El disfraz democrático en la sociedad postindustrial (1ª Parte)

Breves, Diapos, Residuos — By on julio 3, 2012 at 09:43

Por Salinger

Ésta es una reflexión a propósito del texto “El Hombre Unidimensional” de Herbert Marcuse. El comienzo está dado, como debe ser, por el final (del texto). En él dice una frase atribuible a Walter Benjamin, quien señala que “sólo gracias a aquéllos sin esperanza nos es dada la esperanza”. De lo que están hablando estos muchachos es que la única posibilidad revolucionaria es representada por el proletariado tradicional. No el proletariado urbano. Ni siquiera la vanguardia intelectual, sino por aquéllos que “existen fuera del proceso democrático; su vida es la necesidad más inmediata y la más real para poner fin a instituciones y condiciones intolerables. (…) su oposición golpea al sistema desde el exterior y por lo tanto no es derrotada por el sistema; es una fuerza elemental que viola las reglas del juego y, al hacerlo, lo revela como una partida trucada”[i] .

Esta idea, que pretende permanecer leal a aquéllos que rechazan el continuum de la historia, en el decir de Benjamin, evidencia otra temática aún mayor: si la vida es “la necesidad más inmediata y la más real”, es decir, una verdadera necesidad, ¿cuáles son aquellas necesidades que se nos han presentado como reales e inmediatas, “ocultándosenos” su levedad? Y aún más ¿qué fuerza formidable ha podido reprimir las verdaderas necesidades humanas, hasta el punto que el individuo alienado ya no es consciente de su alienación?

Esta fuerza, según Marcuse, no es nada más que la misma sociedad industrial o, para ser más exacto, la tecnología industrial avanzada que domina toda manifestación de la existencia y de las relaciones humanas; lo que oprime la conciencia, y que sin dudas reduce al hombre a un mero instrumento de su aparato técnico.

Hablando de revolución, ya antes el viejo Marx había considerado como premisa para la revolución comunista, el que gracias al carácter mundial de la burguesía y su modo de producción, se engendraría una masa desposeída, que se encontraría a sí misma en contradicción con un mundo lleno de riquezas y cultura. Pues bien, esta condición se encuentra, a partir del siglo XX, en la sociedad industrializada, pero además, el contexto mundial de la Guerra Fría contribuyó a fomentar otro ramillete de características sociales: la amenaza de una guerra atómica encubrió sus potenciales causas en la sociedad industrial, es decir, allí donde se quiere ver el peligro es quizás donde menos se lo encuentra; lo peligroso no es la bomba en sí, sino más bien, la sociedad que hace su uso.

En el decir de Marcuse, la paz se mantiene mediante la constante amenaza de guerra. Hoy, este “estado de excepción” en que vivimos es la regla. Y los medios de comunicación masiva, por otra parte, no han encontrado mayores dificultades en presentar intereses y necesidades particulares de un determinado sector, como intereses y necesidades individuales de todos los hombres.

A su vez, la burguesía ha reducido el concepto de libertad como una libertad de comercio y de fuerza de trabajo; eres “libre” de elegir trabajar o morir de hambre. Y ahí, cuando la introducción de la máquina en el trabajo industrial, que es posible leer como un símbolo del progreso (en este caso progreso técnico), pareció venir al rescate de las condiciones extrañas que imponía el mundo del trabajo mediante la posibilidad de canalizar energías más allá de las necesidades, lo que sucedió fue más bien lo contrario.

Tal como la dialéctica negativa nos enseña, en la historia, allí donde queremos ver progreso existe sólo repetición de la barbarie. El aparato tecnológico finalmente impuso sus exigencias. Pero lo central de eso es que, en virtud de la organización de este aparato tecnológico, la sociedad industrial tiende a ser totalitaria “porque no es sólo totalitaria una coordinación política terrorista de la sociedad, sino también una coordinación técnico-económica no terrorista que opera a través de la manipulación de las necesidades por intereses creados (…)”[ii]

En otras palabras, también puede ser totalitaria una sociedad que, organizada bajo un modo específico de producción, es compatible con un pluralismo de partidos. Nuestra democracia, sin más.

Ya viene la segunda parte…


[i] Marcuse, Herbert, “El Hombre Unidimensional”, ed. Seix Barral, Barcelona, 1968, pág. 285

[ii] Marcuse, Op. Cit., pág. 33

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