A propósito de violencias, medios de comunicación, y Barras Bravas.

Breves, Residuos — By on mayo 26, 2012 at 04:13

Por Cristian Busta*.

El problema de la violencia asociada al accionar de las Barras Bravas, se ha constituido como una temática particularmente frecuente en diferentes medios de comunicación de nuestro país. Periódicamente, con sólo prender la televisión o abrir alguno de los periódicos de mayor circulación, es sencillo constatar cómo noticiarios, comentaristas, editoriales, y programas de conversación, abordan con diferentes matices retóricos, una problemática que podríamos definir, según el razonamiento que se desprende al seguir dichos espacios, de la siguiente manera:

– Un cierto grupo Otro (ajeno y diferente de quienes enjuician su accionar), siempre más o menos al margen de una determinada forma oficial y válida de lazo social, desde la cual se sitúan los medios de comunicación y los personajes que habitualmente participan en dichos medios, presenta un accionar (tirar piedras, destruir bienes de terceros, amenazar a jugadores, etc.) que de alguna manera busca romper y violentar el status quo que se propugna desde dicha forma válida de lazo social, y por lo tanto, es necesario denunciarlo.

Así, el debate que se plantea en los medios de comunicación, básicamente gira en torno a cómo “erradicar” o “eliminar” a estos grupos “violentistas” de los estadios de fútbol, a fin de lograr “que vuelva la familia la estadio”. Entendidas así las cosas, resulta interesante detenerse en algunas figuras retóricas utilizadas en estos espacios mediáticos, que de alguna manera predeterminan, al modo de una lógica circular, el contenido del debate en aquello que se denomina “la opinión pública”.

Un elemento a considerar, se refiere al uso del término “violencia”; tal como es utilizado en estos espacios, dicho término pareciera dar cuenta de una especie de máxima absoluta, es decir, la violencia entendida como aquello que siempre se ejerce desde ciertos grupos marginales de “inadaptados” hacia todo lo que se relacione con el orden público (Carabineros, autoridades de distinto tipo, medios de comunicación, propiedad privada, etc.)

Lo que se esconde tras esta manera de usar el término, y que quizás permite entender desde otra perspectiva el fenómeno, es que el término “violencia” más que constituir una máxima absoluta, es siempre un juicio de valor de quien lo utiliza. Es decir, siempre hay alguien o algo que califica como violento el accionar de un otro, y en función del accionar de ese otro, que de alguna manera, es visto como perjudicial o dañino para quien lo enjuicia.

Tal como señalan diversos autores, el concepto de violencia denota siempre una dimensión sociopolítica en su uso; a partir de una relación de desigualdad en la que se establecen jerarquías específicas, basadas en relaciones de poder, acontece la violencia en la medida en que, según Foladori (2006)[1] dichas jerarquías se encuentran a merced de un Otro absoluto, que dispone de un poder total sobre el resto de los individuos, sin posibilidad de huida.

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Visto de esta manera, bien se podría reformular la pregunta en torno a la violencia ¿Quién violenta a quién?

Si bien uno podría coincidir en que los actos perpetrados por las Barras Bravas corresponden a conductas de tipo violento, en donde de alguna manera se busca desestabilizar un cierto orden social, el cual se ve a su vez violentado por este grupo, también cabe plantearse la siguiente pregunta: ¿A qué responden dichos actos?, ¿De dónde surgen dichas conductas?

Una posible manera de entender esto, pasa también por considerar otro tipo de violencia, quizás más solapada y menos explícita, en donde también se pone en juego una cierta relación de poder. En este contexto, ¿dónde está el lugar del Otro absoluto que dispone de ese poder, sin posibilidad de ser contrarrestado, del que habla Foladori?

Una probable respuesta sería que es a partir de la forma que adquiere el discurso institucional, propio de aquellos dispositivos que buscan mantener y resguardar el orden social (económico, político, mediático), en donde se establece una cierta oficialidad, que de alguna manera, vela por sostener un status quo que no permite el diálogo con otros discursos, justamente de aquéllos que paulatinamente se ven marginados de esta oficialidad.

Así, se podría pensar que dicho Otro absoluto, conformado por el discurso de todos aquellos dispositivos que sustentan la oficialidad, surge justamente a partir de la delegación de un cierto saber hacer, por parte de los propios individuos de la sociedad. Saber hacer del cual dichos dispositivos se apropian, excluyendo cualquier posibilidad de verdadero cuestionamiento que pudiera provenir desde aquellos lugares excluidos.

Son las propias personas quienes depositan, por ejemplo, en la clase política, en el mercado, en la ciencia, o en los medios de comunicación, un cierto acto de fe respecto de diversas materias que de alguna manera determinan sus vidas, otorgando así, el poder desde el cual se constituye el discurso oficial, el que a su vez, da sustento a esta exclusión.

En definitiva, se podría pensar que el discurso de los medios de comunicación, a partir del cual se rotula como violencia el accionar de las Barras Bravas, y que es legitimado por la sociedad, tiende a homogeneizar diversas materias por medio de la promoción de determinados ideales. Así, todo lo que es visto como contrario o fuera de dicha línea editorial, simplemente no es escuchado.

De esta manera, se pasa a excluir de dicho discurso a cualquier manifestación social que no se adecue a dichos ideales, generando con ello una lógica circular, en la cual se excluye, por ejemplo, a cierto grupo social (a partir del uso de calificativos como “subversivo”, “delincuente”, “vándalo” etc…) el cual a su vez, ve como única posibilidad de acceso a dicho discurso, el identificarse con ese lugar de exclusión, de resto.

Así, mientras más se rotula a la Barra Brava con dichos calificativos, más se identifican dichos grupos con estos elementos, en el entendido que es la única posibilidad de acceso que se ofrece desde este Otro social, para lograr algún tipo de participación del discurso oficial imperante.

A su vez, la violencia acontece justamente en el momento en que la forma como son tratadas las diversas materias en la televisión o en la prensa escrita (siempre desde un punto de vista predeterminado y tendencioso) impide posibilidad alguna de diálogo desde la diferencia, lo que finalmente causa exclusión. De esta manera, asistimos a un debate público, en el cual las posiciones dialogantes que se nos ofrecen, no escapan nunca del rótulo, de la consigna, del juicio de valor, en fin, del categórico que en cualquier caso, imposibilita el otorgamiento de un lugar a las diferencias.

Pensemos por un momento en cómo se ha manejado mediáticamente el caso de la Garra Blanca, las supuestas amenazas de muerte a un jugador, y los supuestos vínculos que existen entre su líder, Pancho Malo, y altos dirigentes deportivos y políticos.

Algunas preguntas que cabe plantearse son, por ejemplo ¿Qué relaciones de poder posibilitan y perpetúan que un cierto grupo dirigencial valide durante un período de tiempo, un modo de acción que promueve e incita el accionar violento de personas puntuales a favor de sus intereses específicos (ayuda durante campañas políticas, amedrentamiento a candidatos opositores, etc.) sin que dichos dirigentes sean objeto de mayor cuestionamiento por parte del discurso oficial mediático?

¿Son todos los miembros de la Garra Blanca, “violentistas” “delincuentes” o “vándalos”? ¿Se sentirán todos los miembros de la Garra Blanca representados por el accionar y las declaraciones de Pancho Malo?, ¿A qué actos de violencia han sido sometidos los miembros de la Garra Blanca por parte de las fuerzas de orden público, o los medios de comunicación?, ¿Se les da algún tipo de tribuna para hacer sus descargos, más allá de cualquier prejuicio?

Probablemente, sería muy políticamente incorrecto abordar seriamente estas preguntas en un programa de televisión, pues justamente implicaría comenzar a darle espacio a las diferencias, y siempre es preferible mantener la “paz social”, programa de farándula o reality mediante.

* Cristian Busta es Psicólogo y Magíster en Psicoanálisis de la Universidad de Chile.
Referencias:

[1] Foladori, H. (2006). Notas para una conceptualización de la violencia. Recuperado el 25 de Octubre de 2011 disponible en http://www.psicologiagrupal.cl/canguroo/violencia/notas_violencia.htm

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