De cámaras de vigilancia y un conteo sin fondo…

Breves, Seguridad y Vigilancia — By on octubre 3, 2012 at 17:30

Por Herr Direktor

Sonó el teléfono y me hablaron. Una periodista estaba interesada en entrevistarnos para un reportaje en canal 13 a propósito del documental sobre cámaras de vigilancia que hace un tiempo comenzamos como lento y atemporal proyecto. Según me contó, tenían la idea de entrevistar a gente de los municipios y a carabineros. Nuestro lugar sería el de “un medio independiente”, es decir, la voz fuera de la institucionalidad institucionalizada.

Interesante, dije, como cuando uno se pierde entre la curiosidad y la sospecha; un medio de comunicación como canal 13 (hegemonizado hasta los dientes), hablando de las cámaras de vigilancia y otorgando un espacio en la órbita satelital a un proyecto como el nuestro, cuya máxima aspiración es poder transmitir algunos “ejercicios prácticos de desalienación” (¿?), precisamente para desalienarnos, a través de todos los medios posibles.

Curioso y oportuno, pensé, y luego volví a escuchar la voz de la periodista. Algunos minutos después llegamos a buen puerto, pero en otro momento les cuento la historia. Ahora eso no es lo importante.

Lo importante es que escudriñé en mi cabeza.

Caminé por el hotel en que alojo y pensé en “ser observado”. Sin paranoia. Me concentré en lo que implica la sensación de los ojos de un otro sobre los movimientos propios. Luego conté las cámaras de vigilancia que seguían mis pasos desde el lobby del hotel hasta mi habitación. En la esquina superior izquierda una cámara negra. Pequeña. Inmóvil. En la esquina superior derecha, señalándome curiosa, el mismo modelo de cámara.

2, 3, 4 cámaras en al menos 20 pasos recorridos. Subo al ascensor. Nadie observa. Sólo yo. Está el espejo y una imagen. La mía. Capturada. Recordé entonces cuando me siguieron los guardias por vender alfajores en el Metro. Uno de ellos dijo: “las cámaras te tomaron” y yo me sentí así, tomado.

Al salir del ascensor, en la esquina superior izquierda vi una cámara blanca. Más grande y cuadrada que las anteriores. La antiguedad, pensé. Al medio del pasillo, vi una cámara domo. Esas negras camufladas. Polarizadas. Silenciosas. Panópticas. Redondas. Que dejan la sensación de inquietud y disciplinamiento de los huesos. Más al fondo otra. Luego, otra más.

“Qué desconfianza la mía…qué desconfianza la suya” dije a media voz.

Hace algunos meses estamos haciendo una especie de seguimiento y hemos conseguido pegarnos al cuerpo, poco a poco, esta sensación de vigilancia constante. Un Otro in-identificable que no te habla, pero te mira. Que no te detiene pero te limita. Como el ojo del gran hermano. Como el ojo del reallity show. Como el ojo del teatro de la fama que captura cuerpos para ponerlos en órbita como ejemplares de la especie humana. Discursos que dicen: “Mírenlos ahí, los famosos, así lucimos los seres humanos, o así queremos lucir, o así pretendemos que la gente crea que lucimos, pero no todos lucen así, usted no luce así caballero!!, pero eso no es importante, sonría, mire la televisión, vaya al mall, Kenita, la rubia, engañó a Zamorano, el ídolo del pueblo”…

En mi paseo hotelero, constaté el protagonismo de las cámaras y descubrí lo abrumante que puede ser detener el ojo en ellas. La curiosidad que me movilizaba era la pus que representa la cámara de vigilancia. Como síntoma de una enfermedad. Una enfermedad fetiche. Una enfermedad humana. Que se sostiene en la seguridad como argumento y que se instala como preocupación, precisamente, para mantener el estado de cosas. “Si no hay sensación de inseguridad – me dijeron- para qué querríamos sistemas de seguridad que la combatan? Algo así como, si derogamos la delincuencia, ¿para qué las armas, la cárcel, la policía y todo dispositivo de control?

Pensé en canal 13, qué curioso…con sus cámaras.

Pensé en las cámaras de las marchas en la Alameda. En las cámaras en el mall. En la cámaras en vacaciones. En las cámaras del paseo ahumada. En las cámaras de la Biblioteca Nacional. En las cámaras móviles, con vida propia, en el ex-congreso. En las cámaras del terminal de buses y el aeropuerto. En las cámaras del patio de la facultad universitaria. En las cámaras del andén del Metro. En las poblaciones. En las oficinas. En los colegios y jardines infantiles. En las farmacias. En los bancos y ministerios. En los edificios nuevos para profesionales nuevos. En los estacionamientos. Y recientemente en los buses de carabineros.

Pensé en las 15 cámaras que detecté en la Catedral de Santiago. En la nuca de los feligreses. Pensé en Dios como observador electrónico. Como ojo eléctrico en las abadías. Pensé en la perspectiva y luego dejé de pensar.

Llegué a mi habitación y había perdido la cuenta de las cámaras vistas y rememoradas. No por abundancia, sino por saturación.

Auguste y Louis Lumière se desintegrarían en el aire.

Discursos varios hay en torno al fenómeno: Que la delincuencia y la seguridad. Que los índices de inseguridad. Que es por nuestro bien. Que vigila a tu vecino. Que no es malo cuidarse la espalda de ese sujeto peligroso que acecha, como las sombras, buscando arrebatar. Que no es malo sentirse en peligro y desconfiar. Que de hecho es bueno para la salud. Que no nos explicamos cómo llegamos hasta acá, pero es por una cuestión de seguridad interior y no hay vuelta que darle. Que el orden es lo importante. “Que la gente lo pide”. Que se sospecha de aquél al que no vez, pero reconoces peligroso y que puedes ser tú mismo.

Pensé entonces en descansar.

Hay dos tipos de sujeto, dije en voz alta: los peligrosos y los que están en peligro. ¿Pero quién seré yo para las cámaras estáticas del centro de santiago? ¿Serás tú, peliroso? Ahí es donde la sospecha se instala. Porque no podemos definir al enemigo, y la propia sociedad se encarga de buscarlo en su propia casa. La desconfianza es el germen. El miedo es el mecanismo. Y las cámaras son el pretexto, y la ficción pornográfica de que todo lo que es susceptible de ser visto está siendo visto efectivamente. Pero eso no ocurre. Las cámaras no resuelven el dilema social de la inseguridad, pensé con un último estertor. ¿Qué sostiene entonces la necesidad de su existencia latente, silenciosa y normalizada en las calles de Santiago?

 

Tags: , ,

0 Comments

You can be the first one to leave a comment.

Leave a Comment