27F: el desconcierto en el neoliberalismo chilensis

Breves, Residuos — By on abril 1, 2012 at 08:57

Por Leo Gutiérrez Arcos*

El 26 de Febrero del 2010, junto a un grupo de actores sociales, empresariales y culturales, participábamos de un taller organizado desde la Secplan de la Municipalidad de Talcahuano, donde se soñaba respecto al Talcahuano que queríamos. Recuerdo claramente que en el taller FODA, realizado por una consultora cualquiera, identificábamos como amenaza un posible “Tsunami” en las costas de nuestro puerto.

Por la noche, con un grupo de amigos y junto al calor de un buen Havana Club, reflexionábamos de cómo quedaría mi casa si un tsunami arrasara con las costas de Talcahuano. Mi hogar está en Talcahuano, sector Salinas, frente al canal que desemboca en el mar. Todos coincidían que el agua inevitablemente llegaría a las casa. Bromeábamos que en el segundo piso me salvaría.

La madrugada del 27 de Febrero me despierta con un violento movimiento que sacude la tierra, como un juego de entretención tipo Fantasinlandia.

Pareciera que el tiempo se detuvo. Los minutos se transformaron en horas. La gran luna llena que ese día alumbraba nuestra ciudad, permitió percatarme de la magnitud del evento; postes en el suelo, tapas de alcantarillados arrancadas de cuajo, autos chocando e histeria colectiva. La noche más larga que me ha tocado vivir.

Arranqué a buscar a mi hijo y compañera que estaban en casa de su mamá.

El amanecer del 27, escuchando la radio Bío-Bío, única que nos mantenía informados, distintas autoridades llamaban a la calma, solicitando a los ciudadanos y ciudadanas que volvieran a sus hogares, vale decir, se descartó alerta de tsunami.

Con la claridad del día y debido a los comentarios de muchos vecinos (as) que andaban en las calles (sin saber qué hacer) nos enteramos que el sector Salinas; más bien el borde costero que da a la Bahía de Talcahuano, estaba completamente inundado por el mar. Tsunami. La verdad es que hasta ese entonces no creí. Las autoridades manifestaron que no existían problemas de tsunami, por tanto pensé que era el típico rumor chileno alarmista.

Como a las 8 de la mañana, ante los rumores persistentes sobre de la salida del mar, decido ir a mi hogar en busca de ropa, y también para comprobar la efectividad de los rumores. El paisaje era dantesco: agua, barro- más bien petróleo- casas, postes, veredas y calles destruidas, olor a mar, peces en las calles. La verdad es que las palabras no describen la sensación vivida…

El desconcierto se apoderó de nuestras vidas. Poco a poco la anomia se fue apoderando de nuestras comunidades. Como a las 10 de la mañana los supermercados eran arrasados, destruidos por completo, y quemados. Ya no era el robo o el auto abastecimiento de alimentos (para mencionarlo eufemísticamente) y material básico (pañales para bebés, agua) para sobrevivir un período que, al parecer, la comunidad asumió que sería medianamente largo. Era más bien el robo de bienes que nada tenían que ver con la sobrevivencia: plasmas, refrigeradores, mucho alcohol, ropa, calzados y cosas inimaginables, camionetas 4×4 llenas de artículos, buses llenos  de gente iban de un supermercado o tienda comercial a otra. El consumo exacerbado. Todos podíamos consumir a destajo. El capitalismo salvaje rendía sus frutos.

Para consumir en nuestra sociedad, la chilena, conejillos de india del neoliberalismo (15 años de dictadura, más 20 años donde la Concertación no cambió el modelo, sino más bien lo profundizó) existen 3 condiciones: el dinero (el cual lo tienen y a destajo menos del 20 % de nuestra sociedad), la tarjeta de crédito (masificada por Piñera y sus Boys, la cual tiene sobre endeudada a más de la mitad de nuestra población), y el robo.

Pues bien, este último mecanismo fue el que se apoderó de nosotros.

Más tarde vino la alarma: hordas barriales saquearían por completo otros barrios. Las comunidades se vieron obligadas a organizarse por las noches; barricadas, cierre de sectores enteros, vecinos cuidando y turnándose, palos, fierros, distintivos, nos hacían parte de lo que teníamos que defender. El rumor se apoderó por completo de nuestras comunidades. Al final, nada de esto sucedió, no obstante, la generación de una especie de identidad barrial, de nexos con el vecino, con el cual nunca antes te saludaste, permitió generar una especie de comunidad virtual, solidaridad mecánica.

La fragmentación de las organizaciones, su despolitización y la despreocupación (intencionada y sistemática en los últimos 20 años) del fortalecimiento de la sociedad civil, permitió la anomia generalizada que nuestra sociedad vivió.

Un país con una sociedad civil fuerte, con organizaciones autogestionadoras y no clientelares, con vínculos entre vecinos, y relaciones entre éstos y las instituciones, presupone un orden distinto al que vivimos. La verdad es que una sociedad estructurada como la chilena, en que más bien somos clientes y no ciudadanos, en la que nuestros vínculos se mueven más por el costo-beneficio que por la solidaridad, el consumo sigue siendo el centro de nuestro accionar, y tarde o temprano nos consumiría.

Qué decir del comportamiento post terremoto de nuestras autoridades regionales, artículo que me preparo a escribir.

Creo que el 27 de febrero del 2010, el terremoto y el tsunami, no sólo sacudió e inundó nuestras calles, casas y plazas, sino que por sobre todo, nuestras almas…

*Sociólogo. Centro de Estudios ACTUA.
Talcahuano, Chile.

Fotografías

1. Biobio Chile
2. The Clinic
3. Sismo 24
4. La Tercera
5. El espectador

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1 comentario

  1. ricardo dice:

    Algo extemporáneo el artículo… daría más para un ejercicio comparativo: cuánto cambió Chile desde el 2010. Pero no es fácil.
    Con respecto al Capitalismo y su influencia social, yo no se lo achacaría todo a él, no porque me agrade, sino porque hay varias naciones capitalistas donde la anomia consumista-saqueadora no ocurre en catástrofes similares (ejemplo, Japón). Las condiciones económicas hallan sus agravantes o profundizadores en lo histórico de nuestras relaciones sociales latinoamericanas con la no-modernidad, esa cosa inventada por unos para describirnos como ‘tercer mundo’ o ‘en vías de desarrollo’. Es un discurso filosófico-político, traducido en políticas públicas y en formas específicas de cultura y relaciones sociales. De esta manera, El crecimiento económico y la materialidad del ‘desarrollo’ plantean metas mezquinas, las cuales una vez alcanzadas, te dejan en otro status. Lo que se podía ver en las antiguas fichas ‘CAS’, donde tener un refrigerador era sinónimo de ‘riqueza, poder y modernidad: un ya no-pobre’.
    “Modernidad compulsiva” le diría Bengoa. Entonces hoy ¿qué? las explosiones sociales si bien sanas desde la ruptura necesaria con el sistema, plantean tan sólo nuevas estéticas, donde ‘mis’ derechos son más importantes aún que el bien colectivo(sino, mira a don nector y su discurso ‘mi derecho a ser libre’ sin considerar una mirada más amplia sobre ‘la necesidad de Talcahuano’, por ejemplo). Uf…

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