Globalización: crónica de una muerte anunciada.
Escritos — By Dante Bravo on noviembre 22, 2011 at 17:16Por Dante Bravo
Vivimos en la hora del mundo global, ese proceso inexorable del hombre por apropiarse de la Tierra entera y hacer de ella su propio hogar. Este concepto, que se quería positivo, adquirió con el tiempo una connotación negativa del cual sólo emerge la parte infecunda, egoísta y triste.
El instinto cognitivo, fuerza interior inherente a la esencia humana, han llevado al Homo Sapiens Sapiens a ensanchar sus horizontes y a viajar más allá de lo que los límites naturales le han impuesto. Desde que nuestros ancestros comenzaron ese largo peregrinaje de África a Asia, de Asia a América vía el estrecho de Bering, podríamos decir que la globalización ya estaba en marcha. Pero la apropiación del planeta por el hombre significaba que todos los recursos naturales de la Pachamama[1] debían ser distribuidos equitativamente entre todos los hombres. Esta globalización a la que hemos llegado hoy, no contempla ese parámetro (vital para la sobrevivencia de la especie humana) y de una globalización que se quería positiva hemos pasado a globalización negativa, que se traduce en: la apropiación de la tierra por un puñado de hombres.
Dentro de esta lógica, hablar de globalización es una suerte de subterfugio lingüístico, que se traduce prácticamente en dos grandes ejes interconectados. Por una parte, en la consolidación y aceleración de los intercambios comerciales planetarios, con el único fin de provocar el máximo de ganancias para una minoría. Y por otra parte, la abolición o la destrucción de todas las barreras (físicas o legales) susceptibles de impedir la instalación y desarrollo del capital en cualquier punto del planeta.
Estas mutaciones comenzaron a producirse hace ya varios siglos, como un itinerario obligado e inexorable de la condición humana.
Los sobresaltos que estamos viviendo ahora, a comienzos del siglo 21, son los últimos ajustes que nos hacen entrar de lleno en la fase final de este largo y complejo proceso.[2]
Efectivamente, este proceso, suerte de « crónica de una muerte anunciada », y que marca con su sello todos los aspectos de nuestra vida actual, comenzó su última aceleración entre los años 80 y 90. Entre la caída del muro de Berlín y la Primera guerra del Golfo. A partir de ahí se iba a instaurar un nuevo orden mundial. Este proceso obligatorio de desarrollo convirtió definitivamente las relaciones de intercambio capitalista en relaciones de intercambio mundial. Nos encontrábamos al final de una época: el estadio final de la consolidación planetaria del sistema capitalista[3]. El capital no reconoce al planeta Tierra como una entidad de comunidades y territorios complejos y/o singulares. El planeta debe ser entendido como un sistema global, como una parcela homogénea donde lo movimientos de capital se asocian o se disputan para obtener su control definitivo.

Al interior de este proceso, lograr la homogenización cultural es una de las más grandes apuestas de la globalización. En este terreno ella trata de camuflar o esconder las peculiaridades de cada comunidad. Todo aquello que hace a los pueblos sui generis es una traba en la homogeneización. Hay que convertirlos en entes proclives al sistema. Entes de consumerismo global.
Naomi Klein en su libro “No logo” destaca de manera límpida: “a pesar de adoptar la imaginería poli étnica, la globalización comercial no desea la diversidad: todo lo contrario. Sus enemigos son las costumbres nacionales, las marcas locales y los gustos característicos de cada región”.
Los objetivos mayores de la globalización son entonces: inhibir o destruir las particularidades de los pueblos y de los individuos. Dentro de ese marco se busca la clonización del género humano. Una ficción que podría tener más peso que la realidad: todos pensando lo mismo, todos consumiendo lo mismo.
La consecuencia de esa destrucción es el exterminio de todo aquello que representaba lo peculiar y la proximidad no controlada. Las pequeñas empresas comerciales locales, el negocio del barrio, la librería tradicional, el bazar cercano, el periódico vecinal, la asociación local, desaparecen lentamente y en su remplazo encontramos lo mismo pero ahora dependiendo de una transnacional. La literatura, diarios, revistas comidas gustos u otros son en esta época, responsabilidad de empresas mundiales que simulan un interés particular pero más que representar el espíritu intrínseco de una comunidad, representan el espíritu del capital ante esa comunidad.

Es la hora de las grandes cadenas de supermercados, las cadenas de librerías, las cadenas de prensa, los monopolios de grandes producciones musicales o cinematográficas, las cadenas de comida, de marcas, de tratamiento de la información, de análisis, de sentimientos confiscados, etc. Todo aquello susceptible de ser consumido es empaquetado y vendido. Como si nuestra vida se resumiera a trabajar, consumir, defecar, trabajar, consumir y defecar y así sucesivamente. Lo anecdótico, lo afectivo, lo cálido, lo inexplicado, lo invisible, lo imprevisible, generado por esas relaciones particulares de expresión que tiene cada ser humano desaparece definitivamente. Lo más terrible de todo esto es que para lograr la proximidad (condición sine qua non para conseguir lo antes mencionado), la única vía que existe es pasar por los canales globales. Tenemos la sensación que estamos próximos, pero esa proximidad tiene una mediación, un carrier, un msn, un facebook, un twitter, una compañía telefónica, un prestatario de servicios, un agente de internet. El capital mundial invadió subliminalmente y globalmente nuestras vidas preconizando paulatinamente la clonización de nuestros modos, gestos, gustos, deseos, pulsiones y reflejos más recónditos[4].

Por consiguiente, escribir entonces sobre la complejidad y la peculiaridad de las comunidades humanas actualmente parecería, como diría mi madre, “mear fuera del tiesto”… como nadar contra la corriente ¿cierto?
Pero me decía yo en mi cabecita pequeña,
— ¿Debemos facilitar la homogenización al capital con actitudes indiferentes y haciendo creer a nuestro entorno que no nos hemos dado cuenta? ¿Podemos quedarnos de brazos cruzados mientras somos clonizados sin reaccionar sin levantar la voz, sin patalear?… ¿Qué hacer?
Mi deseo más profundo mientras escribo estas líneas es pensar que la globalización puede ser vivida de otra manera por las nuevas generaciones. Una Globalización alternativa, diferente es posible. Vivir, integrar y reconocer esas diferencias o esas identidades dentro de un marco de libertad, aún cuando parezca difícil y engorroso, es la humilde tarea que yo me propongo.
Luchando porque mi planeta sea des-Macdonalizado, me anduve olvidando que soy un ente Bill-Gates’izado
[1] Pacha mama =Madre Tierra en lengua Quechua.
[2] Karl Marx y Federico Engels decían en el Manifiesto del Partido Comunista en 1848. « La gran industria ha creado el mercado mundial ya preparado por el descubrimiento de América. El mercado mundial aceleró prodigiosamente el desarrollo del comercio, de la navegación y de todos los medios de transporte por tierra. Este desarrollo influyó a su vez en el auge de la industria, y a medida que se iban extendiendo la industria, el comercio, la navegación y los ferrocarriles, desarrollábase la burguesía, multiplicando sus capitales y relegando a segundo término a todas las clases legadas por la Edad Media (…) Mediante la explotación del mercado mundial, la burguesía dio un carácter cosmopolita a la producción y al consumo de todos los países. Con gran sentimiento de los reaccionarios, ha quitado a la industria su base nacional. Las antiguas industrias nacionales han sido destruidas y están destruyéndose continuamente. Son suplantadas por nuevas industrias, cuya introducción se convierte en cuestión vital para todas las naciones civilizadas, por industrias que ya no emplean materias primas indígenas, sino materias primas venidas de las más lejanas regiones del mundo, y cuyos productos no sólo se consumen en el propio país, sino en todas las partes del globo. En lugar de las antiguas necesidades, satisfechas con productos nacionales, surgen necesidades nuevas, que reclaman para su satisfacción productos de los países más apartados y de los climas más diversos. En lugar del antiguo aislamiento de las regiones y naciones que se bastaban a sí mismas, se establece un intercambio universal, una interdependencia universal de las naciones. Y esto se refiere tanto a la producción intelectual de una nación se convierte en patrimonio común de todas. La estrechez y el exclusivismo nacionales resultan de día en día más imposibles; de las numerosas literaturas nacionales y locales se forma una literatura universal ».
[3] Lenin tituló uno de sus libros en 1922 « El imperialismo: fase superior del capitalismo ». Siguiendo esta lógica deberíamos nosotros titular esta época: La Globalización, fase superior del imperialismo.
[4] Fellag un humorista franco-argelino dijo un día esta frase profunda: « Ils voulaient faire de nous des clones de la pensée unique et nous… nous voulons être de clowns de la pensée multiple » = Ellos querían que fuéramos clones del pensamiento único… y nosotros queremos ser clowns del pensamiento múltiple.



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