Animitas. Espíritus rotulados.

Antiguos, Escritos — By on julio 1, 2010 at 02:39

Por Xaviera Abdul-Malak

Para Emile Durkheim, la religión es una realidad eminentemente social. Las representaciones religiosas son manifestaciones colectivas que expresan realidades colectivas, los ritos son maneras de obrar que nacen solamente en el seno de grupos reunidos, y que están destinados a suscitar, mantener o renovar ciertos estados mentales de esos grupos. Por lo tanto, deben ser también realidades sociales, productos del pensamiento colectivo.

Una expresión de este pensamiento colectivo en la religiosidad popular son las animitas. Según la creencia folklórica, serían santos no reconocidos por la Iglesia Católica (religión oficial), pero que han sido “canonizados” espontáneamente por el pueblo, al ser personas que han muerto en forma injusta o violenta. Este hecho significa la redención de los pecados de la víctima, convirtiéndola en un mediador válido entre Dios y los hombres. Así, alguien cercano a la víctima instala una gruta o una cruz en su honor, flores, velitas y recuerdos. Con el tiempo, esta práctica se institucionaliza y el sitio donde ocurrió la muerte, se convierte entonces en un lugar sagrado, de culto. Las personas acuden a la animita para obtener favores y milagros, a pedir por sus familiares y por ellos mismos. A cambio de los favores concedidos, los devotos mantienen viva la animita con flores, velas, crucifijos, artículos personales, y en su mayoría, con placas de agradecimiento. Consideremos además que a pesar de la lejanía con la religión oficial, las animitas funcionan socialmente como prolongación de ésta, y no necesariamente como mediación alternativa.

Una de las animitas más grandes y conocidas en Santiago, es la de Romualdito. Está ubicada en la calle Borja a un costado de Estación Central, y sobre su verdadera identidad hay varias versiones. Algunos dicen que era un joven del sur que iba saliendo del hospital, lugar donde fue asaltado y asesinado por desconocidos que querían robarle su poncho. Hay otros que dicen que ya era adulto o que tenía problemas mentales. Tampoco hay claro consenso sobre su nombre o fecha de muerte. En las más de dos mil placas de agradecimiento se lee “Romualdito”, “Ronaldito”, “Reinaldo” y como apellido “Ivanez”, “Ivanni” o “Santibáñez”. Lo cierto, es que las placas con fechas de inscripción datan desde los años treinta hasta el año 2006.
La gente visita a “Rotuladito” (¿qué mejor nombre dada las inexactitudes históricas?), renueva las velas, refresca las flores y limpia su gruta mientras le hablan o le rezan. Dentro de las ofrendas de sus devotos, pueden apreciarse crucifijos, figuras de angelitos, prendas de ropa y rosarios.

Durkheim identifica fenómenos religiosos que no dependen de ninguna religión determinada. Tales son los que pertenecen al folklore, como las animitas. Corresponden, generalmente, a restos de religiones desaparecidas y supervivencias desorganizadas; pero también hay otros que se han ido formando espontáneamente bajo el influjo de causas locales. En Chile, el cristianismo, especialmente la Iglesia Católica, se ha esforzado por asimilarlos y compatibilizarlos con su fe. Hace más de cincuenta años, la devoción a las animitas se condenaba como práctica supersticiosa, pero después del Concilio Vaticano II, fue aceptada como una importante manifestación de religiosidad popular.

Las animitas podrían considerarse como una supervivencia moderna de una de las religiones más primitivas: el animismo. Esta religión tiene por objeto los seres espirituales, espíritus, almas, genios, demonios, divinidades, agentes animados y conscientes como el hombre, pero que se diferencian de él por los poderes que se les atribuyen y porque normalmente no pueden ser percibidos por la visión humana.

Edward Tylor es quien ha elaborado principalmente la teoría animista. Luego, fue retomada por Herbert Spencer, quien hizo pequeñas modificaciones. Según estos autores, el alma no es un espíritu, ya que está ligada a un cuerpo, del que sólo puede salir ocasionalmente, y como está sujeta a estas limitaciones, no es objeto de ningún culto. El espíritu, en contraste, que por lo general reside en alguna cosa determinada, puede abandonarla a voluntad y el hombre sólo podría comunicarse con él a través de prácticas rituales. El alma entonces, no podría convertirse en espíritu sino por medio de una transformación: la muerte produce esa metamorfosis de manera natural.

Así es como se concibe a los espíritus; desligados de todo cuerpo y vagando libremente a través del tiempo y el espacio. Su número aumenta con el paso de los años, y así se forma, en torno al mundo de los vivos, un mundo de almas. Estas almas, al ser humanas, evidentemente tienen necesidades y pasiones humanas. Intentan mezclarse en la vida de sus antiguos conocidos, ya sea para ayudarlos o para perjudicarlos. Gracias a su carácter volátil y etéreo, pueden penetrar en los cuerpos y causar en ellos toda clase de trastornos y, al contrario, pueden también restaurar su vitalidad. De esta forma se adquiere la costumbre de atribuirles todos aquellos sucesos cotidianos que se salen un poco de lo común. Así, el poder de las almas aumenta sus atribuciones hasta que el hombre acaba por encontrarse prisionero de ese mundo imaginario del que él mismo ha sido el autor. Entonces, el individuo queda a merced de fuerzas espirituales creadas por sus propias manos y a su propia imagen y semejanza (¿les parece conocido?).

De esta manera puede explicarse, en parte, que luego de la muerte, las almas humanas tengan tal poder sobre la salud y enfermedad, que lo mejor sea procurarse su benevolencia. De ahí surgiría la costumbre de las ofrendas, los sacrificios, las oraciones y todo el conjunto de prácticas religiosas populares que se generan en torno a las animitas como residuos de una religión primitiva, que a su vez funciona de forma paralela a la religión oficial y no necesariamente alejada de ella.

 2006

Fotografías:  libro  “Gracias por el favor concedido: las animitas de Evaristo Montt, Elvira Guillén y Juana Guajardo” de Juan Pablo Loo.

Referencias

Durkheim, Emile (1982); Las formas elementales de la vida religiosa, Akal, Madrid.

1 comentario

  1. ester dice:

    tengo 75 años vivia en 5 de abril cuando t3nia6 años pasaba por ahi ahora vivo en arica

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