¿Cómo abordar la pedagogía para el desarrollo del oficio del Sociólogo en sociedades complejas?

Escritos — By on octubre 25, 2010 at 03:48


Por Rodrigo Figueroa V (1).

En los últimos años, en el ámbito del desarrollo disciplinar de la sociología chilena, llaman la atención dos hechos: a) el incremento de universidades que brindan la carrera de Sociología y b) el aumento de las oportunidades de formación de post-grado en la disciplina, tanto a nivel nacional como internacional. Pareciera ser, que la Sociología produce una atracción particular y es un hecho que se extiende hacia profesionales o investigadores cuyas disciplinas matrices son distintas a esta.

Por otra parte, se están desarrollando varias tesis orientadas a definir el “perfil” del sociólogo y su relación con los mercados del trabajo. Junto a esto, también se constata la ampliación de los “nichos” de mercado para el oficio de la Sociología. Hay referencias de sociólogos y sociólogas trabajando en áreas tan diversas como la minería privada, la banca, los medios de comunicación, las oficinas de publicidad, las universidades, el servicio público y la consultoría independiente. Es una condición que marca diferencias con décadas pasadas, en donde, el oficio estuvo anclado, como práctica e idea, casi de manera única, al mundo académico o al estatal.

La nueva realidad laboral para sociólogos y sociólogas determina una tensión con las clásicas imágenes sobre el oficio del sociólogo. A partir de este hecho, debiéramos preguntarnos por aquella forma/imagen que podría sintetizar la práctica sociológica y su utilidad social, para de este modo, facilitar los cambios en el desarrollo de la sociología y su pedagogía.

La búsqueda anteriormente expresada me genera múltiples interrogantes acerca de cómo entender el desarrollo del oficio del sociólogo. Por ejemplo, ¿qué une el trabajo desplegado por Pierre Bourdieu (2) y la vida laboral de un sociólogo/a que ejerce su oficio como un analista social para alguna municipalidad del Gran Santiago?, ¿existirá afinidad entre los trabajos de Richard Senté (3) y la actual práctica de sociólogos y sociólogas en sus diversos mundos laborales?, ¿será viable aún el derrotero trazado por Wright Mills (4) para definir la imaginación sociológica?, ¿qué tan efectiva es la diferencia entre sociólogos con un énfasis “intelectual” y aquellos otros que prefieren avanzar en lo metodológico?, ¿serán acaso sólo imágenes deformadas del oficio del sociólogo? ¿qué tan diferentes y precisas serían estas distinciones para identificar opciones y vocaciones entre sociólogos y sociólogas?

Intentaré encaminar posibles respuestas a estas preguntas tomando en cuenta mi experiencia y algunos aportes de la teoría social contemporánea. La idea de este impulso es intentar visualizar algunos parámetros desde donde revisar y precisar la pedagogía para la formación en el oficio del Sociólogo.

En primer lugar, estimo que no es pertinente seguir hablando del ejercicio de la Sociología como si existieran sociólogos fieles a una sociología crítica y otros optando por un perfil profesionalizante y mercantil. Al hacer estas distinciones se genera una invisibilización del enorme potencial de la disciplina como acción transformadora y de su capacidad para generar conocimiento sobre lo social.

En la actualidad, la praxis sociológica se realiza, preferentemente, más allá de la academia y está enfrentada a altas exigencias. Por ejemplo, debe enfrentar el desafío de trabajar en equipos multidisciplinarios e interactuar con aparatos conceptuales y metodológicos que hablan de la sociedad y que poseen registros epistemológicos distintos – la economía, las ciencias políticas, la biología, la matemática etc… En otras ocasiones, debe trabajar en entornos altamente competitivos en donde su gestión está valorada a través de cualidades como el liderazgo, la adaptabilidad o la destreza para brindar alternativas decisionales en el corto plazo. En el ámbito académico, las exigencias también son altas y distintas a las de décadas pasadas. En este caso, ya no basta con tener capacidades acerca de un determinado cuerpo de materias con las cuales narrar procesos como el cambio social, sino también, en ese mismo acto narrativo, ser capaces de mostrar con la mayor destreza posible la forma en que este conocimiento se incrusta y toma a las sociedades complejas. Es la propia contingencia del acto pedagógico implícito en la formación del Sociólogo/a.

En general, aún no se han desarrollado competencias y saberes, estandarizados y probados, para responder a estas exigencias. Más aún, resulta difícil identificar una pedagogía para la formación disciplinar que sea afín a las mismas y menos aún a desafíos como la trans-disciplinariedad. Al no existir avances en estos aspectos el resultado ha sido la emergencia de una inquietud acerca de la pertinencia de los actuales procesos de formación en este oficio.

En segundo lugar, las imágenes acerca de lo que hacen los sociólogos siguen siendo extremadamente parciales. Me causa impresión lo que ocurre con las generalizaciones simbólicas utilizadas para identificar las orientaciones de los Departamentos de Sociología en Chile. Estas provocan que nuestras narraciones acerca de lo que hacemos se realicen de acuerdo a la definición de perfiles que asocian a los distintos departamentos con énfasis como teóricos o metodológicos, luhmannianos o habermasianos, críticos o analíticos-empíricos, intelectuales o profesionalizantes. Estimo, que estas generalizaciones simbólicas, más que dar cuenta de nuestra práctica, encubren los propios límites de los actuales Departamentos de Sociología para enfrentar las condiciones de emergencia y reproducción de la disciplina en sociedades complejas.

Dichas imágenes construyen referencias acerca del oficio que resultan estrechas y limitadas para su desarrollo. Incluso, algunas de ellas son irrelevantes, como distinciones, para viabilizar el desplazamiento de este saber en los diversos mundos laborales. Creo no haber escuchado nunca que en alguna municipalidad, ministerio, empresa y menos aún en una universidad se pidan expresamente sociólogos analíticos o críticos, intelectuales o profesionalizantes. Vuelvo a insistir, son categorías para nuestras propias limitaciones, nuestros propios malentendidos o conductas despectivas y ciertamente para jerarquizaciones malintencionadas con las cuales la comunidad “científica” ejecuta, en parte, su propia reproducción.

Lo problemático de esta situación es que lleva a los alumnos y alumnas de Sociología a establecer jerarquías respecto del peso relativo de los ramos y departamentos. Estimaciones que no son realizadas a partir de evaluar la pertinencia de las formas actuales con que se ejecuta la pedagogía para el desarrollo del oficio y menos aún para observar e intervenir en sociedades complejas. Así, muchos alumnos y alumnas, estiman que en algunas universidades existe un énfasis en lo metodológico y en otras en lo teórico, sea sistémico o crítico. Afirmaciones que transcurren a través de rumores y en los pasillos de los departamentos, sin que exista, hasta el momento, referencias a nivel de debate o publicación sobre las mismas.

En definitiva, son percepciones que amenazan la trayectoria del oficio del sociólogo en el nuevo contexto societal. Recordemos que los intersticios del actual proceso de auto-reflexión de las sociedades son múltiples, complejos y heterogéneos. Poseen referencias objetuales difusas, dimensiones espacio/temporales totalmente reorganizadas y formas relacionales que devienen en importantes desafíos desde el punto de vista de la integración y la diferenciación social. Por ejemplo, la figura del Estado mínimo es, en sí misma, una indicación acerca de estos cambios. No cabe duda que su referencia objetual es difusa y no permite ver con claridad aspectos como la distinción entre lo publico y lo privado; además, su referencia espacio/temporal está incrustada en esa tensión/reorganización que implica el vínculo entre lo global/local; y qué decir de lo relacional, en tanto que, la forma de la relación entre integración/exclusión aparece en una condición de relectura y en donde es evidente lo difícil de su precisión.

Por otra parte, los productores de sociedad y sus conflictos se ubican en el registro de la multitud y ocupan espacios/tiempos hiper-diferenciados y con actualización permanente, hecho que nos lleva a re-actualizar la dialéctica entre pasado y futuro o entre memoria y oportunidad. Es una condición que dificulta la observación de la constitución de la sociedad y que genera una presión sobre la pedagogía utilizada para la formación en el oficio del Sociólogo/a.

Ante esta situación y frente a los requerimientos en competencias y saberes, metodológicos y analíticos, la pedagogía para la formación en Sociología se enfrenta a tres desafíos: a) dar cuenta de la exigencia de la formación para la observación trans-disciplinar de la observación; b) la necesidad de enfrentarse a la centralidad de la gestión del conocimiento en la sociedades complejas; c) el desarrollo de una formación en Sociología que permita observar/reconocer las nuevas formas de las amenazas y riesgos propios a los actuales escenarios societales.

Estimo, que en lo fundamental, las Escuelas de Sociología deberán enfrentar estos tres puntos impulsando cambios a la formas de enseñanza. Entre otras cosas, será necesario re-construir las formas de aprendizaje para avanzar en las exigencias epistemológicas de la trans-disciplinariedad. El desafío es preparar al oficio para la interacción con otros grupos de profesionales y disciplinas con quienes compartimos la observación de la complejidad.

También, hay que re-pensar la forma en que se sitúa el Sociólogo como observador de lo social. Ante esto existen dos cuestiones principales que atender: primero, revisar el status de la crítica del Sociólogo en sociedades complejas (5) y segundo precisar la sociedad como objeto de observación, especialmente, en cuanto a precisar los cambios en sus dimensiones objetual, espacio/temporal y relacional.

En esta dirección, se puede decir, que la Sociología ya no solo tiene que ver con objetos situados en la acción o en las estructuras. El amplio debate originado por el post-estructuralismo, la teoría de la acción comunicativa o la moderna teoría de sistemas, nos ha llevado a visualizar otros objetos de estudio y ante lo cual se requiere de mayor precisión y amplitud epistemológica.

En este sentido, he sido testigo de la importancia que tienen en la actualidad los procesos de toma de decisión y su desborde sobre los límites de la modernidad organizada. Los procesos de toma de decisión realizados en corporaciones, ONG., empresas privadas o en el Estado demandan y contienen una alta exigencia conceptual y metodológica. En estricto rigor, se les pide gestionar un enorme caudal de información y construir adecuados procesos de selección/decisión sobre la misma. Este requerimiento debe ser abordado por la sociología y no tengo dudas que jerarquías/distinciones, como aquella que distingue entre sociólogos intelectuales y profesionalizantes, son inadecuadas e irrelevantes.

Los procesos de intervención social, ahora extendidos hacia los procesos de toma de decisión, requieren que el uso de las competencias metodológicas y teóricas del oficio del sociólogo tenga un alto estándar de coherencia con la complejidad de estos procesos. Una correcta comprensión de los movimientos asociados a la producción de sociedad, en el marco de los escenarios de complejidad, demanda que su codificación sea realizada con altos estándares y grados de conocimiento de la sociedad y para lo cual se requiere de una adecuada consciencia metodológica.

Para intervenir/observar, en ámbitos como la administración pesquera, en el desarrollo organizacional de los consultorios municipales, en el fortalecimiento de comunidades educativas o en las zonas de la pequeña economía campesina, son insuficientes las tradicionales imágenes/saberes del oficio del sociólogo. En estos campos, las exigencias, como la superación de la desigualdad, de la pobreza y de la asimetría en los poderes de negociación, son extremadamente altas e implican que el Sociólogo/a se desplace con capacidades analíticas y metodológicas que sean similares en su fortaleza. En este sentido, se requiere de competencias y saberes que faciliten el acuerdo con otras disciplinas en aspectos como el uso de conceptos/distinciones acerca de realidades sociales complejas: cito, como ejemplo, la interacción de la sociología con la ecología, la biología o la matemática para observar la relación entre ecosistemas y sistemas sociales. En esta relación, la complejidad transcurre en registros diversos y con producciones de complejidad que se relacionan entre sí, ya sea, como complejidad de los ecosistemas o como complejidad del proceso de interacción social entre actores con intereses y requerimientos de reproducción diversos.

Otro ejemplo radica en la observación de las prácticas de la economía campesina y su relación con los proyectos que promueven su emprendimiento. Aquí, el éxito o fracaso en los proyectos tiene vinculación con decisiones que son soportadas por diversas expresiones de la racionalidad, específicos sustratos socioculturales y distintas formas/usos de la tecnología – por citar algunos factores -. Para dar cuenta de esto se requieren, entre otras cosas, particulares formas de gestionar la racionalidad con el objetivo de lograr la articulación entre la diversidad de intereses. Si bien, la Sociología  tiene bases, epistemológicas y metodológicas, para ser parte de este proceso, aún no es capaz de impulsar la construcción del objeto y su observación más allá de la referencias del propio campo disciplinar. Aún es incapaz de interactuar con otras racionalidades de la observación y menos aún situarse en la complejidad.

Con estas reflexiones deseo poner en relevancia la necesidad de re-pensar la pedagogía en sociología. Es un requerimiento de la propia disciplina en función de las exigencias de sus entornos y de la posibilidad se ser parte activa de la producción de sociedad. Posición no amenazada por el relato sociológico sobre la propia crisis de la sociedad moderna, sino más bien, por su utilidad/relación con sociedades complejas.

Referencias:

(1) Licenciado en Sociología, Magíster en Economía del Trabajo y Relaciones laborales. Profesor Departamento de Sociología Universidad de Chile y Escuela de Sociología Universidad Diego Portales.

(2) Siempre traigo a colación tres obras de Bourdieu en lo referido a la pedagogía para el desarrollo del oficio del Sociólogo: La Distinción, Miseria del Mundo y El Oficio del Sociólogo.

(3) “El respeto” de Richard Sennett una interesante obra en la dirección de poder encontrar una unidad entre el oficio del Sociólogo y su biografía personal. En estricto rigor es una relectura de la clásica obra de Wright Mills. Richard Sennett (2003) El Respeto, Anagrama, Barcelona.

(4) La imaginación sociológica, obra central en la pedagogía de la Sociología, ha sido por mucho tiempo un referente para el sentido de ésta y su explicación como unidad entre el ejercicio teórico y el empírico contenidos en el oficio del sociólogo. C. Wright Mills, 1971 La imaginación sociológica, FCE, México.

(5) Aquí el desafío es salir de un ejercicio crítico que deriva prontamente en esencialismo crítico.

Bibliografía:

Michel Mafessoli, (1993) El conocimiento ordinario: compendio de Sociología, FCE, México.

Peter Wagner (1997) Sociología de la modernidad, Herder, Barcelona.

Pierre Bourdieu et Al. El oficio del Sociólogo, Siglo XXI, Buenos Aires.

C. Wright Mills (1971) La imaginación sociológica, FCE, México.

Luk Boltanski (2000) El amor y la justicia como competencia, Amorrortu, Buenos Aires.

Richard Sennett (2003), El respeto, Anagrama, Barcelona,

Niklas Luhmann (2007) La Sociedad de la Sociedad, Herder, México.

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1 comentario

  1. ANDRES dice:

    “Dichas imágenes construyen referencias acerca del oficio que resultan estrechas y limitadas para su desarrollo. Incluso, algunas de ellas son irrelevantes, como distinciones, para viabilizar el desplazamiento de este saber en los diversos mundos laborales. Creo no haber escuchado nunca que en alguna municipalidad, ministerio, empresa y menos aún en una universidad se pidan expresamente sociólogos analíticos o críticos, intelectuales o profesionalizantes. Vuelvo a insistir, son categorías para nuestras propias limitaciones, nuestros propios malentendidos o conductas despectivas y ciertamente para jerarquizaciones malintencionadas con las cuales la comunidad “científica” ejecuta, en parte, su propia reproducción.”

    No señor, denota simplemente la autonomía de nuestro campo, o por lo menos la autonomía de antaño. Con posicionamientos mas que necesarios. La lógica de la técnica, del problema sobre la lógica de la cuestión y la política.

    “En este sentido, he sido testigo de la importancia que tienen en la actualidad los procesos de toma de decisión y su desborde sobre los límites de la modernidad organizada. Los procesos de toma de decisión realizados en corporaciones, ONG., empresas privadas o en el Estado demandan y contienen una alta exigencia conceptual y metodológica. En estricto rigor, se les pide gestionar un enorme caudal de información y construir adecuados procesos de selección/decisión sobre la misma. Este requerimiento debe ser abordado por la sociología y no tengo dudas que jerarquías/distinciones, como aquella que distingue entre sociólogos intelectuales y profesionalizantes, son inadecuadas e irrelevantes.”

    Esto a que nos remite A un discurso dominante en Chile que tiende a hacia la aseptizacion y pulcritud de la sociología, ¿una ciencia más cómoda, una posición de saber técnico desligada de lo incomodo del posicionamiento político teórico?. Pugnamos entonces por un administrador de alta complejidad, en definitiva todo discurso remite a una posición “todo lo real es racional, todo lo racional es real”, ¿que esto un manifiesto porsummum pluscuamperfecto del técnico social?.

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