Al trabajo otra vez…Una linda forma de sentirse animal vendiendo el tiempo. O la alienación como trampa.

Breves — By on febrero 3, 2011 at 08:57

Por Herr Direktor

Hace unos días subí un post que hablaba del ánimo bien usual con que recibimos las vacaciones; una especie de libertad pagada que nos sitúa lejos de aquello que culturalmente nos vemos obligados a hacer para mantener nuestra subsistencia física. Y bueno, el dilema estaba fundado en el profundo descontento del ser humano, ante el trabajo asalariado de tiempo completo. Y la absoluta abulia con que, conociendo las reglas del juego, nos sometemos sin pataleo colectivo a esta especie de esclavitud formalmente legitimada.

Es que a nadie le gusta levantarse cansado en las

mañanas, salir de la cama, caminar al baño, abrir la ducha, enjuagar el cuerpo para una nueva jornada, secar brazos, pies, manos, y rostros, mirando en cada arruga el paso del tiempo, para reconocer cómo la actividad productiva en la que incurrimos, consume la mejor parte de nuestra vidas, dejando al final del día, los despojos de nuestro cuerpo abatidos sobre una cama desecha para volver a dormir, y volver a levantarse y volver a ducharse, y volver a trabajar.

Marx rescata de Hegel un concepto clave para entender el por qué de esta abulia decisiva. La Alienación. Aún cuando es un concepto difícil de entender para el alienado, un ojo atento puede advertir que a pesar de las miradas incisivas, no hay quien, inmerso en el mercado laboral, no haya experimentado esta sensación.

Marx nos dice que la alienación “es la condición en que el sujeto no se reconoce en su medio y en la que se ve privado del despliegue de sus potencialidades (o de la realización de su libertad)”(1), cuestión que nos hace pensar, como plantea Martín Hopenhayn en su libro Repensar el Trabajo, que el trabajo en el capitalismo industrial, asume la forma de trabajo alienado. Y esto no es menor, porque ya no se trata de proletarios y burgueses, comunismos y dictaduras de un proletariado incipiente que reconoce en esta condición, el mal venenoso que inyecta el capitalismo en las venas del ser humano. Ahora, este proceso es naturalizado, racionalizado, asumido como condición lógica. Y de ahí el sometimiento abúlico. Hopenhayn nos dice; En la medida en que trabaja (el sujeto) bajo el estigma de la enajenación, se distorsiona también su forma de pensamiento social. Tanto así, que el ser humano en el sistema capitalista considera el modo de producción capitalista intrínsecamente racional, indentificándolo con el orden natural y con el mejor de los órdenes posibles” (2).

Y ese es un problema grave. La lógica instalada en la cultura impide ver tras la luminaria candescente del capital. Puede sonar discurso conocido, pero ¿es que alguien además de repetirlo tiene consciencia de su peso? Es la vida la que está en juego.

Todo esto recuerda el mito de Sísifo; cargar una piedra gigante en subida, como condena humana, sin propósito ni sentido, de 8 a 8, con el agotamiento en la piel y el horizonte funado.

Por eso uno anhela las vacaciones, quizás. Porque vives la ilusión de que el martirio termina. Aún cuando guatita al sol, sabes que en tu tierra te espera la mañana, la ducha, la corbata, el jefe, la producción que produces y no te pertenece, y los horarios de mierda que convierten a la vida laboral en la esclavitud misma, pero con sabor a recompensa.

Referencias:

(1) Marx Karl, Manuscritos económicos y filosóficos de 1884 ; Austral, Santiago. 1960. pp 7.

(2)Hopenhayn Martín, Repensar el trabajo; historia, profusión y perspectivas de un concepto; Norma, Bueno Aires. 2001, pp 136

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4 Comments

  1. Andrea Roa Barrera dice:

    estando en el Liceo un profesor me dijo: “cuando decidas que quieres estudiar, debes tener en cuenta que eso es lo que harás por, por lo menos, 30 años de tu vida”.
    Otra persona sabia me dijo: “para decidir en que quieres trabajar en el futuro, piensa en que harías gratis”.
    ¿Es posible que un factor que alimenta ese descontento generalizado con el trabajo, esa baja productividad y eficiencia, esa reticencia a volver a trabajar, sea el que estamos haciendo algo que no nos gusta?

  2. Ingeniero_37 dice:

    El Chileno no disfruta el trabajo: trabajamos más horas que el resto del mundo, pero en forma ineficiente, o sea nuestro tiempo no se convierte en dinero o calidad de vida.
    Muchos viven 6-8 horas durmiendo, 8-10 horas trabajando y de 1 a 4 horas moviéndose entre la casa y el trabajo. O sea viven en promedio el 10% de su día y de su vida para si mismos, y el resto es para otros. Con una vida de gallinas ponedoras, embutidas en jaulas ¡Cómo no van a ser (algunos) flojos, sacadores de vuelta o pasarse el día pensando en feriados o la hora de salida!

    Esto es en parte culpa del sistema, pero también es un defecto cultural de Latinoamérica. Nuestra herencia hispana católica/indígena colectivista, nos ha hecho vivir como siervos por siglos, de Virreyes españoles o del Estado.

    Chile es una de las sociedades más colectivistas del mundo, casi comparable con China, y muy lejos de culturas que fomentan la individualidad como USA o Canadá. En pocas palabras, el Chileno necesita la aprobación y apoyo del grupo, las espigas que crecen mucho o tienen pensamiento independiente, son víctimas de chaqueteo, envidiados y estigmatizados, porque violan las reglas de la tribu, de la sociedad.

    En Chile los conceptos anglosajones del valor del tiempo, de la autosuperación, la identidad personal, y el sentido de la competencia sana y deportiva, son tan marcianos como celebrar el Día de Acción de Gracias o el Halloween.
    El chileno no lucha, “aperra”, o sea prefiere resistir cosas en lugar de cambiarlas. Y eso es visto como algo digno.

    No sabe administrar el tiempo, y lo derrocha con una ingenuidad típica en muchos países latinos y africanos. No tiene el concepto anglosajón de que el tiempo se administra para que se puedan cumplir todas las metas y sueños, como un sueldo se administra para poder pagar cuentas y financiar las vacaciones o estudios.
    El Chileno no planifica, pedalea en círculos creyendo que avanza, e incluso cree que pasar 11 horas trabajando en un escritorio es esfuerzo suficiente para pedir un aumento, sin importar si cumplió alguna meta demostrable y útil para la empresa.
    El Chileno hace las cosas a medias, no porque sea chanta, sino porque no se siente comprometido con su trabajo. “¿De qué me sirve apurarme un poco y trabajar un poco más, si al final no voy a recibir bonos por eso? Pff, mejor contar los días para el próximo fin de semana largo”

    En el mundo anglosajón, el mercado laboral es un universo de 3 dimensiones: tiempo, dinero y calidad. Los empleados dan su tiempo y trabajo de calidad a cambio de un sueldo y una mejor calidad de vida.
    En Chile, país con herencia de indios-siervos sin tradición de emprendimiento, el concepto es bidimensional: sólo tiempo por dinero. Da lo mismo cuánto tiempo derroche, da lo mismo qué calidad tenga mi trabajo ni qué calidad de vida esté logrando con mi trabajo.

    Las empresas quieren pagar el mínimo, aunque los empleados, productos o servicios sean chantas. Los trabajadores quieren más plata, pero no les interesa si su trabajo realmente hizo una diferencia que justifique el aumento.

    En los países desarrollados, el tiempo propio y ajeno es respetado, la ética permite hacer tratos millonarios, en términos que en Chile serían impensables, y por eso siempre salen de todas sus crisis.
    A Chile le falta. No le echemos la culpa a los Piñeras, Lagos o Bachellets, porque eso es como echarle la culpa al auto, de los baches del camino.

  3. Respuesta en facebook el 4/02/11, a las 23:00 pm por Herr Direktor y recopiado acá:

    y todo trabajo es digno etc… Hay una consigna que postula Marx, que asume que el hombre alienado, en su trabajo se siente animal (trabajando horarios duros, largos etc…) y cuando sale de él siente la convicción de la humanidad. De ahí el título. Eso le pasa a la mayoría; ¿dónde realmente está la cuestión?. El trabajo es malo? No. Coincido contigo en que depende del tipo de trabajo, y que las lecturas son diferentes. Siempre es así. Mi punto se reduce a la pregunta que ronda en cada humano que regresa a su hogar con la sospecha de haber entregado el tiempo a cambio de recursos que asegurarán su permanencia y subsistencia, aún cuando las condiciones en que trabaja, a pesar del gusto por el trabajo, reducen la vida a él.
    Qué celebramos al salir de vacaciones?
    Qué lamentamos al volver?
    Y sobre “la producción que produces etc…”, me refiero a cuando el producto de tu trabajo se hace ajeno, y deja de pertenecerte. En el trabajo social tb sucede, ´porque aún cuando veamos los frutos de intervenciones sociales y el crecimiento de los intervenidos, muchos de los procesos van en directo beneficio del control social, o prudetemente, de la rotulación delictiva y la generación de condiciones de dependencia estatal. Lo hemos hablado en algunas oportunidades. El tema no es el trabajo, es, como dices, y como digo en el post, la naturalización de las condiciones laborales precarias.
    Gracias por comentar compañera!

  4. Ana Ormeño Maldonado dice:

    Posteado en facebook el 4/02/11, a las 12:35 pm por Ana Ormeño Maldonado y recopiado acá:

    No me siento animal vendiendo mi tiempo. Con respecto a ” la producción que produces y no te pertenece” tampoco estoy de acuerdo…que sentido tiene concebir el trabajo como algo que no te pertenece y le produce ganancias a otros…todo depende del trabajo. El trabajo nutre, fortalece, hasta es saludable. Lo crítico aquí son las condiciones labores respecto a tiempos, sueldos yresponsabilidades que son distintas de acuerdo a los nichos o áreas de productividad…un ingeniero en computación e informática pueden hacer una análisis distinto a un trabajador social respecto a la relación sueldo-trabajo-usuario-producto final. Y eso da para una conversación amplia.

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