la separación, que busca proteger, es experimentada como un castigo antes que constituirse como una oportunidad para modificar un problema en las relaciones entre padres e hijos. La separación protege a los niños del maltrato de los padres, pero en sí misma no cambia a los padres. Sobre todo cuando la participación de éstos en un proceso de estas características adolece de condiciones que resguarden mínimamente su dignidad. Las conductas negligentes y maltratadoras parecen despojarlos de toda posibilidad de exigir o reclamar su lugar de padres.

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En consecuencia, la familia no percibe al dispositivo institucional como un apoyo ante sus dificultades en el ejercicio responsable de la crianza, el cuidado y la protección del niño. Muy por el contrario, los funcionarios de la residencia aparecen más bien como un obstáculo al vínculo, en el entendido que vienen a cuestionar las capacidades de los padres en sus funciones. Inevitablemente, la intrusión del dispositivo proteccional en el seno de familia vulnerable produce como efecto el cuestionamiento o inhabilitación del ejercicio parental. No solo se trata de padres negligentes o maltratadores, sino de padres incapaces.

Algo que se olvida frecuentemente en el trabajo que hacen las instituciones de protección es no suponer que antes de la separación de un niño con sus padres hay una historia de vínculos y no sólo una historia de maltrato o negligencia. ¿Quiénes son y fueron esos niños el tiempo que vivieron con sus familias? ¿Quiénes fueron para esos niños los adultos que mantuvieron algún tipo de lazo durante el tiempo que permanecieron juntos? ¿Cómo fue esa relación? Estas preguntas nos obligan a pensar que la vida anterior a la separación de un niño con sus padres no puede reducirse simplemente al abandono, la negligencia o el maltrato. La idea de abandono opera como un buen pretexto para desconocer los orígenes de un niño a través del anonimato.

El hecho de sostener el abandono permite a la institución prescindir de la presencia de los padres y así revestir de un sentido filantrópico-mesiánico la labor de cuidar a niños privados de su medio familiar. La condición de abandonado, de no tener un lazo familiar, permite que el niño ingrese, con sacralizada inocencia, a la residencia desde el lugar de la carencia que puede ser compensada por la caridad de otros. Hay que mantener la ilusión de que los niños no tienen familia para dotar de algún sentido el acto de destinar recursos económicos y humanos para su cuidado.

familia comiendo

A partir de lo anterior se puede constatar que uno de los mayores problemas que tienen las intervenciones que hoy realiza el Estado sobre la vida de estos niños es suponer la inexistencia de un lazo previo o que esos lazos no tienen el valor o la dignidad suficiente para merecer ser reparados; situación que puede observarse con claridad en los cada vez más frecuentes procesos de inhabilidad parental propios de estos contextos.

En este marco los fantasmas del abandono, la caridad, el paternalismo y la adopción obstaculizan la prolongación del discurso de los progenitores produciéndose una disputa por el niño con la institución, que termina por constreñir y/o descalificar el saber que los padres portan respecto del niño internado. En este punto me pregunto ¿cómo constituyen los padres su identidad de padres si el saber sobre el niño les fue arrebatado por la institución? Y en ese mismo sentido ¿es posible pensar que la rabia que expresan los padres hacia estas instituciones es finalmente la forma que tienen de defender su saber sobre quien, hasta ese momento, pueden llamar hijo? ¿una defensa frente al miedo de ser reemplazados, frente al terror de ser olvidados?

Independiente de las capacidades que tenga una institución de protección para garantizar la continuidad de los cuidados y las provisiones afectivas, el acontecimiento de la separación no es inocuo, sino que es portador de una significación, transmitida por los adultos, que impacta en la experiencia psíquica del niño no sólo en el momento mismo de la separación sino que también en los futuros encuentros e intercambios que el niño establecerá con su familia cuando ésta comience a visitarlo en la institución.

Considerando lo anterior, uno podría interrogar qué posibilidad efectiva tiene una madre o un padre, en los contextos de institucionalización, de participar en el restablecimiento de los cuidados básicos de su hijo, así como de transmitir oportunamente lo que ha significado la interrupción o ruptura del vínculo. La función de cuidado que actualmente enarbolan las residencias de protección no puede sino generar un desencuentro con aquél que ha fracasado, supuestamente, en el ejercicio de esa función, pero que exige, desde su lugar de parentesco, la restitución del derecho de cuidar y tomar a su cargo al niño.

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6 Comments

  1. Muy Interesante el artículo, pertinente al trabajo que se realiza en la realidad y muy contextualizado. El centro del debate debería estar centrado en el niño y el vinculo como bien se plantea.

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  2. Amelia dice:

    hola, que buen trabajo pero no comparto la tesis de vínculo previo como algo en esencia de recuperar, no es sólo un tema de familias negligentes sobre las cuales un Estado podría actuar, en eso, creo, también se equivoca Unicef. Cuando los hijos no son deseados y se entregan a “otros”, no negamos la existencia del afecto o dolor que eso significa, nos debemos hacer cargo de un fenómeno.